martes, 28 de febrero de 2017

Y UN DÍA, TUVIMOS TELÉFONO (PRIMERA PARTE)




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Se ignoraba cuánto de esa leyenda era verdad y cuánto inventado. (George Orwell)

Fue Antonio Meucci quien en 1855 inventó un aparato que llamó teletrófono, el cual, conectado a otro igual, hacía posible la transmisión y recepción de la voz a través de ambos, publicando su trabajo y desarrollo en 1860. La modestia de sus recursos no le permitió patentar definitivamente su invento, y entonces hubo forzosamente de recurrir, más de una década después, a trámites preliminares que le otorgaban solamente una especie de reserva precaria sobre los derechos intelectuales y económicos de su creación; situación esa de la cual se aprovechó Alexander Graham Bell quien, mediante fraudes y coimas, lo registró a su favor en 1876 con el nombre de teléfono.
Ahora bien, ¿cómo y cuándo llegó a la Argentina el teléfono? 
En el marco del modelo teórico que sirve de referencia al relato histórico oficialmente aceptado, se ha estipulado primero, difundido después y finalmente; instalado en el imaginario colectivo, que la primera comunicación telefónica en nuestro país se realizó en Buenos Aires el 4 de enero de 1881 y se cursó entre la casa en que circunstancialmente habitaba el presidente Julio A. Roca en el barrio de Caballito, y la residencia particular de su ministro de Relaciones Exteriores, Bernardo de Irigoyen, en el centro de la ciudad.



¿Fue efectivamente así y consecuentemente es esa la verdad histórica? Veamos.
En el portal web de la CNC (Comisión Nacional de Comunicaciones) se incluía -hasta diciembre de 2015, en que dicho organismo fue reemplazado por el ENaCom (Ente Nacional de Comunicaciones)- esta imagen:


La cual estaba acompañada por el siguiente texto:  
Desde su residencia, el ministro del Interior Bernardo de Irigoyen inaugura el servicio telefónico en la ciudad de Buenos Aires con una comunicación con el presidente Julio Argentino Roca.La historia cuenta que una calurosa mañana del martes 4 de enero de 1881, el técnico francés Víctor Anden llamó a la puerta de una gran casona ubicada sobre la calle Florida 351, entre Tucumán y Viamonte (hoy Florida 611).Su dueño, el doctor Bernardo de Irigoyen, ministro de Relaciones Exteriores, estaba por salir para la Casa de Gobierno, pero antes de hacerlo vería colocado el primer teléfono del país.El mismo día se instalaron también otros teléfonos en las residencias del presidente de la Nación, general Julio A. Roca en la calle Rivadavia 1783 (hoy 4805); del presidente de la Municipalidad de Buenos Aires, Marcelo Torcuato de Alvear; del Ministro de Guerra y Marina, general Benjamín Victorica, y en instituciones como la Sociedad Rural, el Club del Progreso y el Jockey Club hasta totalizar el número de veinte.
He allí sucintamente expresado el relato histórico oficial (que tiene más agujeros que un gruyere, como demostraré a continuación). Pero antes, ¿de dónde dimanan tantas inexactitudes? 
Pues, de un documento también oficial (oficialísimo, diría), consistente en un libro que en 1981 hizo editar la dirección de la hoy por hoy fenecida ENTel: 100° Aniversario del servicio telefónico en Argentina (1881-1981), en el cual se consignó esa serie de disparates, que sería sucesivamente reproducida hasta el hartazgo sin que nadie se preocupara por enmendar semejantes errores.
Ciertamente asombra -aun considerando que el documento en cuestión no escapa al conflicto entre historia y comunicación institucional (con su consiguiente carga ficcional la última)- el nivel de ignorancia evidenciado en tan groseros gazapos tales como ubicar a Bernardo de Irigoyen como “ministro del Interior” en enero de 1881, cuando lo era de Relaciones Exteriores; situar la casa de éste en la calle Florida 351 entre Tucumán y “Viamonte”, cuando esta última arteria se llamaba en 1881 y desde 1810 calle del Temple, y recién en 1893 cambiaría su nombre por el de Viamonte; llamar “Marcelo Torcuato” al presidente de la Comisión Municipal de Buenos Aires, cuyos nombres eran Torcuato Antonio, (Marcelo Torcuato era uno de sus hijos, quien sería presidente de la Nación en el sexenio 1922-1928); o hacer aparecer entre los poseedores de teléfono en 1881 al Jockey Club que… ¡por entonces aún no había sido fundado!
Dicho sea de paso, la empresa a la cual se atribuyen las líneas por las cuales se estableció “la primera comunicación telefónica en la Argentina”, es (o más apropiadamente, era) la Societé du Pantéléphone L. de Locht et Cie.
Léon de Locht-Labye fue un ingeniero belga que a fines de 1879 había desarrollado un transmisor mucho más sensible que el de Bell, el cual mediante el recurso de aumentar el tamaño del diafragma (una lámina de corcho de 15 cm por lado), permitía registrar la voz o el sonido que se quisiera transmitir, incluso estando el emisor situado a veinte metros de distancia del micrófono.



En 1880 Locht-Labye, asociado a capitales belgas, fundó la Societé du Pantéléphone L. de Locht et Cie., que a fines de ese año comenzó a operar en nuestro país a través de quien detentaba aquí su representación y dirección: Clément Cabanettes (un militar y empresario francés llegado a Buenos Aires en 1879), constituyendo sus oficinas en un local ubicado a los fondos de la imprenta Minerva, en el N° 76 de la calle Florida, entre La Piedad (actual Bartolomé Mitre) y Cangallo (actual Teniente General Juan Domingo Perón). Más temprano que tarde, la empresa castellanizó su nombre,  pasando a llamarse Sociedad Nacional del Panteléfono.
Cabanettes se movía rápido: mientras sus técnicos (entre ellos, el mencionado francés Victor Anden) hacían el tendido de aquella primitiva red (aérea y de alambre galvanizado) e instalaban los primeros panteléfonos; hizo insertar en el diario El Nacional una serie de avisos publicitarios, configurando una campaña de propaganda que no se basaba en la abundante mención de características técnicas del producto como hacían otras empresas; sino que ponía el acento en las ventajas y la superior calidad de servicio que erogaba el aparato de Locht en relación a los de sus competidores. 
Le pido, estimado lector, que retenga brevemente en su memoria esta circunstancia, pues como veremos enseguida; incidirá a la hora de analizar lo referente a la comunicación telefónica establecida entre Roca e Irigoyen.
En esta imagen podemos apreciar cómo era un teléfono de dicha compañía y fabricado ese año de 1881, idéntico a aquellos a través de los cuales se comunicaron presidente y ministro.


Y en esta otra, de 1881 y perteneciente a la colección Abel Alexander, observamos a dos técnicos de la Compañía Nacional del Panteléfono. 
Posiblemente haya sido tomada en la residencia de Bernardo de Irigoyen. A simple vista puede notarse que se trata de un ambiente lujoso (todas las residencias en las que por entonces se instalaban los panteléfonos lo eran, desde ya) y quizá uno de los dos hombres que en ella aparecen sea Victor Anden (de quien no se conocen fotografías ni retratos). Esto último también es muy probable, ya que necesariamente la plantilla de personal de la Sociedad Nacional del Panteléfono debió de ser muy reducida, en razón de la escasa cantidad de abonados que podía admitir (sólo veinte).


Posteriormente, se “condimentó” todo con anécdotas fabuladas, tales como por ejemplo, una que cuenta que la comunicación entre Roca e Irigoyen al principio salió mal debido a que:
“Por ser el abonado N° 1, Bernardo de Irigoyen llama al general Roca, pero se adelanta a atender uno de los sobrinitos de Roca, que se acerca al tubo y lo inunda con su parloteo. Poco familiarizado con el nuevo aparato, Irigoyen colgó indignado, pidiendo a los técnicos que hagan más ensayos hasta acabar con los ruidos. El misterio se aclaró unos minutos después, cuando Roca llamó al canciller y le explicó la intervención de su sobrinito. Por lo tanto, la primera conversación telefónica argentina fue entre Bernardo de Irigoyen y el sobrinito de Roca, cuyo nombre se ignora”.
Paparruchadas como esa, nadie las ha ilustrado en poesía mejor que José Larralde cuando recita: “Que uno a veces dice cosas / de a dieces como de a cientos / y ande quiere fantasiar, / le va poniendo el acento”. Digamos que para establecer una comunicación telefónica entre dos abonados, es indiferente cuál de ellos se suscribió primero al servicio. O sea, que Irigoyen fuera “el abonado N° 1”, no implica que necesariamente hubiera tenido que llamar él (a través del operador, claro) al supuesto “N° 2” (Roca); pues perfectamente podría haber sido al revés. 
Como por otra parte, lo reconoce -bien que inadvertidamente, lo cual viene a demostrar que no solamente sanatea, sino que además; desprecia y echa en saco roto los avisos que le envía su inconsciente- el propio repetidor del delirio al consignar luego: “Roca llamó al canciller”.
Vamos a lo del “sobrinito de Roca cuyo nombre se ignora”.
Es claro que el divagante escribe “se ignora”, porque ni siquiera se tomó el trabajo de compulsar en el AGN la correspondencia privada de Roca; si lo hubiera hecho, sabría que se trataba de Miguelito Juárez Funes, sobrino del presidente en tanto hijo de su cuñada, Elisa Funes, y del esposo de ésta, Miguel Juárez Celman, que por aquel verano de 1881 estaba pasando una temporada en casa de sus tíos en Buenos Aires). Y es una fantasía que el niño pudiera “acercarse al tubo”, sencillamente porque este elemento aún no existía tal como lo conocemos hoy, con las cápsulas transmisora y receptora contenidas en el mismo; por aquella época, el transmisor se hallaba fijo en la caja del aparato y todo el conjunto iba montado sobre pared, de modo que quedaba aproximadamente a la altura de la boca de una persona de estatura promedio (con lo cual, por supuesto, no podía alcanzarlo una criatura de cinco años).
Más allá de la gaffe en que incurren los divulgadores al tomar como prueba histórica algo que a todas luces se trata simplemente de un ardid publicitario de la época; lo cierto es que hace ciento treinta y seis años, aquello de la intervención del sobrinito de Roca fue un eficaz instrumento de propaganda por medio del cual la empresa instalaba el convencimiento de que el panteléfono era tan superior a todos los demás aparatos, que hasta podía captar y transmitir la algazara de una criatura torturando los oídos de nada menos que un ministro de estado.
Pero ni en la edición del 4 de enero de 1881 (fecha establecida como efeméride de la considerada “primera comunicación telefónica en nuestro país”) ni en las inmediatamente anteriores y posteriores de los diarios, hay mención alguna de que se hubiera producido tal acontecimiento. Por esos días, las noticias que acaparaban los titulares eran relativas a la guerra del Pacífico y al baile de gala que la legación británica daría en el teatro Opera con motivo del arribo a nuestro país de los hijos del príncipe de Gales, Alberto Víctor y Jorge de Sajonia-Coburgo, quienes por entonces fungían de guardiamarinas en el buque escuela Bacchante de la armada inglesa, recepción esa a la que asistirían el presidente de la República, su señora esposa y el gabinete en pleno.


¿Cómo se explica, entonces, que la prensa no se haya referido ni siquiera tangencialmente a semejante novedad? Ya lo veremos, tenga paciencia, por favor.
El 3 de febrero de 1881, Cabanettes dirigió una nota al presidente de la Comisión Municipal (Torcuato de Alvear, como cité antes) consignando en la misma que su empresa asumía el compromiso de no cobrar a sus abonados (suscriptores, como se los llamaba) el canon estipulado para el servicio que brindaba, hasta el 1 de octubre, por más comunicaciones que se cursaran entre ellos; pues el lapso que hubiese transcurrido desde la instalación hasta esa fecha, lo consideraba de promoción y ensayo. Además, el 8 de ese mes, dictó una conferencia en el teatro Coliseum, sito en la calle Reconquista N° 7, en el transcurso de la cual hizo una demostración estableciendo una comunicación entre dicha sala y las dependencias de la municipalidad, que funcionaban en Bolívar 13.
¿Vivía por entonces Roca en una quinta situada en la calle (hoy avenida) Rivadavia N° 1783 (“hoy 4805”) y desde allí entabló una comunicación telefónica con Irigoyen? Digamos que desde su nombramiento como ministro de Guerra de Nicolás Avellaneda, Roca habitó en Buenos Aires en tres casas.
La primera de ellas la alquiló en 1879 a su propietario, Francisco Bernabé Madero -quien después, en 1880, sería su vicepresidente-, y estaba ubicada en la calle Suipacha entre Lavalle y Corrientes. A principios de setiembre, Roca -que había renunciado al ministerio- abandonó Buenos Aires e instaló a su familia en la estancia La Paz, cerca de Ascochinga, y él vivió alternativamente entre las ciudades de Córdoba y Rosario. El 7 de agosto de 1880, finalizada la guerra civil desatada en junio, regresó; mas no a la ciudad de Buenos Aires propiamente dicha, sino a Belgrano (que actualmente es un barrio porteño, pero que por entonces era un municipio aparte y había sido designado capital provisoria de la República en las postrimerías de la presidencia de Avellaneda), y allí no tomó casa, sino que prefirió alojarse en un hotel. A principios de octubre, Roca alquiló un chalet (no una quinta, como sostiene Félix Luna) propiedad de Gerónima Negrotto de Consandier (no “del constructor José Bernasconi”, como consignan muchos de quienes se han ocupado de narrar la historia del barrio de Caballito; ya que dicha persona adquirió ese inmueble recién en 1903 a Heinz Clausen, quien a su vez lo había comprado previamente a doña Gerónima) situado en Rivadavia 1783 (que vendría a ser el 4903 de la actual numeración; no el 4805 como dice la historia oficial), en el cual vivió hasta julio de 1881, en que volvió a la casa de Madero que arrendaba en la calle Suipacha. Y por último, en 1885 se mudó a la que le compró a Carlos Escalada, ubicada en la calle San Martín 577.Cabe aclarar que Rosendo Fraga dice que al asumir la presidencia en octubre de 1880, Roca se trasladó con su familia a una quinta en el barrio de Almagro, la cual quedaba donde hoy se alza el Instituto Sagrado Corazón, en la calle Hipólito Yrigoyen (que por entonces se llamaba de la Capilla) al 4350. Es posible que así haya sido, pues Roca enfermó de cierta consideración mientras estaba en Belgrano, y quizá fue a restablecerse a esa quinta; pero en todo caso, el lapso en que residió allí fue tan breve, que el dato resulta irrelevante a los efectos de lo que estamos tratando.
Así pues, no hay duda alguna de que Roca vivía en Caballito en enero de 1881. Y en consecuencia, forzosamente tuvo que ser desde allí que se comunicó con Irigoyen. No obstante ello; seguía yo sin encontrar respuesta a tres cuestiones.
En primer lugar, la distancia (hay cosa de 5 km entre ese punto y el centro de la ciudad, con lo cual infería como poco probable -especialmente por la relación costo-beneficio, pero también por las dificultades de orden práctico- que la Sociedad Nacional del Panteléfono tendiera una línea hasta Caballito, cuando necesariamente tuvo que estar en conocimiento de que la residencia del presidente en ese sitio era sólo transitoria y obedecía a motivos de seguridad -otra vez: recordar que pocos meses antes, Buenos Aires había desatado la guerra civil al rebelarse contra la Nación, precisamente por no aceptar el resultado de las elecciones que habían consagrado a Roca presidente electo (circunstancia esa que, extrañamente, obviaron considerar todos los historiadores que bucearon en los comienzos de la telefonía en nuestro país)-. Después, un interrogante técnico, digamos: con aquel primitivo panteléfono de Locht ¿podía establecerse una comunicación entre dos personas situadas a 5 km una de la otra? Y finalmente: ¿por qué en los diarios no se había mencionado absolutamente nada?
La duda de orden técnico podía despejarse totalmente a través de una comprobación práctica que certificara lo afirmado por Léon de Locht-Labye en sus publicaciones, en el sentido de que con sus aparatos, garantizaba una comunicación entre personas distantes entre sí varios kilómetros a través de una línea de alambre de un solo hilo.
Se conservan algunos panteléfonos, tanto en Francia como en otros países (incluso el nuestro, pues sin ir más lejos; a través del centro de compraventa por Internet eBay, se subastó uno en 2006), con lo cual perfectamente podría hacerse la prueba. Pero dado que implementar tal cosa obviamente excede con largueza mis modestas posibilidades; hube de conformarme con evidencias algo más “recientes” (de fines del siglo XIX y principios del XX), las cuales tuve a mi vista en muchas ocasiones a lo largo de mi actividad profesional, como por ejemplo las líneas de alambre que aún hoy se conservan en el yacimiento minero de zinc, plomo y plata de El Aguilar, en la puna jujeña; en las cuasi fantasmales ruinas de la Compañía Azucarera Las Palmas del Chaco Austral y las de las fábricas de tanino de La Forestal; y también en algunos ingenios de Tucumán, todos mudos testigos de que con alambre galvanizado y teléfonos energizados a pila, se establecían comunicaciones telefónicas entre puntos muy alejados. No serían propia y exactamente los panteléfonos de Locht, pero bueno; como dicen los jóvenes hoy en día: es lo que hay. Y deberá usted, mi querido lector, contentarse con ello.
Pero seguía martillándome otro de los cuestionamientos que me hacía. Hasta que acerté, munido de los pocos datos que sobre él se conservan, a trazar un perfil psicológico de Clément Cabanettes y hacerme una idea de su índole. Y entonces, todo adquirió claridad.
Cabanettes era, al igual que su compatriota y coetáneo Angelo Mariani (aquel del archifamoso vino de coca y del cual quizá hubiese aprendido y emulado sus métodos y tácticas), además de un infatigable emprendedor; un habilísimo hombre de negocios y un tigre de la publicidadCon su clara percepción y forzosamente limitado a los veinte abonados que como máximo soportaba el conmutador de Locht, rápidamente se dio cuenta de que en el contexto de aquella sociedad porteña, el éxito comercial de su compañía pasaba por contar entre sus clientes a lo más granado de la misma, es decir, las principales y más prestigiosas personalidades. Después, ya vería el modo de ampliar la capacidad técnico-económica de su empresa, ya fuese mediante la absorción de las de sus competidores, o por alianzas estratégicas, como les decimos hoy, o instalando más conmutadores; por ahora, no le importaba (y aquel por ahora no importa, fue justamente lo que lo dejaría fuera del negocio, como narraré más adelante). Por eso comenzó con Roca e Irigoyen, que eran, respectivamente, nada menos que el máximo líder militar y político, y por añadidura; presidente de la República, y el estadista más reputado del país (además de ministro de Relaciones Exteriores); y siguió con otro ministro de estado (el de Guerra, Benjamín Victorica), militares de alto rango (generales Manuel J. Campos y Eduardo Racedo), el presidente de la Comisión Municipal (Torcuato de Alvear), la entidad núcleo del poder económico (la Sociedad Rural), la institución más relevante (el Club del Progreso), y así hasta colmar la capacidad de su conmutador. Y de allí también los ardides promocionales como la anécdota del sobrinito de Roca que ya hemos visto, y la frase con la que supuestamente éste habría cerrado aquella comunicación telefónica mantenida con Irigoyen: “la difusión de estos aparatos en la Argentina será tan decisiva para su progreso como nuestra expedición al Río Negro”, la cual fuera cierto o no que se pronunciara, poco o nada le interesaba a Cabanettes; pues lo importante para él era que la tuvieran por verídica y la repitieran hasta el hartazgo en las tenidas del Club del Progreso, en los cenáculos de la Sociedad Rural y en las casonas solariegas de las familias de nota. Y convengamos en que tuvo éxito en lo que se proponía, porque así tal cual nos la trajo la tradición oral.
En cuanto a las dificultades y costo económico de tender una línea (por más que fuera ésta de alambre galvanizado común y corriente) entre el centro de Buenos Aires y el barrio de Caballito, situado en los arrabales de la ciudad los cuales se extendían hasta más allá de los Corrales; debe de haberlo resuelto a través del sencillo método de utilizar -y por supuesto, tiene que haber mediado la previa aquiescencia presidencial- la línea del telégrafo. Después de todo, se trataba simplemente de un ensayo de breve duración, tan sólo unos minutos; ya llegaría el momento en que Roca se mudara al centro, y entonces se instalaría en su casa el panteléfono. Tal como ocurrió; porque ya vimos que el presidente volvió en julio a ocupar la casa de la calle Suipacha, y allí (y no en “la de San Martín 577” como cuenta la historia oficial; pues sabemos que a esa Roca la compraría recién en 1885), Cabanettes le haría instalar no sólo su teléfono particular; sino además una línea directa con su despacho en la Casa Rosada. 
Coincidentemente, ¡oh, casualidad! (¿o causalidad?), ese mismo mes, la Sociedad Nacional del Panteléfono se trasladó al domicilio de San Martín 26, donde contaría con instalaciones mucho más amplias que aquellas modestas oficinas que ocupó en los inicios de su actividad, a los fondos de una imprenta.
Y por último, aquella considerada oficialmente como “la primera comunicación telefónica en nuestro país”, no salió en los diarios simplemente porque… ¡no fue en modo alguno la primera!
¿Cómo? Pero, si no era esa; entonces ¿cuál lo fue?
Eso, apreciado amigo y si no lo considera usted abusar por mi parte de su paciencia, es lo que le contaré en algunos -poquitos, no se preocupe- días; si es que decide continuar gentilmente con la deferencia de leerme.
¡Hasta entonces y gracias por su atención!

-Juan Carlos Serqueiros-

CONTINUARÁ
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN Sala VII Fondo Roca.
Cincuenta años de vida. Cía. Unión Telefónica del Río de la Plata 1887-1937, UTRP, Buenos Aires, 1937.
Colección fotográfica Abel Alexander.
Contreras, Leonel, Historia cronológica de la ciudad de Buenos Aires, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2014.
Diario El Nacional, varias ediciones de los años 1878, 1880 y 1881.
Diario La Nación, ediciones de los días 19 de febrero de 1878 y 28 de abril de 1881.
Diario La Prensa, varias ediciones de los años 1878, 1879, 1880 y 1881.
Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel), 100° Aniversario del servicio telefónico en Argentina (1881-1981), Editorial Marchand, Buenos Aires, 1981.
Fraga, Rosendo, El hijo de Roca, Emecé Editores, Buenos Aires, 1994.
Fundación Standard Electric Argentina, Historia de las comunicaciones argentinas, Buenos Aires, 1979.
Irigoin, Alfredo M., La evolución industrial en la Argentina (1870-1940), Instituto Universitario ESEADE, revista académica Libertas edición N° 1, Buenos Aires, octubre de 1984.
Luna, Félix, Soy Roca, Sudamericana, Buenos Aires, 2012.
Museo de los Corrales Viejos, Sala Historia del teléfono.
Piñeiro, Alberto G., Las calles de Buenos Aires. Sus nombres desde la fundación hasta nuestros días, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2003.
Porto, Ricardo A. y Claudio Schifer, El inicio de las telecomunicaciones, blog Ricardo Porto Medios, publicación en Internet del 29 de febrero de 2012.
Reggini, Horacio C., Los caminos de la palabra. Las telecomunicaciones de Morse a Internet, Ediciones Galápago, Buenos Aires, 1996.
Revista Fibra, edición N° 7, 1 de noviembre de 2015.
Schávelzon, Daniel, Arqueología histórica de Buenos Aires, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1991.
Semanario El Mosquito, edición del 9 de enero de 1881.
Siemens, 75 años en Argentina, Siemens S. A., Buenos Aires, 1983.
Tesler, Mario, La telefonía argentina. Su otra historia, Editorial Rescate, Buenos Aires, 1990.
Tesler, Mario, Teléfonos en la Argentina. Su etapa inicial, Biblioteca Nacional de la República Argentina y Página/12, Buenos Aires, 1999.

jueves, 9 de febrero de 2017

LA ESPERANZADA

















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La esperanzada
(Zamba)
Música: Gerardo López – Letra: Carlos Barbarán

Miran mis ojos tus ojos
y ahogan un llanto al verte partir,
y me quedo muy solo pensando:
"jamás he sabido
lo que es ser feliz".

Hombre del surco gredoso,
labriego vallisto teñido de sol,
poeta me vuelvo en la noche
y en vez de la siembra
me acuerdo de vos.

Al viento le doy mi voz
al cielo una oración;
el viento besó tu rostro
y en cada estrella está mi adios.

Aunque el camino te aleje
y el río se trague tu voz de mujer;
cintura habrá en mi guitarra
y luna en el cielo
que te hagan volver.

El cerro esconde en sus ecos,
los besos que ahora
promete mi amor;
para el dia en que una cruz de palo
te cuente el silencio
de mi corazón.

"La esperanzada" (zamba cuya composición musical pertenece a Gerardo López, correspondiendo la autoría poética a Carlos Barbarán) fue el debut discográfico, la primera canción, que Los Fronterizos, el 16 de junio de 1954, grabaron para la discográfica TK, en un disco (registro S-5290) de pasta de 78 rpm, que traía en el lado A el citado tema, y "La flor del cardón" en la otra cara. 

La elección no fue casual: interpretando "La esperanzada", ese conjunto (formado a instancias de la profesora María Angélica Fernández de Córdoba de Díaz, tía de Barbarán) había ganado el concurso folclórico organizado en noviembre del año anterior por el Colegio Nacional de Salta en el teatro Alberdi de dicha ciudad, adjudicándose así el primer premio, consistente en un contrato para convertirse en artistas de radio LV9. Y luego de una gira, a mediados de 1954, llegaron al disco precedentemente mencionado.
En este enlace pueden usted, querido lector, escuchar aquella primera grabación:
Hubieron de transcurrir ocho años para que el conjunto registrara nuevamente esa zamba, el 26 de julio de 1962, para el mismo sello TK, pero esta vez; para un disco doble de 45 rpm (EP 54322), con "La esperanzada" y "El Paraná en una zamba" en el lado A; y "Campo Quijano" y "La Solís Pizarro" en el B. 
Ya no estaba Carlitos Barbarán, que por cuestiones de salud y deseos de proseguir sus estudios, en 1956 había dejado su lugar a César Isella. 
A través de este enlace puede acceder a esa versión y percibir las diferencias (notables) con aquel primer registro de 1954: 
El arreglo musical es básicamente el mismo, pero ahora la segunda guitarra y la rítmica (Isella y López respectivamente), están más "al frente", así como el contraste de voces entre ambos barítonos que hacen la primera y segunda (López e Isella); y los agudos y coros de Madeo y los graves de Moreno, es (técnica de grabación mediante y para mayor disfrute del oyente) mucho más pronunciado. También el bombo de Madeo está más "adelante" en los inicios, finales y bises de estrofas. Y una rareza que, cosa extraña, pasó por alto el técnico de grabación de TK en esa oportunidad: en el punteo introductorio, tanto en el de la primera parte de la zamba como en el de la segunda; al Chango Moreno se le "queda ausente" una nota, la cual no alcanza a oírse, seguramente debido a un desfase entre la digitación de su mano izquierda en el diapasón, y la derecha al pulsar la cuerda.
Notoriamente -y más allá de lo apuntado-, la TK se había superado a sí misma; porque la grabación es, para su época -recordar que hablamos de 1962- un regalo para los oídos.
La escucho y me sigue conmoviendo igual que como me arrobaba en mi infancia, cuando mi vieja la ponía en un viejo Winco que mi adre había comprado de segunda mano, para escucharla mientras lavaba la ropa en el patio de la casa chorizo que habitábamos en Rosario.
Que la disfrute tanto como yo. 


-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 29 de enero de 2017

SEXTO AURELIO PROPERCIO O EL AMOR CONTRARIADO





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Vnus erat tribus in secreta lectulus herba; / quaeris concubitus? Inter utramque fui. (Un solo lecho para tres, en la hierba, apartado / ¿Mi lugar para el coito? Entre las dos mujeres.)
-Sexto Aurelio Propercio-

Sexto Aurelio Propercio fue un poeta elegíaco de vida muy corta (n. Asís, 47-48 a.C. - m. Roma, 15 a.C). Pero a pesar de ello; su talento le alcanzó, aún en la implacable brevedad de su existencia; para gozar del patrocinio de Mecenas. 
Sus poemas versan sobre lo patriótico y la mitología romana; pero serían sus elegías, inspiradas en su amor por Cintia, las que harían que la posteridad lo convirtiera en un clásico. 
Al parecer, Cintia no era precisamente un modelo de castidad y fidelidad ("¿Es verdad, Cintia, que en toda Roma eres difamada y que vives en conocida lascivia? / ¿Merecí esperar esto? Pérfida, me las pagarás, / y el viento, Cintia, me llevará a alguna parte.", escribió Propercio en una de sus elegías); entonces él se "vengaba" en algunos de sus versos, como el que cité más arriba, por ejemplo, en el cual, despechado, le cuenta a Cintia lo de un trío que hizo con dos mujeres, u otros en los que que se burla de sí mismo por el sufrimiento que le provocaban sus amores contrariados.
Propercio parece haber exorcizado su furia canalizándola en su poesía. En otros versos le dice a Cintia que merece que la mate, pero que no hará tal cosa y en cambio; le echa maldiciones y le profetiza un destino de vieja arrugada, solitaria y amargada (como vemos, ni los poetas del tango -ni nadie- inventaron nada nuevo en materia de lírica relativa a amores contrariados; ya los latinos lo habían hecho por ellos): "¡Pero que a ti te abrume la vejez con años disimulados / y lleguen las siniestras arrugas a tu figura! / ¡Que entonces ansíes arrancar de raíz los cabellos blancos, / ay, mientras el espejo te reprocha tus arrugas. / Y, rechazada, tengas que sufrir en propia carne la soberbia altivez / y vieja, te lamentes de lo mismo que tú hiciste! / Estas maldiciones funestas te ha cantado mi poesía: / ¡aprende a temer el fin de tu hermosura!".

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 11 de diciembre de 2016

BERNARDO DE IRIGOYEN, EL HOMBRE DE ESTADO. PRIMERA PARTE: LA ENVIDIA Y EL ODIO DE LOS MISERABLES




Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En veinte años de vida profesional activa, defendiendo pleitos en que se interponían intereses valiosos y a veces pasiones políticas, no he recibido ni he dirigido una palabra injuriosa, no he tenido incidente alguno estrepitoso, ni me he empeñado jamás con juez ni  funcionario alguno en favor de las causas que he defendido. (Bernardo de Irigoyen)

En sitial destacadísimo entre los más preclaros e insignes estadistas que ha dado nuestro país, está, sin dudas ni quizás, el ilustre Bernardo de Irigoyen, exitoso empresario rural, eximio jurista, finísimo diplomático y geopolítico de extraordinarias sagacidad y firmeza puestas al servicio de los supremos intereses de la nación, celoso y eficaz guardián de los límites de nuestra República y defensor inclaudicable de nuestra soberanía.

En el seno  de una encumbrada familia de vasca prosapia, del matrimonio integrado por Fermín Francisco Irigoyen Calderón y María Loreto Bustamante de la Colina nació en Buenos Aires el 18 de diciembre de 1822, Bernardo Fermín Matías José María de los Dolores Irigoyen Bustamante.
Estaría llamado a altos destinos como uno de los más prominentes hombres civiles que hayamos tenido por estas tierras: oficial de la Legación Argentina en Chile designado por Rosas, vocal del Consejo de Estado de Urquiza y comisionado por éste ante los gobiernos provinciales, legislador provincial, procurador del Tesoro en la presidencia de Sarmiento, diputado nacional, ministro de Hacienda, de Relaciones Exteriores y del Interior del presidente Avellaneda, ministro de Relaciones Exteriores y del Interior del presidente Roca, candidato él mismo a presidente de la República en tres oportunidades: 1880, 1886 y 1892, senador nacional y gobernador de la provincia de Buenos Aires.
El 8 de febrero de 1843, Manuelita Rosas dio una fiesta en el caserón situado en la esquina de las calles Moreno y Bolívar, donde vivía junto a su padre.



Entre los invitados se contaba Bernardo de Irigoyen, promisorio joven de 20 años y exponente de la mejor sociedad porteña, quien le llevó un obsequio consistente en un álbum de tapas forradas en terciopelo rojo punzó con un Cupido exquisitamente bordado en oro y plata, en cuyo interior se incluían un poema de su propia autoría y la partitura de la música que le había compuesto Juan Pedro Esnaola, titulado Canción Federal: El rebelde a la marcha gloriosa / Del gran Rosas se quiere oponer, / Y en el Monte, San Cala y Mendoza, / El gran Rosas lo vuelve a vencer. / Allí encuentra el malvado su tumba, / El valiente argentino su gloria, / Y en los ecos del mundo retumba: / ¡Unitarios mancharon la historia!


Seguramente, lejos estuvo Irigoyen de imaginar que aquellos versos juveniles de exaltado rosismo, habrían de convertirse, transcurrido el tiempo, en una cruz que debió cargar durante todo lo que le quedase de vida.
Ese mismo año, concluyó sus estudios de derecho, y al siguiente, Rosas, a través de su ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Arana, lo designó oficial de la legación argentina en Santiago de Chile, la cual estaría a cargo de Baldomero García, a la sazón, nombrado ministro plenipotenciario. El joven Irigoyen pidió ser dispensado de tal puesto, alegando que le quedaba todavía por cumplimentar el resto del período de práctica forense en la Academia de Jurisprudencia (el cual ya había iniciado y más aún; se desempeñaba como prosecretario de dicha institución) que se exigía como requisito obligatorio para poder ejercer la abogacía; pero Arana denegó tal petición, y así, el 1 de diciembre debió partir hacia Chile.
La misión García-Irigoyen perseguía los objetivos de reclamar por la ocupación indebida del estrecho de Magallanes (el asentamiento de un fuerte en el sitio donde Pedro Sarmiento de Gamboa había fundado en 1584 la ciudad Rey Don Felipe), y por la actitud permisiva, complaciente y aún alentadora de las autoridades chilenas hacia los emigrados argentinos (Sarmiento, Alberdi, Gutiérrez, etc.) que atacaban al gobierno de la Confederación en la prensa trasandina (subvencionada oficialmente, dicho sea de paso), lo cual era manifiestamente violatorio de las normas que enmarcaban el derecho de asilo.
Rosas, ni bien se anotició de la ocupación chilena, encargó a Pedro de Angelis y Dalmacio Vélez Sarsfield el estudio del problema del estrecho, y también informó a la legislatura de Buenos Aires acerca de la acción de los emigrados: “La conducta de los salvajes enemigos de la Confederación refugiados en aquel Estado, es contraria a las reglas internacionales del asilo. El Gobierno se complace en anunciaros que ya se ha entablado una correspondencia entre el Gobierno de Chile y el Ministro argentino sobre los objetos importantes de la misión”.
García e Irigoyen llegaron a Chile en abril de 1845, y su misión duró exactamente un año.
La misma no tuvo incidencia en la cuestión del estrecho -como por supuesto, ya había previsto Rosas (que no olvidaba que había sido el gobierno trasandino el que había armado al Chacho Peñaloza y a Martín Yanzón para que invadieran San Juan y La Rioja, y que sólo esperaba desembarazarse del conflicto con Inglaterra y Francia, para inmediatamente abocarse a cobrárselas a los chilenos y ponerlos en caja de una vez por todas)-, porque García era miedoso e insistía constantemente ante Rosas para que se lo relevara del puesto; pero sí alcanzó un notable éxito en lo atinente a la prensa chilena, la cual modificó su actitud. Y hasta Sarmiento tuvo que darse por vencido e irse (a expensas del estado chileno, desde luego; porque su amigo, mentor, protector y valedor, el ministro Manuel Montt, lo mandó Europa, África y Estados Unidos).¿Habrán apelado García e Irigoyen a esos fondos de reptiles que solía emplear el Restaurador para captar plumas y voluntades? De la contabilidad puntillosa y severísima de la administración rosista, no surge tal cosa; pero…
La actuación de Irigoyen en Chile fue impecable, no sólo en lo atinente a su misión específica, sino además; hasta sirviendo a muchísimos emigrados argentinos en todo cuanto estuviera a su alcance.
En abril de 1846, Rosas le indicó que pasara a Mendoza con el archivo de la legación, y esperara allí al nuevo ministro que había designado en sustitución del quejoso y timorato García: Miguel Otero, ex gobernador de Salta [“… un señor Otero de Salta, que está nombrado enviado extraordinario a Chile, i a quien Rosas ímprobo en nota oficial usar de la ‘i’ latina en los casos que su gobierno usaba de la ‘y’ griega ¡ordenándole abstenerse en adelante de incurrir en desliz tan imperdonable!” (sic), escribía en 1850 Sarmiento en Recuerdos de provincia]. Pero Otero no viajó, e Irigoyen debió permanecer en Mendoza hasta fines de 1850.
En esos años, además de fundar, por disposición de Rosas, el periódico La Ilustración Argentina para contrarrestar la prédica y los ataques que venían desde Chile; neutralizó la intención brasilera de azuzar el encono trasandino hacia nuestro país, y como representante del jefe de la Confederación Argentina, gravitó decisivamente en la política cuyana, siendo respetado y estimado por todos, rosistas y antirrosistas, a punto tal, que estos últimos hasta manifestaron -con nada menos que Tomás Godoy Cruz a la cabeza- su complacencia para con él, proponiéndolo para gobernador.
El 12 de octubre de 1850, contrajo matrimonio con una dama de la sociedad mendocina: Carmen Olascoaga Giadas, tras lo cual, a fines de ese año, regresó a Buenos Aires para desempeñarse en el ministerio de Relaciones Exteriores, el cual seguía a cargo de Arana. En enero de 1851, Rosas lo recibió en audiencia para que le transmitiese todo lo actuado en Santiago y en Cuyo y para tratar con él de la cuestión con Chile.
Se dijo que Rosas, inducido por personas de su gobierno y cercanas a él, estaba muy disgustado por la participación de Irigoyen en la política sanjuanina, y que debido a ello, había ordenado que éste volviera a Buenos Aires.No hubo nada de eso ni fueron así las cosas. El Restaurador jamás permitió que alguien, sea quien fuese, influyera en sus decisiones. El regreso a Buenos Aires había sido solicitado por el propio Irigoyen -cuya madre había fallecido durante su larga ausencia, dicho sea de paso-, quien además; en sus apuntes consignó inequívocamente que Rosas -“siendo esa la primera vez que conversé con él”, escribió- lo había recibido “con atención y urbanidad”, y narró también los temas sobre los cuales trataron e incluso contó cómo se sorprendió ante la vastedad de conocimientos que evidenciaba don Juan Manuel tanto en lo relativo al asunto del estrecho, como en lo que respecta a la calibración exacta y sagaz de las figuras políticas de Chile, Bolivia y Perú.Por otra parte, inmediatamente se encargaron a Irigoyen cuestiones muy importantes, como la recopilación de los antecedentes y documentos que respaldaban nuestros derechos sobre el estrecho de Magallanes, las relaciones con la Santa Sede en lo referente al nombramiento de vicarios capitulares y obispos, y el reclamo de la legación de los Estados Unidos por los perjuicios ocasionados a ciudadanos norteamericanos durante la guerra de la Independencia y las luchas civiles.
Así, ¿es pertinente inferir seriamente que Rosas encomendara semejantes asuntos de estado a alguien con cuyo desempeño previo estuviera disconforme? Por favor…
Por ese tiempo, se despertaron en Irigoyen inquietudes de historiador, y escribió y publicó sucesivamente sus Recuerdos del General San Martín y Recuerdos de Don Bernardo de Monteagudo.


Caído el rosismo en Caseros, Urquiza, el 28 de febrero de 1852, en previsión de que las desconfianzas y recelos de los gobernadores de las distintas provincias desbordaran en un período de anarquía que retardase la organización constitucional, lo designó comisionado suyo ante ellos, con plenos y amplios poderes.
Con una extraordinaria combinación de diligencia, tino, sutileza, sentido común, habilidad, prudencia, claridad y firmeza, Irigoyen obtuvo un éxito resonante en su misión, que le valió el caluroso encomio de Urquiza: “Debo contraerme a manifestar a V. mi reconocimiento por los servicios que ha prestado en la misión importante y delicada que confié a su honradez y patriotismo”.
Así, el Acuerdo de San Nicolás celebrado el 31 de mayo de 1852, se debió en gran parte a la inteligente y eficaz gestión de Irigoyen en el interior del país.
Regresado a Buenos Aires, fue designado vocal del Consejo de Estado que asesoría a Urquiza, erigido éste en Director Provisorio de la Confederación Argentina. Tuvo Irigoyen en dicho Consejo una destacadísima participación, pero luego no aceptó ser diputado al Congreso Constituyente ni por Buenos Aires ni por Mendoza, y asimismo rechazó el cargo de Secretario del Congreso que le ofreció personalmente Urquiza, pues deseaba dedicarse al ejercicio privado de la abogacía, para lo cual necesariamente debía concluir el período de práctica en la Academia de Jurisprudencia, que había iniciado diez años antes y no había podido terminar en razón de ser requerido para desempeñar las misiones oficiales precedentemente citadas. Pero ocurrió entonces la primera manifestación de la envidia y el odio de los miserables contra Irigoyen.
El 11 de setiembre de 1852 había estallado la revolución que marcó el inicio de la larga y desgraciada secesión de Buenos Aires del resto de la Confederación. En ella, habían andado juntos -cuándo no- porteños y correntinos, y coincidido los más exaltados unitarios -devenidos en “liberales”- (Valentín Alsina, Bartolomé Mitre y Carlos Tejedor, entre ellos), con notorios ex rosistas como Lorenzo Torres, Angel Pacheco y Pastor Obligado, por ejemplo y entre otros.Estos últimos encontraron allí el Jordán que los purificaría de su pasado rosismo, del cual, obviamente, tuvieron que hacer público repudio para acomodarse del lado donde calienta el sol (Lorenzo Torres hasta se estrechó con Valentín Alsina en el “abrazo del Coliseo”).Pero Irigoyen no cayó en esas miserias humanas, y se negó a abjurar de su adhesión al Restaurador, por lo cual la Academia de Jurisprudencia le denegó la reinscripción en el período de práctica, pretendiendo, hipócritamente, ocultar la bajeza y la ruindad de su abominable proceder bajo el “argumento” de que tal decisión emanaba de no cumplir Irigoyen con lo prescripto en un artículo que disponía la obligatoriedad de tener dos años de residencia en Buenos Aires. Por supuesto, aplicar esa exigencia a alguien nacido allí, que allí había cursado y completado sus estudios de derecho, y que se había visto obligado a ausentarse por cumplir funciones oficiales para las cuales había sido designado por el propio gobierno, era una flagrante y  deleznable injusticia. Irigoyen respondió sólo con un elocuente silencio que evidenciaba su desprecio hacia los que incurrían en aquella iniquidad.
Al no poder ejercer la abogacía, formó, con su amigo Edward Lum, un acaudalado comerciante inglés, una sociedad dedicada a los negocios del campo y a la adquisición de tierras y desarrollo de establecimientos rurales.
Después, ya en 1857, concluyó el período de práctica (como si lo necesitase, más allá de esa reglamentación absurda) que antes algunos miserables le habían impedido finalizar, pudo dedicarse a la abogacía. Su afamado bufete profesional contó entre sus clientes a las empresas más poderosas del comercio nacional e internacional. Entre los cuantiosos ingresos que le procuraban, por una parte, los negocios del campo, y por otra, su estudio de abogado, Irigoyen redondeó una considerable fortuna.


El 2 de agosto de 1870, el presidente Domingo F. Sarmiento lo designó Procurador del Tesoro Nacional. ¿Pero cómo, Sarmiento nombrando en semejante cargo a su antiguo adversario en tiempos de Rosas?
Ocurría que desde la firma del Tratado de Reconocimiento, Paz y Amistad entre España y la Confederación Argentina suscripto el 9 de Julio de 1859 entre el ministro español Saturnino Calderón Collantes y el ministro plenipotenciario argentino Juan B. Alberdi, y la reanudación de las relaciones diplomáticas entre ambos países en 1864, venían sucediéndose los reclamos al gobierno argentino por parte de hijos de españoles, alegando éstos perjuicios y exacciones supuestamente sufridos por sus padres durante la Guerra de la Independencia y las luchas civiles. Entonces, Sarmiento llamó a Irigoyen, quien estaba reputado como el mejor jurista a la hora de defender los intereses nacionales.

José María Rosa afirma que fue Adolfo Alsina quien indicó a Sarmiento que encargara del asunto a Irigoyen. Es posible que así haya sido (Alsina, gran conocedor de los hombres, fue quien había logrado sacar a Irigoyen de su ostracismo político voluntario para llevarlo al Partido Autonomista); pero lo que consta es que Sarmiento, en acuerdo de ministros, dijo: “A tamañas pretensiones les opondré tamaño jurista”, y años después, el 14 de julio de 1877, siendo senador, se refirió a aquella cuestión pronunciando en el recinto de sesiones estas palabras: “Siguiendo su curso el asunto, cayó en manos del Fiscal del Tesoro, el Dr. D. Bernardo de Irigoyen. El Gobierno llamó un abogado tan competente como ese, para ponerlo de Fiscal del Tesoro, a fin de guardarse contra estos ataques que recibía diariamente de los intereses particulares, empeñados en hacer servir el tratado de España para explotarlo y sacar cantidades de dinero que no se debían pagar. Era preciso que hombres de ese peso, estuviesen allí para informar y rechazar los defectos, las deficiencias y la falta de derecho de las partes”.
No pararía allí el Loco (que no era hombre de rencores y que, extrañamente en él, nunca había agredido desaforadamente a Irigoyen en la prensa, como solía hacer con todo el mundo), porque también lo designó vicepresidente de su chiche más preciado: la Exposición Nacional en Córdoba. Y ya veremos más adelante, estimado lector, cómo no habrían de ser esas las últimas veces en que coincidirían en la política los otrora encarnizados adversarios Irigoyen y Sarmiento.
En 1872, Irigoyen fue elegido senador provincial y convencional constituyente, y al año siguiente, diputado nacional.
En 1874, Adolfo Alsina y Nicolás Avellaneda decidieron fusionar sus respectivos partidos, el Autonomista y el Nacional, para formar entrambos el PAN (Partido Autonomista Nacional), cuya fórmula presidencial Nicolás Avellaneda-Mariano Acosta resultaría triunfadora en los comicios del 12 de abril, obteniendo 146 electores; frente a la postulada por el Partido Nacionalista, Bartolomé Mitre-Juan Torrent, que logró 79. El 6 de Agosto, el Congreso realizó el escrutinio definitivo y proclamó presidente electo a Avellaneda, quien a poco dejó trascender que pensaba ofrecer la cartera de Relaciones Exteriores a Bernardo de Irigoyen, lo cual efectivamente hizo.
¡Inaudito, nada menos que el hijo del “mártir de Metán” ofreciendo la cancillería al “albacea de Cuitiño”!
Lo de llamar peyorativamente a Irigoyen “albacea de Cuitiño” provenía de una noticia publicada en La Gaceta Mercantil en su edición del 3 de julio de 1850, en la cual se consignaba que el coronel Ciriaco Cuitiño, gravemente enfermo y creyéndose en trance de muerte, había designado albaceas a Fortunato Benavente en Buenos Aires y a Bernardo de Irigoyen en Mendoza (tal como hemos visto, Irigoyen se encontraba por entonces en esa ciudad).
El odio y la envidia de los más enconados antirrosistas cayó como un anatema sobre Irigoyen, en la forma de una atroz campaña de prensa en su contra, iniciada por el diario La Tribuna, que desde el 21 de agosto y en menos de treinta días, publicó ¡trece artículos! denostando a Irigoyen y cuestionando al presidente electo por su intención de ofrecerle el cargo (decisión esa que, dicho sea de paso, éste mantuvo contra viento y marea, y sin arredrarse por los inicuos ataques).
Y entonces tuvo Irigoyen un gesto enaltecedor de esos que sólo surgen de las más grandes y nobles almas: en su aguda percepción de sagaz político a quien nada se le escapaba, sabía que Alsina, resuelto a influir de manera decisiva en la formación del gobierno, andaba chivo con Avellaneda porque éste, si bien le había reservado al primero un puesto en el gabinete; era muy celoso de sus deberes y prerrogativas, y consideraba un demérito para su investidura presidencial consentir en que otro -por más que ese otro fuera su aliado Alsina- le indicara a quiénes debía nombrar ministros, amenazando tornarse ese enojoso asunto en una verdadera crisis para un gobierno que ni siquiera había empezado. Con finísimo tacto y sutil diplomacia, Irigoyen, que era amigo de ambos, los reunió en su casa de la calle Florida N° 351, y al agradecer a Avellaneda su ofrecimiento para trascartón declinarlo amablemente, movió al presidente electo a pedirle a Alsina “sugerencias” -dice José María Rosa- para el gabinete. Don Adolfo, político habilísimo y ducho en esas lides, la cazó al vuelo: propuso a Félix Frías (quien estaba al frente de la legación argentina en Chile) para la cartera de Relaciones Exteriores y “aceptó” para sí el ministerio de Guerra -desde el cual pensaba manejar la política en el interior del país (de la de Buenos Aires ya era la figura principalísima) con vistas a su propia candidatura para cuando concluyera el período de Avellaneda-, zanjándose de esa manera el entuerto.
El presidente -que seguía siendo electo, porque aún no había asumido-, profundamente agradecido y reconocido, le ofreció entonces la legación en Brasil a Irigoyen, pero éste, muy dolido y afectado por los ataques de La Tribuna, rehusó también ese cargo y emprendió, a principios de octubre, un largo viaje por las provincias del litoral, para lamer en soledad sus heridas.
Retornó a Buenos Aires al iniciar el Congreso el período de sesiones de 1875 (recordemos que era diputado nacional), y fue electo por unanimidad presidente de la cámara.
Para mediados de 1875, se cernían sobre la República Argentina cinco frentes de tormenta: las tensas situaciones con Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Así las cosas, era más que probable; seguro, que se concretase a cortísimo plazo una formidable coalición contra nuestro país. 
El presidente Avellaneda se puso serio: tras los desaguisados que habían cometido y los dislates en que habían incurrido Rufino de Elizalde, Carlos Tejedor y Dardo Rocha (entre otros), no podía seguirse con el buen doctor Pedro Antonio Pardo, médico muy meritorio y afamado, pero que poco entendía de asuntos geopolíticos, y que de todos modos; no veía la hora de reintegrarse a su tranquilo decanato en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (porque Félix Frías, convenido, como vimos, entre Avellaneda y Alsina para esa cartera, estaba a cargo de la legación en Chile, y al regresar, manifestó su voluntad de renunciar al ministerio y consagrarse a la lucha cívica por los derechos territoriales argentinos en el conflicto con los chilenos); urgía poner a Irigoyen al frente de la cancillería (quien sin nombramiento oficial, ya lo estaba de hecho desde su regreso a Buenos Aires).
Pero si bien Alsina -caído, como vimos, su candidato Félix Frías por propia voluntad de éste- estaba ahora conforme con lo de llevar a Irigoyen al ministerio; subsistía el problema de la oposición en la prensa. 
Enterado de la cuestión Héctor Varela (que había sido uno de los fundadores de La Tribuna y que estaba residiendo en Turín), se comidió -tal vez por mediación de Avellaneda o quizá motu proprio- a hacer imprimir un folleto, al cual tituló Los hombres de Rosas y D. Bernardo Irigoyen, en el que hacía una encendida defensa de éste.En el opúsculo, resaltaba la calidad moral de Irigoyen (“no está manchado”, afirmaba textualmente), encomiaba sus aptitudes y sus méritos (“se destacó sobre la generalidad en la noche sombría de los dolores argentinos”), y advertía que con la persecución y la difamación de que se lo hacía objeto, no se estaba dañando sólo a la persona (“a tal o cual individualidad”), sino también a los intereses del país (“al pueblo entero de Buenos Aires”, ponía Varela, unitario al fin). Y concluía con un rotundo: “Rechazo franca y abiertamente las opiniones que hoy sostiene un diario que yo fundé, en el cual he trabajado tantos años y (en el) que hoy lamento ver enarbolar una bandera que está en oposición a lo que yo sostuve”. Más clarito… échele agua.
Eso decidía el asunto: si los mismísimos hijos de Marco Avellaneda, Valentín Alsina y Florencio Varela (nada menos que la flor y nata del unitarismo), entendían menester poner al “mazorquero”, al “cómplice de la tiranía”, a manejar las relaciones exteriores del país, ¿quién iba a oponerse y esgrimiendo cuáles argumentos? El periódico El Mosquito, en su edición del 1 de agosto de 1875, lo ilustró con una caricatura en la cual aparecía vestido de arlequín y en actitud de desesperación, Mariano Varela (director del diario La Tribuna), mientras Avellaneda entregaba los atributos de la cancillería a Irigoyen, quien aparecía diciendo: “Aunque mi traje esté cortado a la antigua, tendrá siempre más mérito que un traje de paño inglés cortado en lo de Murrieta”. El significado surge clarísimo: lo de Rosas y su época (el traje de Irigoyen “cortado a la antigua”), era más meritorio que lo que vino después de Caseros, con la saga de deudas contraídas con los ingleses (durante la presidencia de Sarmiento, Mariano Varela había gestionado un empréstito con la banca londinense Murrieta & Co. -“traje inglés cortado en Murrieta”-, en condiciones más que deprimentes para nuestro país).


El 2 de agosto de 1875 firmó, pues, el presidente Avellaneda el decreto designando ministro a Bernardo de Irigoyen. De hecho, la noticia, halagüeña para los intereses argentinos; no cayó nada bien ni en la cancillería chilena ni en el imperio brasilero. El Mosquito, en su edición del 8 de agosto, lo ilustraba de este modo:


El emperador Pedro II, calzando botas de potro, montando a Mitre (representado como un macaco, en alusión obvia a su sumisión a los designios brasileros), y llevando unas boleadoras (que son los presidentes del Paraguay, Juan Bautista Gill; de Chile, Federico Errázuriz; y del Uruguay, Pedro Varela) con las que procura cazar un ñandú (Avellaneda) que lo para en seco con un más que expresivo: ¿Adónde va que lo maten compadre, vea que no es para todos la bota de potro!”. Arriba, Pedro II como macaco, queriendo apoderarse de la naranja (el Paraguay), y Gill diciéndole que para ello tendrá que romper la “botijuela” (que es la triple alianza). Y la burla al diario La Tribuna, representado en el arlequín Mariano Varela (“ministro de empréstitos provechosos”), y apareciendo detrás suyo Héctor Varela, en actitud severa y correctiva, y Bernardo de Irigoyen, sonriendo socarronamente.
Y una semana más tarde, El Mosquito nos presentaba al presidente Avellaneda, al ministro de Guerra Alsina y al ministro de Relaciones Exteriores Irigoyen, clavando nuestra bandera en la Patagonia, sin hacer caso de la “ravieta” (sic) del chileno Manuel Bilbao:


Se barruntaba que algo en esa Argentina post Caseros y Pavón estaba cambiando, merced a una evidente recuperación del espíritu nacional. No interesaba mayormente si al frente del país estaban la imponente estatura del Tigre Rosas o la esmirriada figura del Chingolo Avellaneda; sino que lo importante residía en la conciencia plena de argentinidad y en la firme resolución de defender a ultranza el interés nacional frente a las apetencias extranjeras.
En la próxima entrega de este artículo asistiremos, estimado lector, a los prodigios que en materia de diplomacia y geopolítica, realizó Bernardo de Irigoyen en favor de nuestra patria.

Continuará
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

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         Secretaría de Rosas.
         Archivo Urquiza.
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