domingo, 11 de diciembre de 2016

BERNARDO DE IRIGOYEN, EL HOMBRE DE ESTADO. PRIMERA PARTE: LA ENVIDIA Y EL ODIO DE LOS MISERABLES




Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En veinte años de vida profesional activa, defendiendo pleitos en que se interponían intereses valiosos y a veces pasiones políticas, no he recibido ni he dirigido una palabra injuriosa, no he tenido incidente alguno estrepitoso, ni me he empeñado jamás con juez ni  funcionario alguno en favor de las causas que he defendido. (Bernardo de Irigoyen)

En sitial destacadísimo entre los más preclaros e insignes estadistas que ha dado nuestro país, está, sin dudas ni quizás, el ilustre Bernardo de Irigoyen, exitoso empresario rural, eximio jurista, finísimo diplomático y geopolítico de extraordinarias sagacidad y firmeza puestas al servicio de los supremos intereses de la nación, celoso y eficaz guardián de los límites de nuestra República y defensor inclaudicable de nuestra soberanía.

En el seno  de una encumbrada familia de vasca prosapia, del matrimonio integrado por Fermín Francisco Irigoyen Calderón y María Loreto Bustamante de la Colina nació en Buenos Aires el 18 de diciembre de 1822, Bernardo Fermín Matías José María de los Dolores Irigoyen Bustamante.
Estaría llamado a altos destinos como uno de los más prominentes hombres civiles que hayamos tenido por estas tierras: oficial de la Legación Argentina en Chile designado por Rosas, vocal del Consejo de Estado de Urquiza y comisionado por éste ante los gobiernos provinciales, legislador provincial, procurador del Tesoro en la presidencia de Sarmiento, diputado nacional, ministro de Hacienda, de Relaciones Exteriores y del Interior del presidente Avellaneda, ministro de Relaciones Exteriores y del Interior del presidente Roca, candidato él mismo a presidente de la República en tres oportunidades: 1880, 1886 y 1892, senador nacional y gobernador de la provincia de Buenos Aires.
El 8 de febrero de 1843, Manuelita Rosas dio una fiesta en el caserón situado en la esquina de las calles Moreno y Bolívar, donde vivía junto a su padre.



Entre los invitados se contaba Bernardo de Irigoyen, promisorio joven de 20 años y exponente de la mejor sociedad porteña, quien le llevó un obsequio consistente en un álbum de tapas forradas en terciopelo rojo punzó con un Cupido exquisitamente bordado en oro y plata, en cuyo interior se incluían un poema de su propia autoría y la partitura de la música que le había compuesto Juan Pedro Esnaola, titulado Canción Federal: El rebelde a la marcha gloriosa / Del gran Rosas se quiere oponer, / Y en el Monte, San Cala y Mendoza, / El gran Rosas lo vuelve a vencer. / Allí encuentra el malvado su tumba, / El valiente argentino su gloria, / Y en los ecos del mundo retumba: / ¡Unitarios mancharon la historia!


Seguramente, lejos estuvo Irigoyen de imaginar que aquellos versos juveniles de exaltado rosismo, habrían de convertirse, transcurrido el tiempo, en una cruz que debió cargar durante todo lo que le quedase de vida.
Ese mismo año, concluyó sus estudios de derecho, y al siguiente, Rosas, a través de su ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Arana, lo designó oficial de la legación argentina en Santiago de Chile, la cual estaría a cargo de Baldomero García, a la sazón, nombrado ministro plenipotenciario. El joven Irigoyen pidió ser dispensado de tal puesto, alegando que le quedaba todavía por cumplimentar el resto del período de práctica forense en la Academia de Jurisprudencia (el cual ya había iniciado y más aún; se desempeñaba como prosecretario de dicha institución) que se exigía como requisito obligatorio para poder ejercer la abogacía; pero Arana denegó tal petición, y así, el 1 de diciembre debió partir hacia Chile.
La misión García-Irigoyen perseguía los objetivos de reclamar por la ocupación indebida del estrecho de Magallanes (el asentamiento de un fuerte en el sitio donde Pedro Sarmiento de Gamboa había fundado en 1584 la ciudad Rey Don Felipe), y por la actitud permisiva, complaciente y aún alentadora de las autoridades chilenas hacia los emigrados argentinos (Sarmiento, Alberdi, Gutiérrez, etc.) que atacaban al gobierno de la Confederación en la prensa trasandina (subvencionada oficialmente, dicho sea de paso), lo cual era manifiestamente violatorio de las normas que enmarcaban el derecho de asilo.
Rosas, ni bien se anotició de la ocupación chilena, encargó a Pedro de Angelis y Dalmacio Vélez Sarsfield el estudio del problema del estrecho, y también informó a la legislatura de Buenos Aires acerca de la acción de los emigrados: “La conducta de los salvajes enemigos de la Confederación refugiados en aquel Estado, es contraria a las reglas internacionales del asilo. El Gobierno se complace en anunciaros que ya se ha entablado una correspondencia entre el Gobierno de Chile y el Ministro argentino sobre los objetos importantes de la misión”.
García e Irigoyen llegaron a Chile en abril de 1845, y su misión duró exactamente un año.
La misma no tuvo incidencia en la cuestión del estrecho -como por supuesto, ya había previsto Rosas (que no olvidaba que había sido el gobierno trasandino el que había armado al Chacho Peñaloza y a Martín Yanzón para que invadieran San Juan y La Rioja, y que sólo esperaba desembarazarse del conflicto con Inglaterra y Francia, para inmediatamente abocarse a cobrárselas a los chilenos y ponerlos en caja de una vez por todas)-, porque García era miedoso e insistía constantemente ante Rosas para que se lo relevara del puesto; pero sí alcanzó un notable éxito en lo atinente a la prensa chilena, la cual modificó su actitud. Y hasta Sarmiento tuvo que darse por vencido e irse (a expensas del estado chileno, desde luego; porque su amigo, mentor, protector y valedor, el ministro Manuel Montt, lo mandó Europa, África y Estados Unidos).¿Habrán apelado García e Irigoyen a esos fondos de reptiles que solía emplear el Restaurador para captar plumas y voluntades? De la contabilidad puntillosa y severísima de la administración rosista, no surge tal cosa; pero…
La actuación de Irigoyen en Chile fue impecable, no sólo en lo atinente a su misión específica, sino además; hasta sirviendo a muchísimos emigrados argentinos en todo cuanto estuviera a su alcance.
En abril de 1846, Rosas le indicó que pasara a Mendoza con el archivo de la legación, y esperara allí al nuevo ministro que había designado en sustitución del quejoso y timorato García: Miguel Otero, ex gobernador de Salta [“… un señor Otero de Salta, que está nombrado enviado extraordinario a Chile, i a quien Rosas ímprobo en nota oficial usar de la ‘i’ latina en los casos que su gobierno usaba de la ‘y’ griega ¡ordenándole abstenerse en adelante de incurrir en desliz tan imperdonable!” (sic), escribía en 1850 Sarmiento en Recuerdos de provincia]. Pero Otero no viajó, e Irigoyen debió permanecer en Mendoza hasta fines de 1850.
En esos años, además de fundar, por disposición de Rosas, el periódico La Ilustración Argentina para contrarrestar la prédica y los ataques que venían desde Chile; neutralizó la intención brasilera de azuzar el encono trasandino hacia nuestro país, y como representante del jefe de la Confederación Argentina, gravitó decisivamente en la política cuyana, siendo respetado y estimado por todos, rosistas y antirrosistas, a punto tal, que estos últimos hasta manifestaron -con nada menos que Tomás Godoy Cruz a la cabeza- su complacencia para con él, proponiéndolo para gobernador.
El 12 de octubre de 1850, contrajo matrimonio con una dama de la sociedad mendocina: Carmen Olascoaga Giadas, tras lo cual, a fines de ese año, regresó a Buenos Aires para desempeñarse en el ministerio de Relaciones Exteriores, el cual seguía a cargo de Arana. En enero de 1851, Rosas lo recibió en audiencia para que le transmitiese todo lo actuado en Santiago y en Cuyo y para tratar con él de la cuestión con Chile.
Se dijo que Rosas, inducido por personas de su gobierno y cercanas a él, estaba muy disgustado por la participación de Irigoyen en la política sanjuanina, y que debido a ello, había ordenado que éste volviera a Buenos Aires.No hubo nada de eso ni fueron así las cosas. El Restaurador jamás permitió que alguien, sea quien fuese, influyera en sus decisiones. El regreso a Buenos Aires había sido solicitado por el propio Irigoyen -cuya madre había fallecido durante su larga ausencia, dicho sea de paso-, quien además; en sus apuntes consignó inequívocamente que Rosas -“siendo esa la primera vez que conversé con él”, escribió- lo había recibido “con atención y urbanidad”, y narró también los temas sobre los cuales trataron e incluso contó cómo se sorprendió ante la vastedad de conocimientos que evidenciaba don Juan Manuel tanto en lo relativo al asunto del estrecho, como en lo que respecta a la calibración exacta y sagaz de las figuras políticas de Chile, Bolivia y Perú.Por otra parte, inmediatamente se encargaron a Irigoyen cuestiones muy importantes, como la recopilación de los antecedentes y documentos que respaldaban nuestros derechos sobre el estrecho de Magallanes, las relaciones con la Santa Sede en lo referente al nombramiento de vicarios capitulares y obispos, y el reclamo de la legación de los Estados Unidos por los perjuicios ocasionados a ciudadanos norteamericanos durante la guerra de la Independencia y las luchas civiles.
Así, ¿es pertinente inferir seriamente que Rosas encomendara semejantes asuntos de estado a alguien con cuyo desempeño previo estuviera disconforme? Por favor…
Por ese tiempo, se despertaron en Irigoyen inquietudes de historiador, y escribió y publicó sucesivamente sus Recuerdos del General San Martín y Recuerdos de Don Bernardo de Monteagudo.


Caído el rosismo en Caseros, Urquiza, el 28 de febrero de 1852, en previsión de que las desconfianzas y recelos de los gobernadores de las distintas provincias desbordaran en un período de anarquía que retardase la organización constitucional, lo designó comisionado suyo ante ellos, con plenos y amplios poderes.
Con una extraordinaria combinación de diligencia, tino, sutileza, sentido común, habilidad, prudencia, claridad y firmeza, Irigoyen obtuvo un éxito resonante en su misión, que le valió el caluroso encomio de Urquiza: “Debo contraerme a manifestar a V. mi reconocimiento por los servicios que ha prestado en la misión importante y delicada que confié a su honradez y patriotismo”.
Así, el Acuerdo de San Nicolás celebrado el 31 de mayo de 1852, se debió en gran parte a la inteligente y eficaz gestión de Irigoyen en el interior del país.
Regresado a Buenos Aires, fue designado vocal del Consejo de Estado que asesoría a Urquiza, erigido éste en Director Provisorio de la Confederación Argentina. Tuvo Irigoyen en dicho Consejo una destacadísima participación, pero luego no aceptó ser diputado al Congreso Constituyente ni por Buenos Aires ni por Mendoza, y asimismo rechazó el cargo de Secretario del Congreso que le ofreció personalmente Urquiza, pues deseaba dedicarse al ejercicio privado de la abogacía, para lo cual necesariamente debía concluir el período de práctica en la Academia de Jurisprudencia, que había iniciado diez años antes y no había podido terminar en razón de ser requerido para desempeñar las misiones oficiales precedentemente citadas. Pero ocurrió entonces la primera manifestación de la envidia y el odio de los miserables contra Irigoyen.
El 11 de setiembre de 1852 había estallado la revolución que marcó el inicio de la larga y desgraciada secesión de Buenos Aires del resto de la Confederación. En ella, habían andado juntos -cuándo no- porteños y correntinos, y coincidido los más exaltados unitarios -devenidos en “liberales”- (Valentín Alsina, Bartolomé Mitre y Carlos Tejedor, entre ellos), con notorios ex rosistas como Lorenzo Torres, Angel Pacheco y Pastor Obligado, por ejemplo y entre otros.Estos últimos encontraron allí el Jordán que los purificaría de su pasado rosismo, del cual, obviamente, tuvieron que hacer público repudio para acomodarse del lado donde calienta el sol (Lorenzo Torres hasta se estrechó con Valentín Alsina en el “abrazo del Coliseo”).Pero Irigoyen no cayó en esas miserias humanas, y se negó a abjurar de su adhesión al Restaurador, por lo cual la Academia de Jurisprudencia le denegó la reinscripción en el período de práctica, pretendiendo, hipócritamente, ocultar la bajeza y la ruindad de su abominable proceder bajo el “argumento” de que tal decisión emanaba de no cumplir Irigoyen con lo prescripto en un artículo que disponía la obligatoriedad de tener dos años de residencia en Buenos Aires. Por supuesto, aplicar esa exigencia a alguien nacido allí, que allí había cursado y completado sus estudios de derecho, y que se había visto obligado a ausentarse por cumplir funciones oficiales para las cuales había sido designado por el propio gobierno, era una flagrante y  deleznable injusticia. Irigoyen respondió sólo con un elocuente silencio que evidenciaba su desprecio hacia los que incurrían en aquella iniquidad.
Al no poder ejercer la abogacía, formó, con su amigo Edward Lum, un acaudalado comerciante inglés, una sociedad dedicada a los negocios del campo y a la adquisición de tierras y desarrollo de establecimientos rurales.
Después, ya en 1857, concluyó el período de práctica (como si lo necesitase, más allá de esa reglamentación absurda) que antes algunos miserables le habían impedido finalizar, pudo dedicarse a la abogacía. Su afamado bufete profesional contó entre sus clientes a las empresas más poderosas del comercio nacional e internacional. Entre los cuantiosos ingresos que le procuraban, por una parte, los negocios del campo, y por otra, su estudio de abogado, Irigoyen redondeó una considerable fortuna.


El 2 de agosto de 1870, el presidente Domingo F. Sarmiento lo designó Procurador del Tesoro Nacional. ¿Pero cómo, Sarmiento nombrando en semejante cargo a su antiguo adversario en tiempos de Rosas?
Ocurría que desde la firma del Tratado de Reconocimiento, Paz y Amistad entre España y la Confederación Argentina suscripto el 9 de Julio de 1859 entre el ministro español Saturnino Calderón Collantes y el ministro plenipotenciario argentino Juan B. Alberdi, y la reanudación de las relaciones diplomáticas entre ambos países en 1864, venían sucediéndose los reclamos al gobierno argentino por parte de hijos de españoles, alegando éstos perjuicios y exacciones supuestamente sufridos por sus padres durante la Guerra de la Independencia y las luchas civiles. Entonces, Sarmiento llamó a Irigoyen, quien estaba reputado como el mejor jurista a la hora de defender los intereses nacionales.

José María Rosa afirma que fue Adolfo Alsina quien indicó a Sarmiento que encargara del asunto a Irigoyen. Es posible que así haya sido (Alsina, gran conocedor de los hombres, fue quien había logrado sacar a Irigoyen de su ostracismo político voluntario para llevarlo al Partido Autonomista); pero lo que consta es que Sarmiento, en acuerdo de ministros, dijo: “A tamañas pretensiones les opondré tamaño jurista”, y años después, el 14 de julio de 1877, siendo senador, se refirió a aquella cuestión pronunciando en el recinto de sesiones estas palabras: “Siguiendo su curso el asunto, cayó en manos del Fiscal del Tesoro, el Dr. D. Bernardo de Irigoyen. El Gobierno llamó un abogado tan competente como ese, para ponerlo de Fiscal del Tesoro, a fin de guardarse contra estos ataques que recibía diariamente de los intereses particulares, empeñados en hacer servir el tratado de España para explotarlo y sacar cantidades de dinero que no se debían pagar. Era preciso que hombres de ese peso, estuviesen allí para informar y rechazar los defectos, las deficiencias y la falta de derecho de las partes”.
No pararía allí el Loco (que no era hombre de rencores y que, extrañamente en él, nunca había agredido desaforadamente a Irigoyen en la prensa, como solía hacer con todo el mundo), porque también lo designó vicepresidente de su chiche más preciado: la Exposición Nacional en Córdoba. Y ya veremos más adelante, estimado lector, cómo no habrían de ser esas las últimas veces en que coincidirían en la política los otrora encarnizados adversarios Irigoyen y Sarmiento.
En 1872, Irigoyen fue elegido senador provincial y convencional constituyente, y al año siguiente, diputado nacional.
En 1874, Adolfo Alsina y Nicolás Avellaneda decidieron fusionar sus respectivos partidos, el Autonomista y el Nacional, para formar entrambos el PAN (Partido Autonomista Nacional), cuya fórmula presidencial Nicolás Avellaneda-Mariano Acosta resultaría triunfadora en los comicios del 12 de abril, obteniendo 146 electores; frente a la postulada por el Partido Nacionalista, Bartolomé Mitre-Juan Torrent, que logró 79. El 6 de Agosto, el Congreso realizó el escrutinio definitivo y proclamó presidente electo a Avellaneda, quien a poco dejó trascender que pensaba ofrecer la cartera de Relaciones Exteriores a Bernardo de Irigoyen, lo cual efectivamente hizo.
¡Inaudito, nada menos que el hijo del “mártir de Metán” ofreciendo la cancillería al “albacea de Cuitiño”!
Lo de llamar peyorativamente a Irigoyen “albacea de Cuitiño” provenía de una noticia publicada en La Gaceta Mercantil en su edición del 3 de julio de 1850, en la cual se consignaba que el coronel Ciriaco Cuitiño, gravemente enfermo y creyéndose en trance de muerte, había designado albaceas a Fortunato Benavente en Buenos Aires y a Bernardo de Irigoyen en Mendoza (tal como hemos visto, Irigoyen se encontraba por entonces en esa ciudad).
El odio y la envidia de los más enconados antirrosistas cayó como un anatema sobre Irigoyen, en la forma de una atroz campaña de prensa en su contra, iniciada por el diario La Tribuna, que desde el 21 de agosto y en menos de treinta días, publicó ¡trece artículos! denostando a Irigoyen y cuestionando al presidente electo por su intención de ofrecerle el cargo (decisión esa que, dicho sea de paso, éste mantuvo contra viento y marea, y sin arredrarse por los inicuos ataques).
Y entonces tuvo Irigoyen un gesto enaltecedor de esos que sólo surgen de las más grandes y nobles almas: en su aguda percepción de sagaz político a quien nada se le escapaba, sabía que Alsina, resuelto a influir de manera decisiva en la formación del gobierno, andaba chivo con Avellaneda porque éste, si bien le había reservado al primero un puesto en el gabinete; era muy celoso de sus deberes y prerrogativas, y consideraba un demérito para su investidura presidencial consentir en que otro -por más que ese otro fuera su aliado Alsina- le indicara a quiénes debía nombrar ministros, amenazando tornarse ese enojoso asunto en una verdadera crisis para un gobierno que ni siquiera había empezado. Con finísimo tacto y sutil diplomacia, Irigoyen, que era amigo de ambos, los reunió en su casa de la calle Florida N° 351, y al agradecer a Avellaneda su ofrecimiento para trascartón declinarlo amablemente, movió al presidente electo a pedirle a Alsina “sugerencias” -dice José María Rosa- para el gabinete. Don Adolfo, político habilísimo y ducho en esas lides, la cazó al vuelo: propuso a Félix Frías (quien estaba al frente de la legación argentina en Chile) para la cartera de Relaciones Exteriores y “aceptó” para sí el ministerio de Guerra -desde el cual pensaba manejar la política en el interior del país (de la de Buenos Aires ya era la figura principalísima) con vistas a su propia candidatura para cuando concluyera el período de Avellaneda-, zanjándose de esa manera el entuerto.
El presidente -que seguía siendo electo, porque aún no había asumido-, profundamente agradecido y reconocido, le ofreció entonces la legación en Brasil a Irigoyen, pero éste, muy dolido y afectado por los ataques de La Tribuna, rehusó también ese cargo y emprendió, a principios de octubre, un largo viaje por las provincias del litoral, para lamer en soledad sus heridas.
Retornó a Buenos Aires al iniciar el Congreso el período de sesiones de 1875 (recordemos que era diputado nacional), y fue electo por unanimidad presidente de la cámara.
Para mediados de 1875, se cernían sobre la República Argentina cinco frentes de tormenta: las tensas situaciones con Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Así las cosas, era más que probable; seguro, que se concretase a cortísimo plazo una formidable coalición contra nuestro país. 
El presidente Avellaneda se puso serio: tras los desaguisados que habían cometido y los dislates en que habían incurrido Rufino de Elizalde, Carlos Tejedor y Dardo Rocha (entre otros), no podía seguirse con el buen doctor Pedro Antonio Pardo, médico muy meritorio y afamado, pero que poco entendía de asuntos geopolíticos, y que de todos modos; no veía la hora de reintegrarse a su tranquilo decanato en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (porque Félix Frías, convenido, como vimos, entre Avellaneda y Alsina para esa cartera, estaba a cargo de la legación en Chile, y al regresar, manifestó su voluntad de renunciar al ministerio y consagrarse a la lucha cívica por los derechos territoriales argentinos en el conflicto con los chilenos); urgía poner a Irigoyen al frente de la cancillería (quien sin nombramiento oficial, ya lo estaba de hecho desde su regreso a Buenos Aires).
Pero si bien Alsina -caído, como vimos, su candidato Félix Frías por propia voluntad de éste- estaba ahora conforme con lo de llevar a Irigoyen al ministerio; subsistía el problema de la oposición en la prensa. 
Enterado de la cuestión Héctor Varela (que había sido uno de los fundadores de La Tribuna y que estaba residiendo en Turín), se comidió -tal vez por mediación de Avellaneda o quizá motu proprio- a hacer imprimir un folleto, al cual tituló Los hombres de Rosas y D. Bernardo Irigoyen, en el que hacía una encendida defensa de éste.En el opúsculo, resaltaba la calidad moral de Irigoyen (“no está manchado”, afirmaba textualmente), encomiaba sus aptitudes y sus méritos (“se destacó sobre la generalidad en la noche sombría de los dolores argentinos”), y advertía que con la persecución y la difamación de que se lo hacía objeto, no se estaba dañando sólo a la persona (“a tal o cual individualidad”), sino también a los intereses del país (“al pueblo entero de Buenos Aires”, ponía Varela, unitario al fin). Y concluía con un rotundo: “Rechazo franca y abiertamente las opiniones que hoy sostiene un diario que yo fundé, en el cual he trabajado tantos años y (en el) que hoy lamento ver enarbolar una bandera que está en oposición a lo que yo sostuve”. Más clarito… échele agua.
Eso decidía el asunto: si los mismísimos hijos de Marco Avellaneda, Valentín Alsina y Florencio Varela (nada menos que la flor y nata del unitarismo), entendían menester poner al “mazorquero”, al “cómplice de la tiranía”, a manejar las relaciones exteriores del país, ¿quién iba a oponerse y esgrimiendo cuáles argumentos? El periódico El Mosquito, en su edición del 1 de agosto de 1875, lo ilustró con una caricatura en la cual aparecía vestido de arlequín y en actitud de desesperación, Mariano Varela (director del diario La Tribuna), mientras Avellaneda entregaba los atributos de la cancillería a Irigoyen, quien aparecía diciendo: “Aunque mi traje esté cortado a la antigua, tendrá siempre más mérito que un traje de paño inglés cortado en lo de Murrieta”. El significado surge clarísimo: lo de Rosas y su época (el traje de Irigoyen “cortado a la antigua”), era más meritorio que lo que vino después de Caseros, con la saga de deudas contraídas con los ingleses (durante la presidencia de Sarmiento, Mariano Varela había gestionado un empréstito con la banca londinense Murrieta & Co. -“traje inglés cortado en Murrieta”-, en condiciones más que deprimentes para nuestro país).


El 2 de agosto de 1875 firmó, pues, el presidente Avellaneda el decreto designando ministro a Bernardo de Irigoyen. De hecho, la noticia, halagüeña para los intereses argentinos; no cayó nada bien ni en la cancillería chilena ni en el imperio brasilero. El Mosquito, en su edición del 8 de agosto, lo ilustraba de este modo:


El emperador Pedro II, calzando botas de potro, montando a Mitre (representado como un macaco, en alusión obvia a su sumisión a los designios brasileros), y llevando unas boleadoras (que son los presidentes del Paraguay, Juan Bautista Gill; de Chile, Federico Errázuriz; y del Uruguay, Pedro Varela) con las que procura cazar un ñandú (Avellaneda) que lo para en seco con un más que expresivo: ¿Adónde va que lo maten compadre, vea que no es para todos la bota de potro!”. Arriba, Pedro II como macaco, queriendo apoderarse de la naranja (el Paraguay), y Gill diciéndole que para ello tendrá que romper la “botijuela” (que es la triple alianza). Y la burla al diario La Tribuna, representado en el arlequín Mariano Varela (“ministro de empréstitos provechosos”), y apareciendo detrás suyo Héctor Varela, en actitud severa y correctiva, y Bernardo de Irigoyen, sonriendo socarronamente.
Y una semana más tarde, El Mosquito nos presentaba al presidente Avellaneda, al ministro de Guerra Alsina y al ministro de Relaciones Exteriores Irigoyen, clavando nuestra bandera en la Patagonia, sin hacer caso de la “ravieta” (sic) del chileno Manuel Bilbao:


Se barruntaba que algo en esa Argentina post Caseros y Pavón estaba cambiando, merced a una evidente recuperación del espíritu nacional. No interesaba mayormente si al frente del país estaban la imponente estatura del Tigre Rosas o la esmirriada figura del Chingolo Avellaneda; sino que lo importante residía en la conciencia plena de argentinidad y en la firme resolución de defender a ultranza el interés nacional frente a las apetencias extranjeras.
En la próxima entrega de este artículo asistiremos, estimado lector, a los prodigios que en materia de diplomacia y geopolítica, realizó Bernardo de Irigoyen en favor de nuestra patria.

Continuará
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN, Fondo Tomás Guido, Sala VII.
         Secretaría de Rosas.
         Archivo Urquiza.
Amadeo, Octavio R., Vidas argentinas, Librería y Editorial La Facultad, Buenos Aires, 1934.
Barroetaveña, Francisco A., Don Bernardo de Irigoyen. Perfiles biográficos, Imprenta de M. Biedma e hijo, Buenos Aires, 1909.
Barros Van Buren, Mario, Historia diplomática de Chile, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1970.
Biblioteca Digital de Tratados del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Argentina, Tratado entre la Confederación Argentina y España del 9 de Julio de 1859.
Biblioteca Nacional de la República Argentina, diario La Gaceta Mercantil, recopilación y resumen de Antonio Zinny t. III, Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, Buenos Aires, 1912.
Diario La Tribuna, varias ediciones de agosto y setiembre de 1874.
Gálvez, Manuel, Vida de Sarmiento, el hombre de autoridad, Editorial Tor, Buenos Aires, 1952.
Honorable Senado de la Nación Argentina, Diario de Sesiones de 1877.
Informes de los Consejeros Legales del Poder Ejecutivo desde 1868 hasta 1874 inclusive t. II, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, Buenos Aires, 1891.
Museo Mitre, Correspondencia Sarmiento-Mitre 1846-1868, Imprenta de Coni Hermanos, Buenos Aires, 1911.
Partido Autonomista Nacional (una de sus fracciones), folleto de propaganda política Rasgos biográficos del Dr. D. Bernardo de Irigoyen, candidato a la presidencia de la República, publicados en 1880, ampliados por uno de sus amigos, Imprenta y Estereotipia de P. Buffet y Cía., Buenos Aires, 1886.
Periódico El Mosquito, varias ediciones desde 1875 hasta 1893.
Revista Caras y Caretas, varias ediciones desde 1899 hasta 1939.
Revista Todo es historia, edición de noviembre de 1977.
Rosa, José María, Historia Argentina ts. 6, 7 y 8, Editorial Oriente S. A., Buenos Aires, 1974.
Sáenz Quesada, María, La república dividida, 1852-1855, Ediciones La Bastilla, Buenos Aires, 1974.
Sarmiento, Domingo F., Recuerdos de provincia, Imprenta de Julio Belin y Compañía, Santiago de Chile, 1850.
Sierra, Vicente D., Historia de la Argentina t. 1, Editorial Científica Argentina, Buenos Aires, 1972.
Varela, Héctor F., folleto Los hombres de Rosas y D. Bernardo Irigoyen, Establecimiento Tipográfico de Vicente Bona, Turín, 1875.
Velar de Irigoyen, Julio, Bernardo de Irigoyen. Algo en torno de una vida argentina, Talleres Gráficos Didot S.R.L., Buenos Aires, 1957.

domingo, 20 de noviembre de 2016

ANGEL "PAYA" DÍAZ







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Angel (José Lisandro en el documento de identidad) Díaz nació el 25 de abril de 1928 en una casa de la calle Traful, en el barrio de Pompeya. 
Desde muy pibe lo apodaron "Paya", por el oficio de su padre, don Luis, que era payador. Tuvo tres pasiones: el club Huracán, del que era hincha fanático; el tango y la bohemia. Bah, en realidad, tendría que haber escrito que tuvo una sola; porque Huracán, tango y bohemia son sinónimos. 
Estudió guitarra y con ella se acompañaba, allá por sus inicios en la profesión que había elegido: cantor de tangos. Debutó a los 19 años en la orquesta de Florindo Sassone, para rápidamente pasar a la de un virtuoso (y como él, bohemio empedernido): Alfredo Gobbi. Y en 1950, el insigne Horacio Salgán lo llevó a la suya. 
Es que tenían todo en común: ambos eran musicalmente adelantados a su tiempo. Horacio Salgán y el Paya Díaz no eran para el gran público, no; ellos eran pa' la monada, pa' la gente del palo, la que realmente sabía. Eran tal para cual: un músico extraordinario, para un cantor de excepción. 
Y juntos descubrieron, en los bailes de carnaval del club Atlanta, a un joven y hasta allí ignoto cantor: Roberto Goyeneche, al cual le ofrecieron incorporarse a la orquesta. 
Así nació la amistad entre ambos cantores, que no habría de romperse jamás. Fue el Paya quien bautizó "Polaco" a Goyeneche, para el cual fue un verdadero maestro. Y el Polaco siempre reconoció todo lo que había aprendido de su más que amigo; hermano: Angel Díaz. 
A principios de los 90, Goyeneche convenció al dueño del café Homero, de Palermo, de que contratara al Paya. Contaba el querido y siempre recordado Negro Rubén Juárez (que después sería el propietario de Homero): "al terminar la última función, cerrábamos y nos quedábamos, con algunos selectos amigos, y entre incontables whiskies y hesperidinas, con el Polaco y el Paya cantábamos hasta las seis o siete de la mañana". 
Gracias a Dios, tuve la fortuna de poder escuchar al Paya en Homero y también en el Bar El Chino, de Pompeya, donde solía caer de vez en cuando. Un regalo para los oídos, el canto hecho perfección. Fue en Homero donde le escuché una versión de Trenzas que, de la manera en que me conmovió, me hizo atragantar con el ron que estaba tomando. Y fue en el boliche del Chino donde lo oí cantar ese tango monumental que el Paya había compuesto, con letra de su hermano Luis Díaz (h): Se tiran conmigo
La noche del 11 de diciembre de 1998, la parca disfrazada de infarto lo sorprendió al Paya en su camerino del teatro San Martín, mientras esperaba para salir a cantar. 
Por la Quema anda su duende travieso, gritando por su amado Huracán y cantando Doble castigo

-Juan Carlos Serqueiros-

lunes, 17 de octubre de 2016

RECUERDO






































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Dedicado a mi querido amigo Oscar Farana, gran admirador de Pugliese.


En homenaje a ustedes, lo titularé “Un recuerdo para mis amigos”. (Osvaldo Pugliese)

Por los postreros años del siglo XIX y las dos décadas iniciales del XX, el tango primigenio ya había dejado de ser un mero género musical y evidenciaba claras pretensiones de constituirse en la cultura emblemática de un país, país ese que era por entonces una Argentina aluvional a la cual había ingresado por sus puertos -y especialmente por el puerto- una masa de extranjeros integrada por tanos, gallegos, gringos, turcos y rusos que vinieron a sumarse a eso que quedaba como restos de la otra Argentina; aquella que había sucumbido en Caseros y en Pavón.
Particularmente, creo que hubo en nuestro país, en cada década, una o más obras que marcaron un clivaje en la música popular, un antes y un después de. En la opinión de este servidor, en la primera del siglo XX, el  hito fue Comme il faut (Eduardo Arolas, 1907); en la segunda, Alma de bohemio (Roberto Firpo, 1914) y Lita/Mi noche triste (Samuel Castriota-Pascual Contursi, 1916, la cual representó el comienzo del reinado del tango canción); y en la tercera, Recuerdo (Osvaldo Pugliese, 1924-Eduardo Moreno, 1925).
Recuerdo es uno de los más bellos y maravillosos tangos, uno de los mejores (para muchos, el mejor) que se hayan creado en todos los tiempos. Compuesto en 1924 por Osvaldo Pugliese (n. Buenos Aires 02.12.1905 – m. Buenos Aires 25.07.1995), significó un claro avance en la concepción musical. Pero mejor, dejo que sea otro músico de excepción, Julio De Caro, quien lo defina: “Recuerdo marcó un camino en la composición del tango. Encierra un concepto moderno en su estructura armónica, en el imprevisto desarrollo de su línea melódica, en los colores de su sonido, en el acierto de los cambios de tonalidades, en los oportunos arpegiados, en la originalidad de su variación. Una de las obras de arte de nuestro tango que habrá de perdurar para siempre”.
El proceso de creación de Recuerdo fue narrado por el propio Pugliese, quien explicó que lo compuso por etapas, paralelamente a sus estudios musicales, en sus viajes en tranvías de la línea 96 hasta el lugar donde tocaba: el café de la Chancha (“bautizado” así en alusión mordaz a la escasa afición a la pulcritud y el aseo que evidenciaba su dueño), que quedaba en Rivera (actual avenida Córdoba) y Godoy Cruz, hasta que, una vez que hubo terminado de aprender escritura musical; pudo llevarlo todo al pentagrama. 
Cuando lo concluyó, su padre, don Adolfo Pugliese (cortador de calzado y flautista), le pidió que hiciera una copia para llevársela al bandoneonista Juan Fava, quien era primo de su esposa (la mamá de Osvaldo) y actuaba en el café Mitre, en la calle Triunvirato entre Gurruchaga y Acevedo, en el barrio de Villa Crespo. Ese fue el estreno del tango, que a todo esto, aún no tenía título.


Después, tras un breve paso por el conjunto de Francisca “Paquita” Bernardo, Pugliese al piano integró, junto a los violinistas Emilio Marchiano y Bernardo Perrone, el cuarteto que dirigía el bandoneonista Enrique “Francesito” Pollet. Esa fue la formación que estrenó oficialmente aquel tango -todavía sin título- compuesto por Pugliese, en el mítico café ABC, que quedaba en el 602 de Rivera (la actual avenida Córdoba, como vimos), casi al toque de Canning (hoy Scalabrini Ortiz).


Su barra había ido a escucharlo, y al terminar la actuación, los amigos le preguntaron a Pugliese por el título, y éste les respondió: “En homenaje a ustedes, lo titularé Un recuerdo para mis amigos”. Al registrarlo, quedó apocopado en Recuerdo, con un subtítulo entre paréntesis: (A mis amigos).



Esos “mis queridos y nobles amigos” a los cuales Pugliese dedicó el tango eran: Torcuato Di Giorgio, Amadeo Pioriello, Alfredo Bianchi, José Tonarelli y Rogelio Boisselier. Al interrogante de su madre sobre quiénes eran esos muchachos, Osvaldo contestaba: “Son amigos… tomamos café, hablamos de tango, jugamos al billar…”. En realidad, esos muchachos estaban en el métier de levantar quiniela… clandestina, por supuesto. Y qué quiere usted… es como cantó Pancho Viera en Contrabandista ‘e frontera: “pan que niega el gobierno / a balazos igual se hace”.
Algunos meses después, ya en 1925, el periodista y poeta Eduardo Moreno (n. Buenos Aires 27.09.1906 – m. Buenos Aires 12.07.1997) escribió la letra para el tango que había compuesto Pugliese:

Ayer cantaron poetas
y lloraron las orquestas
en las suaves noches del ambiente del placer.
Donde la bohemia y la frágil juventud
aprisionadas a un encanto de mujer
se marchitaron en el bar del barrio Sud,
muriendo de ilusión
muriendo su canción.

Mujer
de mi poema mejor.
¡Mujer!
Yo nunca tuve un amor.
¡Perdón!
Si eres mi gloria ideal
Perdón,
serás mi verso inicial.

Y la voz en el bar
para siempre apagó
su motivo sin par
nunca más se oyó.

Embriagada Mimí,
que llegó de París,
siguiendo sus pasos
la gloria se fue
de aquellos muchachos
del viejo café.

Quedó su nombre grabado
por la mano del pasado
en la vieja mesa del café del barrio Sud,
donde anoche mismo una sombra del ayer,
por el recuerdo de su frágil juventud
y por la culpa de un olvido de mujer
durmióse sin querer
en el café concert.


Así narraba el autor cómo habían surgido esos versos:
“Nací en Palermo, por Santa Fe al 4900… Tengo compuesta una cantidad de tangos, imagínese, debo tener más de doscientos. Muchos con letra y música mías… Con Blomberg (nota mía: Héctor Pedro Blomberg) los hermanos González Tuñón (nota mía: Enrique y Raúl González Tuñón) íbamos a la Boca… Parábamos en un café que quedaba en Pedro de Mendoza y Almirante Brown (nota mía: en realidad, ese café y otras cositas, quedaba por Pedro de Mendoza, metros antes de la esquina con General Brown -que ese era el nombre de la calle por esos años-), y allí escribí, en una noche, la letra de Recuerdo. Un marinero me había contado la historia de esta mujer, una heroína real, una mujer que existió de verdad. Casualmente, le decían Mimí. De ahí saqué el tema para escribir la letra”.
Hermosos versos, rezumando bohemia y plenos de finas metáforas exaltando un idealizado amor hacia una pobre francesita que había ejercido su oficio de alternadora en un peringundín al que se homenajea elevándolo a la pretenciosa categoría de “café concert”, todo en un contexto al cual se designa con una sutileza simplemente genial: “el ambiente del placer”. Y la evocación del nombre de aquella mujer “grabado por la mano del pasado en la vieja mesa del café del Barrio Sud” (la Boca)… Simplemente sublime.
El poeta lo recordaba con estas palabras:
“La melodía me la hizo escuchar Pugliese, no recuerdo si en su casa o en el café ABC, y me la llevé en la cabeza. Por la noche caí al lugar donde solía encontrarme con amigos… y de pronto, me puse a escribir y la letra salió de un tirón. Nombro un café concert porque ese lugar lo era, nombro a Mimí, porque una Mimí estaba allí, era una chica francesa que alternaba (la bastardilla es mía) con los hombres. Era el café de la Negra Carolina, en la Boca (nota mía: el café se llamaba The Droning Maud, y a sus mesas se sentaron Eugene O’Neill -quien después obtendría cuatro premios Pulitzer y el Nobel de Literatura- y Jack London, el escritor de Colmillo Blanco, nada menos). La Negra era una antillana gorda (nota mía: en realidad, Carolina Maud -negra, hija de esclavos manumitidos- provenía de New Orleans, Louisiana, EE.UU.) medio deforme, muy sabia ella, con mucho mundo recorrido. Siempre hablaba de los bares que tuvo en diferentes ciudades. Parece que se vino a la Argentina, corrida por algunos problemas (nota mía: los algunos problemas eran una ‘cosita de nada’: un crimen pasional en Inglaterra, un asesinato en el que se hallaba envuelta Eve Leneve, íntima amiga y ayudante de la Negra Carolina). La acompañamos hasta el año 27, en que cayó enferma. Blomberg se encargó de internarla en el hospital Argerich, allí murió sola”.


Por su parte, Pugliese, al rememorar cómo había escrito Moreno la letra, contó una versión distinta a la de éste: “Cuando lo estrenamos en el café ABC, Moreno, el autor, venía todos los días”. Y también: “Me acuerdo que la primera letra que le había hecho, no me gustó, porque le colocó el título Campanita, campanita. No me gustó. Y después le hizo otra letra un poquito más adecuada”. Tengo para mí que la cosa debió de haber sido nomás como dijo don Osvaldo, porque ¿me parece a mí, o Moreno deja traslucir un reconocimiento implícito de ello -surgido, quizá de su subconsciente- en ese “serás mi verso inicial”?
En 1985 u 86, yo trabajaba y vivía en Resistencia,  y durante una Cena Aniversario del Club Atlético Chaco For Ever, tuve oportunidad de preguntarle a don Osvaldo por Recuerdo, contándome él cómo lo había compuesto. Mas cuando inquirí su opinión sobre la letra; creí percibir en su respuesta cierto retintín, como si (sin llegar en modo alguno a ningunearla, eh, en absoluto; Pugliese era la viva representación de la bondad y la caballerosidad mismas) la tuviese en menos, la considerase inferior a la -sin dudas, maravillosa- melodía que había creado para ese tango.
Debo reconocer que muy probablemente, mis entendederas estuvieran… algo nubladas, digamos, por las botellas de vino y champagne y por los muchos whiskies trasegados después en el Angelo, a donde fuimos a escabiar con amigos (entre los cuales estaban, me acuerdo, el Gusano Farana y el Cabezón Maffei) y con un jovencísimo Adrián Guida, que era por entonces el cantor de Pugliese y de quien doña Lydia Elman (la esposa y manager de Pugliese) nos había recomendado muy especialmente que cuidemos (quédese tranquila, Lydia, ¡vaya si lo cuidamos!: Adrián la pasó bomba y se tomó hasta el agua de los floreros). Pero por más confusa que fuera mi evocación de aquello por los vahos del alcohol; fue esa la sensación que me produjo lo que me manifestó Pugliese en persona aquella noche con respecto a la letra de Recuerdo, y -sin  la menor intención de establecerla como verdad revelada- no puedo dejar de citarla.
Pero como ya su proverbial perspicacia, mi estimado lector, lo habrá llevado a advertir que en la partitura se consigna: “Música de Adolfo Pugliese”, y eso le habrá despertado un lógico interrogante; va siendo hora de aclarar el punto.
Adolfo era, como vimos, el padre de Osvaldo, y se dijo que como éste era menor de edad al momento de concebir y editar Recuerdo, entonces se lo registró a nombre de aquél. No fue así: Osvaldo ya había compuesto tangos antes de Recuerdo -Primera categoría y El frenopático (que incluso, figura dedicado a su tía, Concepción Pugliese), por ejemplo- y los había puesto a su nombre; así que su minoría de edad no fue la causa.


El motivo lo explicaría muchos años después el propio Osvaldo Pugliese: 
“Mi padre, además de cortador de calzado; era flautista, y en aquel entonces ese instrumento iba siendo dejado de lado por los cuartetos de la Guardia Vieja, que se empezaban a desarrollar en quintetos y sextetos. Así fue que la flauta quedó de lado… Es en ese entonces, cuando mi padre se queda sin trabajo, que él comienza a corretear la música y se hace editor… Le dije: ‘-Mirá, viejo, si a vos te gusta, agarrátelo (sic), publicátelo (sic) a tu nombre y adelante’. Así fue. El tango en su primera edición… salió con el nombre de Adolfo Pugliese. Pero está registrado a mi nombre, siempre estuvo registrado a mi nombre. En la edición de papel estuvo con el de mi padre”.
Algunos han elucubrado la teoría de que Recuerdo habría sido compuesto por un hermano mayor de Osvaldo que era violinista: Vicente Salvador Pugliese, a quien apodaban Fito por el parecido con Adolfo, el padre, con quien, dicen, tendría mala relación. Afirman que a raíz de ello, y achacándole a su papá sobreprotegerlo a Osvaldo; Vicente Salvador se fue al sur del país para nunca más volver, y agregan que todo esto habría sido contado por alguien que prefirió mantener el anonimato.
Como puede apreciarse, esa… hipótesis, digamos, es muy traída por los pelos y (siendo suave) difícil de creer: si Vicente Salvador hubiese sido en verdad quien compuso Recuerdo, ¿qué le habría impedido reclamar para sí los derechos, máxime estando tan disgustado con su familia como dicen? Además, ¿qué antecedentes de composiciones suyas comparables a esa que se empeñan en atribuirle pueden citarse? Ninguna. Y convengamos que eso de basarse en los dichos de alguien que no quiere dar su nombre es, como mínimo, poco serio. Ganas de banalizar y tinellizar nomás…
En cambio, encaja perfectamente lo afirmado por Osvaldo Pugliese, ya que si, como contó, el padre tuvo que dedicarse al corretaje de música escrita, ¿qué podría ayudarlo más, que hacerlo a partir de ofrecer la partitura de un éxito como Recuerdo, atribuyéndose ser nada menos que quien lo había compuesto?
“Nadie puede, de buena fe, poner en tela de juicio quién es el verdadero autor musical de Recuerdo", escribió Luis Adolfo Sierra. Y es tal cual.
Figura debidamente registrado en SADAIC el 7 de mayo de 1948, bajo el código de obra 2872 | ISWC T-037002583-4, con derechos reservados a favor de Pugliese, Osvaldo Pedro como compositor; y de Moreno, Eduardo (y/o su pseudónimo Solmar) como autor.


1926 y 1927 serían los años de la consagración definitiva de Recuerdo como una de las obras cumbres de la cultura tango.
El 9 de diciembre de 1926, el Sexteto de Julio De Caro lo grabó para el sello Victor, editándose así el disco 79778, con Recuerdo en el lado A y Qué noche, de Agustín Bardi, en el B.



La orquestación que hizo Julio De Caro para el tema es magistral, al punto que hasta la versión de Recuerdo grabada por el propio Pugliese, está basada en la suya. Al respecto, escribió Luis Adolfo Sierra: “Cuando Pugliese incorporó el tango Recuerdo al repertorio de su ya famosa orquesta, en 1944, adoptó la misma instrumentación de De Caro, exactamente la misma, sin cambiarle una nota, ni el sentido temperamental que éste inmortalizara dieciocho años antes”.
Se dijo que al escuchar el disco, Marcelo T. de Alvear, gran aficionado al tango (y a la sazón, presidente de la República), se hizo hincha de la orquesta de De Caro, a la cual erigió en su favorita.

Enlace a la versión del Sexteto de Julio De Caro:

Y no menos importante fue la grabación, el 25 de julio de 1927 y para el mismo sello, de Rosita Montemar (pseudónimo artístico de Rosa Spruk), acompañada por la Orquesta Típica Victor, en la que sería la primera versión cantada de Recuerdo, editada en el disco 79890, que traía en la otra cara, Gloria, de Eduardo Chon Pereyra y el Negro Celedonio Flores.



Su hermosa voz registro de soprano y su expresividad, su manera de decir el tango, convirtieron en antológica su interpretación de Recuerdo, esa con la cual (a pesar de la muy deficiente calidad del audio) podemos extasiarnos.

Enlace a la versión cantada por Rosita Montemar:
Hasta el exigente Eduardo Moreno -a quien se le habían subido no poco los humos tras la repercusión que había tenido Recuerdo- hubo de reconocer lo excelente de la versión grabada por Rosita Montemar; pese a la rabieta que se agarró al escuchar el disco y percatarse de que ella cantaba “Ayer lloraron los poetas”, en lugar de “Ayer lloraron poetas”, como él había escrito.
Después, ya superada la etapa de la novedad, Recuerdo pasó a ser una especie de tango de culto, para la gente del palo, digamos. Contaba Pugliese: “Lo de Recuerdo fue que cuando lo estrenamos en el café ABC… no pensamos que ese tango iba a ser lo que es”. Y Moreno lo explicaba así: “Recuerdo es una obra monumental musicalmente… la tuvimos archivada: pensamos que no podía andar, estaba adelantado cincuenta años, tanto en la música como en el verso. ¿A quién se le iba a ocurrir, en aquellos años, escribir ‘ayer cantaron poetas y lloraron las orquestas’? No se escribía así… Estoy hablando del año 25”.
Hubieron de transcurrir ¡veinte! años desde que lo compuso, para que al fin, el 31 de marzo de 1944, Osvaldo Pugliese lo grabara para el sello Odeon, matriz editada en el disco 7663, que trajo Recuerdo (sólo instrumental) en la faz A, y Silbar de boyero, cantado por Roberto Chanel, en la B.




Enlace a la versión de Osvaldo Pugliese:

Quizá la explicación del hecho de que Pugliese lo haya grabado en esa oportunidad sólo en modo instrumental, haya que buscarla en la circunstancia de que Recuerdo había tenido problemas con la censura. Así lo contaba Eduardo Moreno: 
“En la absurda época de la censura me llamaron por Recuerdo. Cuestionaban la parte que dice ‘en las suaves noches del ambiente del placer’ y también ‘café concert’, que debía ser cambiado por ‘café del ayer’. Como me puse a discutir me dijeron que hablara con el jefe. Era una sala grande con dos mesas grandes, de un lado, unas veinte mujeres, y del otro, unos veinte hombres, todos trabajando sobre letras para modificarlas. Cuando el jefe apareció, lo reconocí enseguida. Lo había visto varias veces en un café de Villa Urquiza: cantaba con una guitarra y luego pasaba el platito. Un tiramanga de boliche convertido en jefe de la censura. Tenía un hermano que cantaba boleros. Eran los hermanos Vicente y Emilio Crisera”.
“Gracias” a aquel nefasto Crisera, poligrillo importante (si me es permitido el oxímoron, dijo Borges) de triste memoria, la letra quedó así:

Ayer cantaron poetas
y lloraron las orquestas,
en las suaves noches de romántico querer,
cuando la bohemia de la frágil juventud,
aprisionada en un encanto de mujer,
quebró los sueños en el bar del barrio sud,
muriendo la ilusión…
quemando la ilusión...

Mujer
de mi poema mejor...
Mujer,
yo nunca tuve un amor...
Perdón,
si eres mi gloria ideal...
Perdón,
serás mi verso inicial...

Y la voz en el bar
para siempre apagó
el motivo sin par
que al amor cantó...

Rubia y dulce Mimí,
que soñando en París
llevara en sus pasos
la gloria que fue
de aquellos muchachos
del viejo café...

Quedó su nombre grabado
por la mano del pasado,
en la vieja mesa del café del barrio sud;
donde anoche mismo, una sombra que al volver
con el recuerdo de su frágil juventud
y los perfumes de un olvido de mujer
durmióse sin querer,
en el café de ayer...

Es un error histórico reiterado y difundido hasta el hartazgo, el de atribuir la censura sólo al gobierno de Pedro Pablo Ramírez, segundo presidente de facto surgido de la Revolución del 43.
Ya en 1913, siendo presidente Victorino de la Plaza, el Congreso había sancionado la ley 9127 llamada de Organización del Servicio Radiotelegráfico, que sería reglamentada recién el 10 de abril de 1929, durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen. ¿Por qué se había demorado tanto la reglamentación? Sencillo: porque el avance tecnológico de la radiofonía, llevó a los gobiernos a la “necesidad” de transformar un control que hasta allí era ideológico  y más bien acotado a lo formal; en político, es decir, en algo que se adoptó en los hechos, las actitudes y los métodos; no sólo ya en los papeles.Durante la presidencia de Agustín P. Justo, el 3 de mayo de 1933 se dictó el decreto 21044, que disponía la creación del Reglamento de Radiocomunicaciones por el cual se otorgaba a la Dirección de Correos y Telégrafos, a través de su dependencia Servicio de Radiocomunicaciones (luego Dirección de Radiocomunicaciones), la potestad no sólo de aplicar la reglamentación; sino también de modificarla según lo creyera conveniente. En buen romance, el control de los contenidos que se propalaban por las radios, sería de allí en más ejercido discrecionalmente por el poder ejecutivo. Y a llorarle a Pateco.
Así, se dictaron las “Instrucciones para las Estaciones de Radiodifusión” (las broadcastings o radios), por las cuales se establecían limitaciones para los noticieros, las entrevistas radiales y hasta las publicidades que se difundían, y se daban “recomendaciones” para el empleo y buen uso del idioma y para el tenor de las letras de las canciones que se emitían al aire (perífrasis y eufemismos para disimular lo que se prohibía expresamente: el lunfardo). Todo lo cual se profundizó más aún en el gobierno de la Concordancia radical-conservadora, tanto con Ortiz como con Castillo en el sillón de la presidencia, período este en el que se instaló al frente de la Dirección de Radiocomunicaciones a Vicente Crisera, convirtiéndolo nada menos que en el árbitro que decidía cuál música podía editarse y cuál no, y qué podía transmitirse por radio y qué no. Si movía a la lástima aquel patético hombrecillo, oscuro y menos que mediocre cantor “a la gorra”; resultaba ridículo el personaje encaramado en burócrata censor y erigido, vaya uno a saber en virtud de qué nefasta influencia politiquera, en abanderado del buen gusto musical, poético y literario, y guardián de las sacrosantas costumbres. Cosas veredes
El gobierno de Ramírez, lo que hizo fue llevar al paroxismo ese statu quo que, reitero, venía de largo arrastre. 
Y lo hizo principalmente a través de su ministro de Justicia e Instrucción Pública, Gustavo Martínez Zuviría, ultracatólico y notorio novelista que escribía bajo el pseudónimo de Hugo Wast; del obispo Gustavo Franceschi, director de la revista Criterio (¡qué “criterio”, por favor!), cancerbero, desde la Academia Argentina de Letras, de la “pureza del idioma”, y que se había atrevido a denostar ¡a Gardel!; y de la propia esposa del presidente, María Inés Lobato, matrona esta de quien la gente se burlaba llamándola María Inés Locuento, “porque Lo bato es lunfardo y está prohibido”.
En 1966, el cantor de la orquesta de Pugliese, Jorge Maciel, introdujo, so pretexto de favorecer y enriquecer su propia interpretación de Recuerdo, nuevas modificaciones en la letra, la cual, entre la censura y los “agregados líricos” (?) de Maciel, quedó de este modo:

Ayer cantaron poetas
y lloraron las orquestas,
en las suaves noches de romántico querer,
cuando la bohemia de la frágil juventud,
aprisionada en un encanto de mujer,
quebró los sueños en el bar del barrio sud,
muriendo la ilusión…
quemando la ilusión de su dulce amor...

Mujer
de mi poema mejor...
Mujer,
yo nunca tuve un amor...
Perdón,
si eres mi gloria ideal...
Perdón,
serás mi verso inicial...

Y la voz en el bar
para siempre apagó
el motivo sin par
que al amor cantó...
Rubia y dulce Mimí,
que soñando en París
llevara en sus pasos la gloria que fue
de aquellos muchachos del viejo café...

Te busqué por el mar
y jamás te encontré,
el cielo y yo, y un sueño azul
que se durmió en una estrella.

Si he rodado por los bares
de otro mundo misterioso,
buscando aquel milagroso
perfume de la ilusión,
¿quién cerró en el recuerdo
tu cofre de amor?

En mi opinión, la funesta y miserable acción de la censura ramirista y los engendros que metió Maciel en los versos, configuraron lisa y llanamente un sacrilegio cometido con aquella excelente poesía que había escrito Moreno, a la que inmolaron sin piedad en aras de una moralina hipócrita y de ideologías totalitarias los unos, y de un supuesto favorecimiento al mejor ejercicio vocal con pretensiones de bel canto el otro.
Las “suaves noches del ambiente del placer”, mutaron en las de “romántico querer”; la “bohemia y la frágil juventud” aparecieron concatenadas mediante la introducción de la preposición de, y de estar “aprisionadas a un encanto de mujer”, pasaron, por algún esotérico proceso alquimista, a ser una singularidad presa “de un encanto de mujer”; la “embriagada Mimí que llegó de París”, pasó a ser (a lo mejor, por el sortilegio del beso de algún príncipe azul) “rubia y dulce” y a estar “soñando en París”; la “sombra del ayer” se ve que había adquirido movilidad, porque se transformó en una “sombra que al volver”; el “olvido de mujer” hecho “perfume” (?); el “café concert” se trocó en “café de ayer”. En cuanto a los aportes de Maciel, qué decir… ¿Qué tendrán que ver, por Dios santo, esa búsqueda de Mimí “por los mares”; esa expansión geográfica que lo lleva por “los bares de otro mundo misterioso” y ese “cofre de amor”, con todo aquello que quiso expresar el autor en la letra original?
Lo que hicieron con aquella poesía de Eduardo Moreno fue, reitero, un crimen. Como dijo el cómico, actor y cantor él mismo, Guillermo Rico al referirse a los cambios que en las letras de los tangos suelen introducir los intérpretes: “… (el autor) trabaja sus letras con el buril de poeta. Y si algo obsesiona al poeta es la palabra. Para él, ninguna palabra es igual a otra; aunque se le parezca”. Suscribo.
Muchos han considerado antológica aquella versión de Recuerdo cantada por Jorge Maciel. Este servidor no coincide con tal adjetivación, porque aun cuando me parecen muy bien interpretadas desde la entonación y la vocalización, tanto la suya como la del querido Negro Rubén Juárez (quien, lamentablemente, también incurrió en “violación de letra” al adoptar la que fue vejada por la censura); reputo como insuperable -al menos, hasta ahora- la de Rosita Montemar.
Pero como “gustos son gustos”, dijo una vieja; aquí las tiene a las dos, para que pueda compararlas con aquella de 1927 y discernir por usted mismo:

Versión de la orquesta de Osvaldo Pugliese con Jorge Maciel:
Versión de Rubén Juárez con Raúl Garello (1977):

En cuanto a las exclusivamente instrumentales (además de las de De Caro y Pugliese), pueden citarse, entre otras de las más destacadas, la de Horacio Salgán en 1947 y la de Aníbal Troilo en 1966. Pero a quien esto escribe, le parece directamente sublime la de la orquesta Ensamble, dirigida por el ilustre Lalo Schifrin (hincha de Huracán, por supuesto) para la banda de sonido de la película Tango (1998), de Carlos Saura, que puede escuchar haciendo click en este enlace:

Versión de Lalo Schifrin

Y hasta aquí hemos transitado juntos, apreciado lector, la historia de esa obra monumental que es Recuerdo, “el tango de los tangos” (Luis Adolfo Sierra dixit). Es mi deseo que haya usted disfrutado al leerla, tanto como disfruté yo al escribirla.
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-  

ILUSTRACIONES
Portada del artículo: La magia del tango, óleo de Ernesto Quiróz, 2012.
Pugliese, acuarela de Horacio Ferrer, 1962.

REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS
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Revista Desmemoria Re-vista de Historia, edición N° 5, octubre-diciembre de 1994.
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