viernes, 22 de diciembre de 2017

CUANDO RIVERA SE OFRECIÓ A RAMÍREZ PARA ASESINAR A ARTIGAS




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Sor. D. Franco. Ramirez
Montev.o, Junio 13 de 1820
Hayer recibí su carta del 31 por El Capitán D. Laureano Marques q. sale ahora mismo con la presente.
Hace dos días q. escribí a V. instruyendolo de mi actual situación, y al mismo tiempo, del estado de esta Provincia, indicandole lo interesante q. sería para Esa y esta establecer relaciones de amistad y comercio para cuyo medio lo ponia (sin comprometer a la q. gobierna) en estado de reparar los males q. ha causado la guerra.
Todos los hombres, todos los Patriotas, Deben sacrificarse hasta lográr destruir enteramente a D. Jose Artigas; los males q. ha causado al sistema de Libertad e independencia, son demaciado conocidos p.a nuestra desgracia y parece escusado detenerse en comentarlos, quando nombrando al monstruo parece q. se horripilan. No tiene otro sistema Artigas, q. el de desorden, fiereza y Despotismo; es escusado preguntarle cual es el q. sigue. Son muy, son muy (Nota mía: repetición del escribiente, que puso dos veces “son muy”) marcados sus pasos, y la conducta actual q. tiene con esa patriota Provincia justifica sus miras y su Despecho.
El suceso de Correa me ha sido sensible y puedo asegurarle q. todos han sentido generalm.te que hubiese conseguido Artigas este pequeño triunfo. Yo espero y todos q. V. lo repare, y para q. V. conosca mi interes diré lo q. he podido alcanzar en favor de V. de S.E. el S.or Baron de la Laguna, (Nota mía: a continuación de la coma, hay un tachón sobre una palabra indescifrable. Al parecer, el escribiente iba a continuar la frase, y posiblemente, siguiendo el dictado de Rivera, tachó la palabra que había escrito, y siguió abajo, como si hubiese habido un punto y aparte).
S.E. apenas fue instruido p.r mi de sus Deseos me contestó que habia sido enviado por S.M. (Nota mía: “S.M.” -Su Majestad- era el monarca del reino unido de Portugal, Brasil y Algarve, Juan VI) p.a protegér las legitimas autoridades, haciendo la guerra, a los anarquistas, en tal caso considera a Artigas, y como autoridad legítima de la provincia de Entre Rios á V., por consig.te para llevar a efecto las intenciones de S.M me previene, q. avise a usted q. están prontas sus tropas para auxiliarlo, y apoyarlo como le convenga, y para esto puede usted mandar un oficial de confianza, con credenciales bastantes al Rincon de las Gallinas, donde se hallará el Gener.l Sal (finaliza aquí la primera página de la carta, que consta de dos).

(Continuación, segunda página)
daña, con quien combinará el punto o puntos por donde le conbenga hacer presentar fuerza e igualm.te la clase de movimientos q. deven hacer.
V. persuadase que los deseos de S. E. son q. V. acabe con Artigas y p.a esto contribuira con cuantos auxilios Están en el Poder.
Con respecto a que yo vaya á ayudarle, puedo asegurarle que lo conseguiré, advirtiendolé q. devo alcanzar antes permiso Especial del Cuerpo Representativo d. la Provincia para poder pasar á Otra, mas tengo fundadas esperanzas de que todos los Sres. q. componen este Cuerpo no se opondrán á sus deseos ni los mios cuando ellos sean ultimar al tirano d. nuestra tierra.
No deje V. de continuar dandonós sus noticias, mucho nos interesa la suerte d. Entre Rios; p.a q. V. le asegure una paz solida, todos estos Señores. S. E. el Sor. Barón, y yo trabajaremos.
En todos casos quiera contar con la amistad de su atento So. Sor. y amigo Q. B. S. M. (Nota mía: “So. Sor. y amigo Q.B.S.M.”: "Seguro servidor y amigo que besa su mano").
Fructuoso Rivera
(sic)


Estando yo en Corrientes cuando se me dio la oportunidad de tener en mis manos y a la vista el original de esta carta dirigida por Fructuoso Rivera a Francisco Pancho Ramírez, debo reconocer que en principio, estuve inclinado a pensar que el documento era apócrifo. 
La letra, como pueden apreciar en las imágenes, se corresponde con la de alguien que denotaba cierta instrucción; no era en modo alguno la trabajosa caligrafía de un cuasi iletrado como Rivera, que a duras penas si sabía (con grandes limitaciones) leer y escribir, y no tiene, pese a algunos errores ortográficos y de sintaxis en que incurrió el escribiente; los horrores habituales en Rivera al querer expresarse por escrito (lo cual sé y me consta porque vi, en los archivos uruguayos, algunas cartas de su puño y letra).
Pero al concluir con su lectura, se me disiparon instantáneamente los reparos que tenía, porque fue como si el espíritu del Pardejón surgiera desde la noche de los tiempos, de ese par de amarillentos papeles. En ellos está expresado fielmente Rivera en los ribetes de acomodaticio, taimado, astuto y mendaz que había en su índole. 
Además, cuando posteriormente requerí el dictamen de una amiga experta en el tema: Betina Passon, pude saber que sin dudas, la firma era de él.
Seguramente le dictó la carta a algún secretario letrado suyo (letrado hasta por ahí nomás, pero al menos, sabía escribir de corrido, lo cual para Rivera representaba una ímproba tarea) y luego la firmó, despachándola a Ramírez a través del tal Laureano Marques citado en la misma.
De ella puede extraerse una serie de conclusiones, además del “gentil y desinteresado” ofrecimiento que Rivera le hacía al entrerriano de encargarse personalmente de asesinar a Artigas. Pero veamos primero, sintéticamente, cuáles eran los sucesos principales que definían el contexto general de ese momento:
1) La Banda Oriental estaba invadida por las fuerzas luso-brasileras de Juan VI, al mando del general Carlos Federico Lecor, barón de la Laguna.
2) Los principales jefes artiguistas (Andrés Guacurarí y Artigas, Juan Antonio Lavalleja, Fernando Otorgués, Manuel Francisco Artigas, Bernabé Rivera y Leonardo Olivera) estaban prisioneros en Ilha das Cobras, frente a Río de Janeiro (ver mi artículo ¿DÓNDE ESTÁ ANDRESITO?), y los que no habían caído apresados o muertos; defeccionaron.
3) El 22 de enero de 1820 las fuerzas luso-brasileras al mando del conde de Figueira habían sorprendido y derrotado completamente en Tacuarembó a las tropas artiguistas dirigidas por Andrés Latorre y Pantaleón Sotelo. Este último (que era lugarteniente de Andrés Guacurarí y Artigas, y que cuando éste cayó prisionero, lo reemplazó al mando del ejército guaraní) murió en la acción. El desastre de Tacuarembó se tradujo en el virtual cese de la resistencia de los Pueblos Libres a la invasión portuguesa (instigada por el Directorio y parte del Congreso).
4) El 1 de febrero de 1820, las fuerzas de Entre Ríos y Santa Fe, dirigidas por Francisco Ramírez y Estanislao López respectivamente, batieron en la cañada de Cepeda a las tropas directoriales de José Rondeau (quien en junio de 1819, había sucedido como Director a Pueyrredón), que se rindieron a discreción sin luchar. 
5) Poco después, en marzo y abril Rivera escribió a los gobernadores de Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos; Juan Bautista Bustos, Estanislao López y Francisco Ramírez, respectivamente, solicitándoles auxilio en la lucha contra el invasor de la Banda Oriental.
6) Cepeda significó la caída definitiva del Directorio; pero luego de la “batalla” (en realidad, no la hubo), Manuel de Sarratea consiguió arrancarles a López y Ramírez la firma del Tratado del Pilar el 23 de febrero de 1820, el cual significaba la pública defección de ambos, del artiguismo (que en realidad, ya había comenzado a producirse cuando aceptaron integrar a Carlos de Alvear y José Miguel Carrera, notorios enemigos de Artigas éstos).
A partir de allí, Ramírez -que no López, quien no llegaría a tales extremos- combatiría con saña feroz (no hay rencor más enconado que el de un apóstata) a Artigas; a quien conseguiría derrotar en una rápida sucesión de acciones militares, forzando el asilo de éste en el Paraguay del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia (ver mis artículos LUCES Y SOMBRAS DE FRANCIA y POLÍTICA Y NEGOCIOS EN 1820).
Fue en aquel statu quo en que Rivera le escribió a Ramírez la carta transcripta (que estaba precedida de otras fechadas 4 de marzo, 4 de abril y 5 de junio), ofreciéndose para asesinar él mismo a Artigas, e instigando al entrerriano a unirse a los portugueses. La obsesión de Rivera era -y lo fue siempre- constituir un estado integrado por la Banda Oriental, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y las Misiones; de manera que, colocado este entre la Argentina y el Brasil (y gobernado por él, obviamente), le permitiera sacar ventajas ora de la una, ora del otro.
Pero decía precedentemente que pueden derivarse del análisis del documento algunas inferencias y hasta ciertas conclusiones, como por ejemplo:
Fue Ramírez quien buscó el concurso del Pardejón para asesinar a Artigas; ya que Rivera le escribía en respuesta a “su carta del 31” (de mayo). Infiero que quien instó al entrerriano a escribirle al oriental, debió de ser uno de estos dos: Sarratea o López. Y si bien era este último el que conocía personalmente a Rivera, lo cual a priori lo sindicaría como el más probable para indicárselo al otro; particularmente me inclino por la hipótesis de que debe de haber sido Sarratea. Al pato se lo conoce por la cagada, suele decirse, y el pato era Sarratea, ya que era éste el enemigo declarado y mortal de Artigas, y como buen representante del centralismo, partidario por entonces de la segregación de la Banda Oriental y en connivencia con los luso-brasileros. Asimismo, esas referencias al “despotismo”, a la “fiereza”, al “sistema de libertad e independencia”, y al “monstruo”; eran expresiones de uso habitual en Ramírez, quien por esa época se creía poco menos que Aníbal enfrentado a los romanos. Y tiene que haber sido Sarratea -por sí o por interpósita persona- quien se las transmitió a Rivera y éste, de manera sibilina, las debe haber volcado en su carta buscando halagar al Supremo Entrerriano (cuyo lado flaco conocía -¡y cómo no!- de sobra Sarratea).
En cuanto al “pequeño triunfo” obtenido por Artigas sobre Ramírez, del cual se conduele Rivera en su carta, esperando que éste “lo repare”, alude al enfrentamiento de Arroyo Grande, que se produjo entre las fuerzas artiguistas al mando del Comandante General de las Misiones, Francisco Javier Sití (quien luego se pasaría a Ramírez); y las tropas de este último al mando de Gregorio Correa (ex directorial, devenido luego del Tratado del Pilar en acérrimo partidario del Supremo Entrerriano).
Los restantes párrafos de la carta son más que elocuentes. Nos muestran a un Rivera totalmente entregado a Lecor y abundan en las seguridades que el Pardejón  le da a Ramírez respecto a que el monarca de los macacos lo considera la “autoridad legítima” de Entre Ríos, etc. (¡cómo debe haberse henchido de orgullo el entrerriano, al que “las luces malas del centro” -by Sarratea- le hicieron meter la pata!).
Y termina Rivera la carta ofreciéndose para ir él mismo a asesinar a Artigas. 
¿Era sincero el ofrecimiento? ¿Quería y se proponía, de verdad, el Pardejón ultimar a Artigas? Es una cuestión que aún debaten los historiadores orientales y un secreto que Rivera se llevó a la tumba. 
Personalmente, estoy inclinado a inferir que no; más bien me parece que lo que intentaba, era salir del brete en que lo había metido Ramírez al requerirlo éste para tal cometido (consecuencia que el Pardejón no previó al escribirle él mismo tanto al entrerriano como también a López y Bustos), tratando de zafar con eso del "permiso especial del Cuerpo Representativo de la Provincia". Que nunca pidió, por otra parte, lo cual algo debe significar, ¿no?
La correspondencia -muy breve- entre Ramírez y Rivera me parece el intercambio entre dos aliados que se desconfiaban mutuamente (para lo cual, dicho sea de paso, tenían ambos sobradas razones). Actuaban, sin percibirlo -especialmente Ramírez-, como marionetas que otros más poderosos e inteligentes que ellos (Sarratea, Alvear y -en menor medida- Carrera) manejaban a su antojo. 
Parafraseando a Frederick Forsyth en El día del Chacal, podríamos imaginar la correspondencia entre ambos, iniciada en una suerte de diálogo en francés: "-Ici Pancho-", "-Ici Frutos-".
En fin…

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Abella, Gonzalo. Artigas, el resplandor desconocido. Editorial Betum San, Montevideo, 1999.
Archivo General de Corrientes, Sala 2, Correspondencia Oficial años 1810 a 1921, Tomo 09, folios 053 al 055.
Gómez, Hernán F. Corrientes y la república entrerriana, 1820-1821. Imprenta del Estado, Corrientes, 1929.
Reyes Abadie, Washington; Melonio, Tabaré y Oscar H. Bruschera. Documentos de Historia Nacional: el Ciclo Artiguista, t. II. Editorial Medina, Montevideo, 1951.
Salteraín y Herrera, Eduardo. Rivera: caudillo y confidente. Talleres Gráficos Al Libro Inglés, Montevideo, 1945.

sábado, 16 de diciembre de 2017

CUANDO EL TELÉFONO TRAE HASTA EL PRESENTE UNA FIGURA GRATA DEL PASADO

























Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Acabo de recibir una muy agradable sorpresa, la cual me emocionó. A punto tal, que quiero compartirla.
Suena el celular: llamada desde un número para mí desconocido, con prefijo o característica de San Juan. Atiendo.

"-¿Hablo con el señor Juan Carlos Serqueiros?" > "-Sí, soy yo, ¿quién habla?" > "-Señor, soy Daniel Garipe y lo estoy llamando desde San Juan. No sé si se acordará de mí..." > "-¡Puma querido! Cómo no me voy a acordar de vos, por supuesto que sí. Tanto tiempo... ¿A qué debo la grata sorpresa y el honor de este llamado?" > "-Le cuento: hace un rato estábamos con mi señora ordenando la casa, y en una de las cajas en que guardamos los recuerdos de mi paso por Huracán, apareció un sobre que me habían dado en el club con otros efectos personales, cuando me fui en 2002. Era una carta suya dirigida a mí, y que por esas cosas que inexplicablemente suceden, había quedado sin abrir hasta hoy. La leímos con toda mi familia y quedamos muy emocionados, así que como por suerte figuraba su número de celular en la misma, quise llamarlo para agradecerle sus palabras y manifestarle el buen recuerdo que guardo de usted; aunque hayan pasado ya quince años y lamentablemente hayamos podido vernos y hablarnos tan pocas veces en aquel tiempo. Y el Globo es una institución a la que quiero mucho y que marcó una parte importante de mi vida deportiva".

Seguimos conversando como quince minutos más, me contó de su vida, de su familia, y sobre todo; me dijo que es feliz. Quedamos, él, con una invitación para venir a Tucumán; y yo con una para ir a San Juan. Y ambos con un grato recuerdo que se reedita y traduce mágicamente en presente a través de una llamada telefónica.

El Puma Garipe fue un jugador de mi amado Huracán al que admiré muchísimo, tanto por sus excelentes condiciones futbolísticas de volante central que combinaba garra y jerarquía, como por su buena índole de pibe humilde, íntegro y sano. Y siempre tuve la amarga sensación de que por esas cosas de la vida, no había alcanzado él la trascendencia y la fama que sin dudas merecía y a las que era justamente acreedor. Pero me congratula el saber ahora, hace un ratito nomás, que es feliz; lo cual constituye, en definitiva, el mayor de los éxitos que pueden alcanzarse. Y eso no es poco, ¿no?
En esta vida casi siempre amarreta y vacía de valores; cosas como este reencuentro tras ¡quince años!, son lo que la hacen soportable.
Claro que te recuerdo, querido Daniel Puma Garipe; estás y estarás siempre en mi corazón quemero.

-Juan Carlos Serqueiros-

LA ALIMAÑA andahazi







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Recién termino de leer "Argentina, con pecado concebida. Historia sexual de los argentinos", de federico andahazi (minúsculas adrede y peyorativas).
Tuve que batallar duramente contra el tedio primero y la repugnancia después, para poder concluir la lectura de este... "libro" (me cuesta llamarlo así, pero de alguna manera hay que hacerlo); porque de verdad, no es otra cosa que un soporífero e inmundo engendro. Y eso que yo leo hasta las revistas del consultorio del dentista, eh; no le hago asco a nada.
Se trata de un compendio de historias de alcoba escritas por otros en distintas épocas y refritas por ese compulsivo adepto a Onán y frustrado psicoanalista devenido en "escritor" e "historiador" que es andahazi, so pretexto de que "hay puntos en la historia donde se demuestra que la sexualidad cambió el rumbo de lo que pasaba".
Es altamente preocupante que puedan haber quienes crean que lo escrito (o mejor dicho; defecado) por ese infame payaso subnormal tenga algo que ver con la historia. Lo suyo es, reitero, una cloaca, plagada, además; de inexactitudes e interpretaciones antojadizas, cuando no de mentiras. Y para peor, mal escrita y aburrida.
En síntesis, un librejo que no sirve ni para prender el fuego para el asado, porque si lo usan para eso, les saldrá con gusto a mierda. Y ni siquiera tiene utilidad para limpiarse el culo, porque el papel en que está impreso es duro y satinado, seguramente para que corran mejor por él las infectas deyecciones emanadas de su autor.
Esas inmundicias metidas a "escritores" e "historiadores" como la ameba estreñida andahazi, son despreciables voyeuristas de alcoba, huelebraguetas y lamecalzones. Aunque en el caso de ese borderline repulsivo, todo rótulo resulta insuficiente para encasillarlo, tal es la variopinta gama de sus parafilias. En él, su ocupación favorita, esto es, espiar dormitorios; deriva automáticamente en frenética masturbación. No se limita a oler braguetas, sino que además; las abre, y ansioso ( vicioso), palpa y sopesa lo que hay detrás del cierre, lo extrae y lo chupa con fruición, mascando después el afrecho con gozo infinito. Asimismo, las toallitas femeninas, sobre todo; las usadas en esos días, son uno de sus manjares predilectos. Y de postre, no se satisface sólo con lamer calzones; sino que se solaza devorando hasta la heces -y nunca mejor aplicado el término- las cascarrias que en ellos hayan quedado.
andahazi: espécimen de alimaña venenosa perteneciente a la familia Abyectae miserabilis. Se alimenta de carroña y excrementos, y su hábitat natural son los muladares. 
En síntesis, un vomitivo detrito estancado en una cloaca pestífera.

-Juan Carlos Serqueiros-

martes, 7 de noviembre de 2017

JOSÉ MANUEL DURAND LAGUNA, EL QUE NO ANDABA CON GRE GRE PARA DECIR GREGORIO



















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Un 7 de noviembre como hoy, pero de 1885, nacía en La Viña, provincia de Salta, José Manuel Durand Laguna.
En 1907 recaló con su familia en Buenos Aires, en Parque de los Patricios, y tomó contacto con aquellos inquietos y soñadores estudiantes del Colegio Luppi que cuatro años antes, un 25 de Mayo, habían fundado un club, participando con ellos de la reorganización del mismo, concretada formalmente el 1 de noviembre de 1908: el Club Atlético Huracán, el cual presidió.
Esforzado, emprendedor, incansable, astuto y de carácter fuerte, el Negro Laguna, como se lo apodaba por el color morocho subido de su tez, no conocía de desmayos, sabía poner el pecho a todas las dificultades y nunca nadie pudo pescarlo en un renuncio ni en una aflojada. Era de una sola pieza, derecho y frontal, muy frontal; de esos que no andan con medias tintas y llaman pan al pan y vino al vino, lo cual le originó algunos problemas con sus compañeros de club, quienes terminaron expulsándolo.
Por esos tiempos, se acercó al ilustre científico, funcionario y deportista Jorge Newbery y logró su colaboración para con la novel institución, invalorable aporte ese que resultaría de capital importancia para que Huracán pudiera consolidarse.
El Negro era ligero, vivo, canchero, perpicaz, un rana que se destacaba entre aún entre la gente ranera, como que vivía, precisamente, en el Barrio de las Ranas. De esos tipos capaces de estar sentados en un banquito y agarrar un ñandú que pasa a la carrera o de hacer un asado abajo del agua. Trataba del mismo modo a un aristócrata como Newbery y al último de los cirujas de la quema, y paseaba su señorío vistiendo su pilcha de laburo a la hora de desempeñar cualquier oficio o su atildado jetra siempre impecable a la de socializar en cualquier ámbito (que él los frecuentaba todos y en todos lo conocían). Un señor de verdad, que movía al respeto y a la estima que saben inspirar quienes van por la vida con actitud firme e invariablemente digna. Y tanto jugaba con igual destreza al tenis en el más exclusivo de los courts, como al billar en el más rante de los cafetines.
También jugaba al fútbol ¡y cómo jugaba! Delantero endiablado, guapo, encarador, pícaro, mañero, goleador nato y con una media vuelta letal para sus rivales.
En 1916 se disputó en Buenos Aires el primer Campeonato Sudamericano, la primera Copa América, y aconteció un hecho curioso: el 10 de julio se enfrentaban en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, los seleccionados de Argentina y Brasil. Pero pasó que uno de los delanteros, la estrella del equipo, Alberto Ohaco del Racing Club, pegó el faltazo por cuestiones laborales; así que a propuesta de otro de los jugadores, Pedro Martínez, de Huracán; los dirigentes fueron a apalabrarlo a Laguna, que estaba en la tribuna como espectador, y le ofrecieron que jugara él. Correr a los vestuarios, colgar el traje en una percha, ponerse los cortos, vestir la celeste y blanca y calzarse los botines, fue todo uno para el Negro, que a los diez minutos de juego abrió el marcador con un bombazo impresionante. Proeza: de espectador a goleador.
Más temprano que tarde y solucionados los antiguos entredichos, Laguna volvió a la institución de sus amores como player, integrando los equipos de 1921 y 1922 que se consagrarían campeones llevando para la vitrina de Huracán los primeros trofeos.
Nacido para liderar, sería también el entrenador de otro gran equipo del Globo campeón: el de 1928, teniendo que “poner en vereda” y disciplinar a “nenes” de la talla de Stábile, Pratto y Federici, jugadores extraordinarios pero con la costumbre -alegre y placentera, sin dudas; pero irresponsable- de irse de farra por las noches. Una detallada nota periodística de la revista La Cancha, en su edición del 14 de diciembre de 1929, recogió todo aquello para la posteridad, en un imperdible reportaje al Negro Laguna quien, con su acostumbrada franqueza y su hombría de bien, lo narró con pelos y señales.


Fundador y presidente de Huracán, varias veces campeón como jugador y también como entrenador. Casi nada, ¿no?
Se retiró del fútbol como jugador recién en 1927, con 42 años, siendo campeón con el club Olimpia, de Asunción. Fue docente deportivo en San Juan, contratado por el gobierno provincial para la formación de jóvenes. Como entrenador dirigió, además de su amado Huracán; a clubes de San Juan y Tucumán, a Nacional del Paraguay y al seleccionado de ese país. Murió a los 73 años en Asunción, el 16 de julio de 1959. En alguna estrella del cielo de Parque de los Patricios andan brillando su alta estatura, su inclaudicable espíritu, su visión de pionero, su picardía y su olfato goleador.
El siempre recordado y venerado Negro Laguna, el que no andaba con gre gre para decir Gregorio: un pedazo grande de la riquísima historia de Huracán, prócer del Globo y de la Quema, señor con todas las letras, caballero de ley y guapo de verdad, sin grupos.
En la dimensión en que estés: ¡Salud, ganador y campeón en todo!

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS

Libro de Actas del Club Atlético Huracán. Acta N° 1 del 20.07.1910.
Bestard, Miguel Angel. 80 años de fútbol en el Paraguay. Litograf, Asunción, 1981.
Revista La Cancha edición N° 80, Buenos Aires, 14.12.1929.
Wernicke, Luciano. Historias insólitas del fútbol. Planeta, Buenos Aires, 2013.

martes, 28 de febrero de 2017

Y UN DÍA, TUVIMOS TELÉFONO (PRIMERA PARTE)




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Se ignoraba cuánto de esa leyenda era verdad y cuánto inventado. (George Orwell)

Fue Antonio Meucci quien en 1855 inventó un aparato que llamó teletrófono, el cual, conectado a otro igual, hacía posible la transmisión y recepción de la voz a través de ambos, publicando su trabajo y desarrollo en 1860. La modestia de sus recursos no le permitió patentar definitivamente su invento, y entonces hubo forzosamente de recurrir, más de una década después, a trámites preliminares que le otorgaban solamente una especie de reserva precaria sobre los derechos intelectuales y económicos de su creación; situación esa de la cual se aprovechó Alexander Graham Bell quien, mediante fraudes y coimas, lo registró a su favor en 1876 con el nombre de teléfono.
Ahora bien, ¿cómo y cuándo llegó a la Argentina el teléfono? 
En el marco del modelo teórico que sirve de referencia al relato histórico oficialmente aceptado, se ha estipulado primero, difundido después y finalmente; instalado en el imaginario colectivo, que la primera comunicación telefónica en nuestro país se realizó en Buenos Aires el 4 de enero de 1881 y se cursó entre la casa en que circunstancialmente habitaba el presidente Julio A. Roca en el barrio de Caballito, y la residencia particular de su ministro de Relaciones Exteriores, Bernardo de Irigoyen, en el centro de la ciudad.



¿Fue efectivamente así y consecuentemente es esa la verdad histórica? Veamos.
En el portal web de la CNC (Comisión Nacional de Comunicaciones) se incluía -hasta diciembre de 2015, en que dicho organismo fue reemplazado por el ENaCom (Ente Nacional de Comunicaciones)- esta imagen:


La cual estaba acompañada por el siguiente texto:  
Desde su residencia, el ministro del Interior Bernardo de Irigoyen inaugura el servicio telefónico en la ciudad de Buenos Aires con una comunicación con el presidente Julio Argentino Roca.La historia cuenta que una calurosa mañana del martes 4 de enero de 1881, el técnico francés Víctor Anden llamó a la puerta de una gran casona ubicada sobre la calle Florida 351, entre Tucumán y Viamonte (hoy Florida 611).Su dueño, el doctor Bernardo de Irigoyen, ministro de Relaciones Exteriores, estaba por salir para la Casa de Gobierno, pero antes de hacerlo vería colocado el primer teléfono del país.El mismo día se instalaron también otros teléfonos en las residencias del presidente de la Nación, general Julio A. Roca en la calle Rivadavia 1783 (hoy 4805); del presidente de la Municipalidad de Buenos Aires, Marcelo Torcuato de Alvear; del Ministro de Guerra y Marina, general Benjamín Victorica, y en instituciones como la Sociedad Rural, el Club del Progreso y el Jockey Club hasta totalizar el número de veinte.
He allí sucintamente expresado el relato histórico oficial (que tiene más agujeros que un gruyere, como demostraré a continuación). Pero antes, ¿de dónde dimanan tantas inexactitudes? 
Pues, de un documento también oficial (oficialísimo, diría), consistente en un libro que en 1981 hizo editar la dirección de la hoy por hoy fenecida ENTel: 100° Aniversario del servicio telefónico en Argentina (1881-1981), en el cual se consignó esa serie de disparates, que sería sucesivamente reproducida hasta el hartazgo sin que nadie se preocupara por enmendar semejantes errores.
Ciertamente asombra -aun considerando que el documento en cuestión no escapa al conflicto entre historia y comunicación institucional (con su consiguiente carga ficcional la última)- el nivel de ignorancia evidenciado en tan groseros gazapos tales como ubicar a Bernardo de Irigoyen como “ministro del Interior” en enero de 1881, cuando lo era de Relaciones Exteriores; situar la casa de éste en la calle Florida 351 entre Tucumán y “Viamonte”, cuando esta última arteria se llamaba en 1881 y desde 1810 calle del Temple, y recién en 1893 cambiaría su nombre por el de Viamonte; llamar “Marcelo Torcuato” al presidente de la Comisión Municipal de Buenos Aires, cuyos nombres eran Torcuato Antonio, (Marcelo Torcuato era uno de sus hijos, quien sería presidente de la Nación en el sexenio 1922-1928); o hacer aparecer entre los poseedores de teléfono en 1881 al Jockey Club que… ¡por entonces aún no había sido fundado!
Dicho sea de paso, la empresa a la cual se atribuyen las líneas por las cuales se estableció “la primera comunicación telefónica en la Argentina”, es (o más apropiadamente, era) la Societé du Pantéléphone L. de Locht et Cie.
Léon de Locht-Labye fue un ingeniero belga que a fines de 1879 había desarrollado un transmisor mucho más sensible que el de Bell, el cual mediante el recurso de aumentar el tamaño del diafragma (una lámina de corcho de 15 cm por lado), permitía registrar la voz o el sonido que se quisiera transmitir, incluso estando el emisor situado a veinte metros de distancia del micrófono.



En 1880 Locht-Labye, asociado a capitales belgas, fundó la Societé du Pantéléphone L. de Locht et Cie., que a fines de ese año comenzó a operar en nuestro país a través de quien detentaba aquí su representación y dirección: Clément Cabanettes (un militar y empresario francés llegado a Buenos Aires en 1879), constituyendo sus oficinas en un local ubicado a los fondos de la imprenta Minerva, en el N° 76 de la calle Florida, entre La Piedad (actual Bartolomé Mitre) y Cangallo (actual Teniente General Juan Domingo Perón). Más temprano que tarde, la empresa castellanizó su nombre,  pasando a llamarse Sociedad Nacional del Panteléfono.
Cabanettes se movía rápido: mientras sus técnicos (entre ellos, el mencionado francés Victor Anden) hacían el tendido de aquella primitiva red (aérea y de alambre galvanizado) e instalaban los primeros panteléfonos; hizo insertar en el diario El Nacional una serie de avisos publicitarios, configurando una campaña de propaganda que no se basaba en la abundante mención de características técnicas del producto como hacían otras empresas; sino que ponía el acento en las ventajas y la superior calidad de servicio que erogaba el aparato de Locht en relación a los de sus competidores. 
Le pido, estimado lector, que retenga brevemente en su memoria esta circunstancia, pues como veremos enseguida; incidirá a la hora de analizar lo referente a la comunicación telefónica establecida entre Roca e Irigoyen.
En esta imagen podemos apreciar cómo era un teléfono de dicha compañía y fabricado ese año de 1881, idéntico a aquellos a través de los cuales se comunicaron presidente y ministro.


Y en esta otra, de 1881 y perteneciente a la colección Abel Alexander, observamos a dos técnicos de la Compañía Nacional del Panteléfono. 
Posiblemente haya sido tomada en la residencia de Bernardo de Irigoyen. A simple vista puede notarse que se trata de un ambiente lujoso (todas las residencias en las que por entonces se instalaban los panteléfonos lo eran, desde ya) y quizá uno de los dos hombres que en ella aparecen sea Victor Anden (de quien no se conocen fotografías ni retratos). Esto último también es muy probable, ya que necesariamente la plantilla de personal de la Sociedad Nacional del Panteléfono debió de ser muy reducida, en razón de la escasa cantidad de abonados que podía admitir (sólo veinte).


Posteriormente, se “condimentó” todo con anécdotas fabuladas, tales como por ejemplo, una que cuenta que la comunicación entre Roca e Irigoyen al principio salió mal debido a que:
“Por ser el abonado N° 1, Bernardo de Irigoyen llama al general Roca, pero se adelanta a atender uno de los sobrinitos de Roca, que se acerca al tubo y lo inunda con su parloteo. Poco familiarizado con el nuevo aparato, Irigoyen colgó indignado, pidiendo a los técnicos que hagan más ensayos hasta acabar con los ruidos. El misterio se aclaró unos minutos después, cuando Roca llamó al canciller y le explicó la intervención de su sobrinito. Por lo tanto, la primera conversación telefónica argentina fue entre Bernardo de Irigoyen y el sobrinito de Roca, cuyo nombre se ignora”.
Paparruchadas como esa, nadie las ha ilustrado en poesía mejor que José Larralde cuando recita: “Que uno a veces dice cosas / de a dieces como de a cientos / y ande quiere fantasiar, / le va poniendo el acento”. Digamos que para establecer una comunicación telefónica entre dos abonados, es indiferente cuál de ellos se suscribió primero al servicio. O sea, que Irigoyen fuera “el abonado N° 1”, no implica que necesariamente hubiera tenido que llamar él (a través del operador, claro) al supuesto “N° 2” (Roca); pues perfectamente podría haber sido al revés. 
Como por otra parte, lo reconoce -bien que inadvertidamente, lo cual viene a demostrar que no solamente sanatea, sino que además; desprecia y echa en saco roto los avisos que le envía su inconsciente- el propio repetidor del delirio al consignar luego: “Roca llamó al canciller”.
Vamos a lo del “sobrinito de Roca cuyo nombre se ignora”.
Es claro que el divagante escribe “se ignora”, porque ni siquiera se tomó el trabajo de compulsar en el AGN la correspondencia privada de Roca; si lo hubiera hecho, sabría que se trataba de Miguelito Juárez Funes, sobrino del presidente en tanto hijo de su cuñada, Elisa Funes, y del esposo de ésta, Miguel Juárez Celman, que por aquel verano de 1881 estaba pasando una temporada en casa de sus tíos en Buenos Aires). Y es una fantasía que el niño pudiera “acercarse al tubo”, sencillamente porque este elemento aún no existía tal como lo conocemos hoy, con las cápsulas transmisora y receptora contenidas en el mismo; por aquella época, el transmisor se hallaba fijo en la caja del aparato y todo el conjunto iba montado sobre pared, de modo que quedaba aproximadamente a la altura de la boca de una persona de estatura promedio (con lo cual, por supuesto, no podía alcanzarlo una criatura de cinco años).
Más allá de la gaffe en que incurren los divulgadores al tomar como prueba histórica algo que a todas luces se trata simplemente de un ardid publicitario de la época; lo cierto es que hace ciento treinta y seis años, aquello de la intervención del sobrinito de Roca fue un eficaz instrumento de propaganda por medio del cual la empresa instalaba el convencimiento de que el panteléfono era tan superior a todos los demás aparatos, que hasta podía captar y transmitir la algazara de una criatura torturando los oídos de nada menos que un ministro de estado.
Pero ni en la edición del 4 de enero de 1881 (fecha establecida como efeméride de la considerada “primera comunicación telefónica en nuestro país”) ni en las inmediatamente anteriores y posteriores de los diarios, hay mención alguna de que se hubiera producido tal acontecimiento. Por esos días, las noticias que acaparaban los titulares eran relativas a la guerra del Pacífico y al baile de gala que la legación británica daría en el teatro Opera con motivo del arribo a nuestro país de los hijos del príncipe de Gales, Alberto Víctor y Jorge de Sajonia-Coburgo, quienes por entonces fungían de guardiamarinas en el buque escuela Bacchante de la armada inglesa, recepción esa a la que asistirían el presidente de la República, su señora esposa y el gabinete en pleno.


¿Cómo se explica, entonces, que la prensa no se haya referido ni siquiera tangencialmente a semejante novedad? Ya lo veremos, tenga paciencia, por favor.
El 3 de febrero de 1881, Cabanettes dirigió una nota al presidente de la Comisión Municipal (Torcuato de Alvear, como cité antes) consignando en la misma que su empresa asumía el compromiso de no cobrar a sus abonados (suscriptores, como se los llamaba) el canon estipulado para el servicio que brindaba, hasta el 1 de octubre, por más comunicaciones que se cursaran entre ellos; pues el lapso que hubiese transcurrido desde la instalación hasta esa fecha, lo consideraba de promoción y ensayo. Además, el 8 de ese mes, dictó una conferencia en el teatro Coliseum, sito en la calle Reconquista N° 7, en el transcurso de la cual hizo una demostración estableciendo una comunicación entre dicha sala y las dependencias de la municipalidad, que funcionaban en Bolívar 13.
¿Vivía por entonces Roca en una quinta situada en la calle (hoy avenida) Rivadavia N° 1783 (“hoy 4805”) y desde allí entabló una comunicación telefónica con Irigoyen? Digamos que desde su nombramiento como ministro de Guerra de Nicolás Avellaneda, Roca habitó en Buenos Aires en tres casas.
La primera de ellas la alquiló en 1879 a su propietario, Francisco Bernabé Madero -quien después, en 1880, sería su vicepresidente-, y estaba ubicada en la calle Suipacha entre Lavalle y Corrientes. A principios de setiembre, Roca -que había renunciado al ministerio- abandonó Buenos Aires e instaló a su familia en la estancia La Paz, cerca de Ascochinga, y él vivió alternativamente entre las ciudades de Córdoba y Rosario. El 7 de agosto de 1880, finalizada la guerra civil desatada en junio, regresó; mas no a la ciudad de Buenos Aires propiamente dicha, sino a Belgrano (que actualmente es un barrio porteño, pero que por entonces era un municipio aparte y había sido designado capital provisoria de la República en las postrimerías de la presidencia de Avellaneda), y allí no tomó casa, sino que prefirió alojarse en un hotel. A principios de octubre, Roca alquiló un chalet (no una quinta, como sostiene Félix Luna) propiedad de Gerónima Negrotto de Consandier (no “del constructor José Bernasconi”, como consignan muchos de quienes se han ocupado de narrar la historia del barrio de Caballito; ya que dicha persona adquirió ese inmueble recién en 1903 a Heinz Clausen, quien a su vez lo había comprado previamente a doña Gerónima) situado en Rivadavia 1783 (que vendría a ser el 4903 de la actual numeración; no el 4805 como dice la historia oficial), en el cual vivió hasta julio de 1881, en que volvió a la casa de Madero que arrendaba en la calle Suipacha. Y por último, en 1885 se mudó a la que le compró a Carlos Escalada, ubicada en la calle San Martín 577.Cabe aclarar que Rosendo Fraga dice que al asumir la presidencia en octubre de 1880, Roca se trasladó con su familia a una quinta en el barrio de Almagro, la cual quedaba donde hoy se alza el Instituto Sagrado Corazón, en la calle Hipólito Yrigoyen (que por entonces se llamaba de la Capilla) al 4350. Es posible que así haya sido, pues Roca enfermó de cierta consideración mientras estaba en Belgrano, y quizá fue a restablecerse a esa quinta; pero en todo caso, el lapso en que residió allí fue tan breve, que el dato resulta irrelevante a los efectos de lo que estamos tratando.
Así pues, no hay duda alguna de que Roca vivía en Caballito en enero de 1881. Y en consecuencia, forzosamente tuvo que ser desde allí que se comunicó con Irigoyen. No obstante ello; seguía yo sin encontrar respuesta a tres cuestiones.
En primer lugar, la distancia (hay cosa de 5 km entre ese punto y el centro de la ciudad, con lo cual infería como poco probable -especialmente por la relación costo-beneficio, pero también por las dificultades de orden práctico- que la Sociedad Nacional del Panteléfono tendiera una línea hasta Caballito, cuando necesariamente tuvo que estar en conocimiento de que la residencia del presidente en ese sitio era sólo transitoria y obedecía a motivos de seguridad -otra vez: recordar que pocos meses antes, Buenos Aires había desatado la guerra civil al rebelarse contra la Nación, precisamente por no aceptar el resultado de las elecciones que habían consagrado a Roca presidente electo (circunstancia esa que, extrañamente, obviaron considerar todos los historiadores que bucearon en los comienzos de la telefonía en nuestro país)-. Después, un interrogante técnico, digamos: con aquel primitivo panteléfono de Locht ¿podía establecerse una comunicación entre dos personas situadas a 5 km una de la otra? Y finalmente: ¿por qué en los diarios no se había mencionado absolutamente nada?
La duda de orden técnico podía despejarse totalmente a través de una comprobación práctica que certificara lo afirmado por Léon de Locht-Labye en sus publicaciones, en el sentido de que con sus aparatos, garantizaba una comunicación entre personas distantes entre sí varios kilómetros a través de una línea de alambre de un solo hilo.
Se conservan algunos panteléfonos, tanto en Francia como en otros países (incluso el nuestro, pues sin ir más lejos; a través del centro de compraventa por Internet eBay, se subastó uno en 2006), con lo cual perfectamente podría hacerse la prueba. Pero dado que implementar tal cosa obviamente excede con largueza mis modestas posibilidades; hube de conformarme con evidencias algo más “recientes” (de fines del siglo XIX y principios del XX), las cuales tuve a mi vista en muchas ocasiones a lo largo de mi actividad profesional, como por ejemplo las líneas de alambre que aún hoy se conservan en el yacimiento minero de zinc, plomo y plata de El Aguilar, en la puna jujeña; en las cuasi fantasmales ruinas de la Compañía Azucarera Las Palmas del Chaco Austral y las de las fábricas de tanino de La Forestal; y también en algunos ingenios de Tucumán, todos mudos testigos de que con alambre galvanizado y teléfonos energizados a pila, se establecían comunicaciones telefónicas entre puntos muy alejados. No serían propia y exactamente los panteléfonos de Locht, pero bueno; como dicen los jóvenes hoy en día: es lo que hay. Y deberá usted, mi querido lector, contentarse con ello.
Pero seguía martillándome otro de los cuestionamientos que me hacía. Hasta que acerté, munido de los pocos datos que sobre él se conservan, a trazar un perfil psicológico de Clément Cabanettes y hacerme una idea de su índole. Y entonces, todo adquirió claridad.
Cabanettes era, al igual que su compatriota y coetáneo Angelo Mariani (aquel del archifamoso vino de coca y del cual quizá hubiese aprendido y emulado sus métodos y tácticas), además de un infatigable emprendedor; un habilísimo hombre de negocios y un tigre de la publicidadCon su clara percepción y forzosamente limitado a los veinte abonados que como máximo soportaba el conmutador de Locht, rápidamente se dio cuenta de que en el contexto de aquella sociedad porteña, el éxito comercial de su compañía pasaba por contar entre sus clientes a lo más granado de la misma, es decir, las principales y más prestigiosas personalidades. Después, ya vería el modo de ampliar la capacidad técnico-económica de su empresa, ya fuese mediante la absorción de las de sus competidores, o por alianzas estratégicas, como les decimos hoy, o instalando más conmutadores; por ahora, no le importaba (y aquel por ahora no importa, fue justamente lo que lo dejaría fuera del negocio, como narraré más adelante). Por eso comenzó con Roca e Irigoyen, que eran, respectivamente, nada menos que el máximo líder militar y político, y por añadidura; presidente de la República, y el estadista más reputado del país (además de ministro de Relaciones Exteriores); y siguió con otro ministro de estado (el de Guerra, Benjamín Victorica), militares de alto rango (generales Manuel J. Campos y Eduardo Racedo), el presidente de la Comisión Municipal (Torcuato de Alvear), la entidad núcleo del poder económico (la Sociedad Rural), la institución más relevante (el Club del Progreso), y así hasta colmar la capacidad de su conmutador. Y de allí también los ardides promocionales como la anécdota del sobrinito de Roca que ya hemos visto, y la frase con la que supuestamente éste habría cerrado aquella comunicación telefónica mantenida con Irigoyen: “la difusión de estos aparatos en la Argentina será tan decisiva para su progreso como nuestra expedición al Río Negro”, la cual fuera cierto o no que se pronunciara, poco o nada le interesaba a Cabanettes; pues lo importante para él era que la tuvieran por verídica y la repitieran hasta el hartazgo en las tenidas del Club del Progreso, en los cenáculos de la Sociedad Rural y en las casonas solariegas de las familias de nota. Y convengamos en que tuvo éxito en lo que se proponía, porque así tal cual nos la trajo la tradición oral.
En cuanto a las dificultades y costo económico de tender una línea (por más que fuera ésta de alambre galvanizado común y corriente) entre el centro de Buenos Aires y el barrio de Caballito, situado en los arrabales de la ciudad los cuales se extendían hasta más allá de los Corrales; debe de haberlo resuelto a través del sencillo método de utilizar -y por supuesto, tiene que haber mediado la previa aquiescencia presidencial- la línea del telégrafo. Después de todo, se trataba simplemente de un ensayo de breve duración, tan sólo unos minutos; ya llegaría el momento en que Roca se mudara al centro, y entonces se instalaría en su casa el panteléfono. Tal como ocurrió; porque ya vimos que el presidente volvió en julio a ocupar la casa de la calle Suipacha, y allí (y no en “la de San Martín 577” como cuenta la historia oficial; pues sabemos que a esa Roca la compraría recién en 1885), Cabanettes le haría instalar no sólo su teléfono particular; sino además una línea directa con su despacho en la Casa Rosada. 
Coincidentemente, ¡oh, casualidad! (¿o causalidad?), ese mismo mes, la Sociedad Nacional del Panteléfono se trasladó al domicilio de San Martín 26, donde contaría con instalaciones mucho más amplias que aquellas modestas oficinas que ocupó en los inicios de su actividad, a los fondos de una imprenta.
Y por último, aquella considerada oficialmente como “la primera comunicación telefónica en nuestro país”, no salió en los diarios simplemente porque… ¡no fue en modo alguno la primera!
¿Cómo? Pero, si no era esa; entonces ¿cuál lo fue?
Eso, apreciado amigo y si no lo considera usted abusar por mi parte de su paciencia, es lo que le contaré en algunos -poquitos, no se preocupe- días; si es que decide continuar gentilmente con la deferencia de leerme.
¡Hasta entonces y gracias por su atención!

-Juan Carlos Serqueiros-

CONTINUARÁ
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

AGN Sala VII Fondo Roca.
Cincuenta años de vida. Cía. Unión Telefónica del Río de la Plata 1887-1937, UTRP, Buenos Aires, 1937.
Colección fotográfica Abel Alexander.
Contreras, Leonel, Historia cronológica de la ciudad de Buenos Aires, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2014.
Diario El Nacional, varias ediciones de los años 1878, 1880 y 1881.
Diario La Nación, ediciones de los días 19 de febrero de 1878 y 28 de abril de 1881.
Diario La Prensa, varias ediciones de los años 1878, 1879, 1880 y 1881.
Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel), 100° Aniversario del servicio telefónico en Argentina (1881-1981), Editorial Marchand, Buenos Aires, 1981.
Fraga, Rosendo, El hijo de Roca, Emecé Editores, Buenos Aires, 1994.
Fundación Standard Electric Argentina, Historia de las comunicaciones argentinas, Buenos Aires, 1979.
Irigoin, Alfredo M., La evolución industrial en la Argentina (1870-1940), Instituto Universitario ESEADE, revista académica Libertas edición N° 1, Buenos Aires, octubre de 1984.
Luna, Félix, Soy Roca, Sudamericana, Buenos Aires, 2012.
Museo de los Corrales Viejos, Sala Historia del teléfono.
Piñeiro, Alberto G., Las calles de Buenos Aires. Sus nombres desde la fundación hasta nuestros días, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2003.
Porto, Ricardo A. y Claudio Schifer, El inicio de las telecomunicaciones, blog Ricardo Porto Medios, publicación en Internet del 29 de febrero de 2012.
Reggini, Horacio C., Los caminos de la palabra. Las telecomunicaciones de Morse a Internet, Ediciones Galápago, Buenos Aires, 1996.
Revista Fibra, edición N° 7, 1 de noviembre de 2015.
Schávelzon, Daniel, Arqueología histórica de Buenos Aires, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1991.
Semanario El Mosquito, edición del 9 de enero de 1881.
Siemens, 75 años en Argentina, Siemens S. A., Buenos Aires, 1983.
Tesler, Mario, La telefonía argentina. Su otra historia, Editorial Rescate, Buenos Aires, 1990.
Tesler, Mario, Teléfonos en la Argentina. Su etapa inicial, Biblioteca Nacional de la República Argentina y Página/12, Buenos Aires, 1999.

jueves, 9 de febrero de 2017

LA ESPERANZADA

















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La esperanzada
(Zamba)
Música: Gerardo López – Letra: Carlos Barbarán

Miran mis ojos tus ojos
y ahogan un llanto al verte partir,
y me quedo muy solo pensando:
"jamás he sabido
lo que es ser feliz".

Hombre del surco gredoso,
labriego vallisto teñido de sol,
poeta me vuelvo en la noche
y en vez de la siembra
me acuerdo de vos.

Al viento le doy mi voz
al cielo una oración;
el viento besó tu rostro
y en cada estrella está mi adiós.

Aunque el camino te aleje
y el río se trague tu voz de mujer;
cintura habrá en mi guitarra
y luna en el cielo
que te hagan volver.

El cerro esconde en sus ecos,
los besos que ahora 
promete mi amor;
para el día en que una cruz de palo
te cuente el silencio de mi corazón.

"La esperanzada" (zamba cuya composición musical pertenece a Gerardo López, correspondiendo la autoría poética a Carlos Barbarán) fue el debut discográfico, la primera canción, que Los Fronterizos, el 16 de junio de 1954, grabaron para la discográfica TK, en un disco (registro S-5290) de pasta de 78 rpm, que traía en el lado A el citado tema, y "La flor del cardón" en la otra cara. 

La elección no fue casual: interpretando "La esperanzada", ese conjunto (formado a instancias de la profesora María Angélica Fernández de Córdoba de Díaz, tía de Barbarán) había ganado el concurso folclórico organizado en noviembre del año anterior por el Colegio Nacional de Salta en el teatro Alberdi de dicha ciudad, adjudicándose así el primer premio, consistente en un contrato para convertirse en artistas de radio LV9. Y luego de una gira, a mediados de 1954, llegaron al disco precedentemente mencionado.
En este enlace pueden usted, querido lector, escuchar aquella primera grabación:
Hubieron de transcurrir ocho años para que el conjunto registrara nuevamente esa zamba, el 26 de julio de 1962, para el mismo sello TK, pero esta vez; para un disco doble de 45 rpm (EP 54322), con "La esperanzada" y "El Paraná en una zamba" en el lado A; y "Campo Quijano" y "La Solís Pizarro" en el B. 
Ya no estaba Carlitos Barbarán, que por cuestiones de salud y deseos de proseguir sus estudios, en 1956 había dejado su lugar a César Isella. 
A través de este enlace puede acceder a esa versión y percibir las diferencias (notables) con aquel primer registro de 1954: 
El arreglo musical es básicamente el mismo, pero ahora la segunda guitarra y la rítmica (Isella y López respectivamente), están más "al frente", así como el contraste de voces entre ambos barítonos que hacen la primera y segunda (López e Isella); y los agudos y coros de Madeo y los graves de Moreno, es (técnica de grabación mediante y para mayor disfrute del oyente) mucho más pronunciado. También el bombo de Madeo está más "adelante" en los inicios, finales y bises de estrofas. Y una rareza que, cosa extraña, pasó por alto el técnico de grabación de TK en esa oportunidad: en el punteo introductorio, tanto en el de la primera parte de la zamba como en el de la segunda; al Chango Moreno se le "queda ausente" una nota, la cual no alcanza a oírse, seguramente debido a un desfase entre la digitación de su mano izquierda en el diapasón, y la derecha al pulsar la cuerda.
Notoriamente -y más allá de lo apuntado-, la TK se había superado a sí misma; porque la grabación es, para su época -recordar que hablamos de 1962- un regalo para los oídos.
La escucho y me sigue conmoviendo igual que como me arrobaba en mi infancia, cuando mi vieja la ponía en un viejo Winco que mi adre había comprado de segunda mano, para escucharla mientras lavaba la ropa en el patio de la casa chorizo que habitábamos en Rosario.
Que la disfrute tanto como yo. 

-Juan Carlos Serqueiros-