domingo, 15 de julio de 2018

CABARETS DE MONTMARTRE: ABUELOS DE LOS BARES TEMÁTICOS. SEGUNDA PARTE



Viene de PRIMERA PARTE


Escribe: Juan Carlos Serqueiros

A Eduardo Posse Cuezzo mi agradecimiento por sus traducciones del francés al castellano.

N'ayez cure d'escapades, / Vous qui commencez à déchoir, / Car guéris sortent les maladies / Du gai cabaret du Chat Noir. (“Cuando empieces a decaer / No busques sanar escapando / Porque las enfermedades se curan / En el alegre cabaret del Gato Negro”).
-Rodolphe Salis-
La noche es joven aún, mi querido lector, de modo que ¡a vivirla! En nuestro imaginario (y divertido; no me diga que no la está pasando bien) periplo, salimos de Le Néant, seguimos pateando boulevard de Clichy y exactamente en el número 68, nos encontramos ante el mítico Cabaret du Chat Noir.
Es esta su tercera (y sería la última) ubicación, tras de ser fundado, el 18 de noviembre de 1881, por Rodolphe Salis, en el 84 del boulevard de Rochechouart y de ser trasladado, en 1885, al 12 de la rue de Laval (o más apropiadamente, rue de Victor Massé, como se llamaba desde ese mismo año). ­
El francés Rodolphe Salis era un provinciano nacido en Châtellerault y radicado en París desde 1872. Vivía en el Quartier Latin y se ganaba la vida pintando viacrucis e imágenes religiosas, las cuales conseguía vender al exorbitante precio de 14 francos cada una (para eso le sobraban audacia y labia; porque no en vano lo apodaban “el Charlatán” y era un habilísimo, extraordinario vendedor). Intelectual y culturalmente inquieto, frecuentaba los círculos de artistas, poetas y escritores. Anteponía Louis a su nombre de pila, en testimonio de su admiración (¿obsesión?) por las figuras históricas de los reyes Louis XI y Louis XIII, y de allí que en numerosas crónicas se lo mencione, erróneamente, como Louis Rodolphe. El pelirrojo Salis era un desfachatado, impertinente, provocador, insolente, megalómano, mistificador, con frecuencia desubicado y en no pocas oportunidades agresivo. O sea, propiamente un hampón. Y también un busca, sí; pero un busca con cierto carisma, que podía ser muy simpático y hasta cautivador cuando se lo proponía, y que papeaba más que bien, por cierto. Y entretanto, soñaba… sueños que no eran de provincia: aspiraba a jugar en las ligas mayores.

Y lo conseguiría, cómo no. El Chat Noir surgió como bastión de la contracultura, integrando a los hasta entonces despreciados artistas malditos: poetas, escritores y pintores a los que se había condenado mediante una regla no escrita pero de cumplimiento dolorosamente real y efectivo, a malvivir en las orillas (hacía sólo un par de décadas que Montmartre había dejado de ser un municipio independiente para convertirse en el arrabal de la capital francesa) sumidos en una miseria asfixiante, entre el hambre, la molicie, el libertinaje, la sífilis, la tisis y los enloquecedores vahos engañosos del ajenjo; para marginarlos del aristocrático, prejuicioso y engreído clasicismo erigido en amo y señor del centro de la ciudad luz.
Habiéndose mudado a Montmartre a vivir en un edificio situado en el 84 del boulevard de Rochechouart, Salis vio la luz: alquiló, por 1.400 francos mensuales (que ya se las ingeniaría después para abonar tarde o nunca, tal cual el don Ramón de la serie El Chavo), un diminuto local de dos habitaciones que había sido antes una estafeta de correos, en el cual a gatas cabrían, abigarradas, treinta personas como mucho. Estaba naciendo el legendario Chat Noir, reducto a partir del cual se produjo el milagro de la integración entre el arte popular y el arte académico.


En cuanto a la motivación para haberle elegido tal nombre, es algo que aún sigue debatiéndose.
La versión más difundida y aceptada es que se originó en un abandonado y famélico gato negro que Salis encontró al entrar por primera vez en el local, y al que adoptó como su mascota. Eso es lo que afirmaba en sus actuaciones la cantante Yvette Guilbert. Salis siempre negó la veracidad de tal anécdota y había hecho correr la voz de que lo escogió en recuerdo y homenaje a la traducción al francés que del cuento El gato negro, de Edgar Allan Poe, hizo Charles Baudelaire. Pero había también, mi querido lector, un factor cuya consideración no puede soslayarse: gato negro se le decía, en la jerga usual en los lupanares y bajos fondos franceses, al órgano sexual femenino, a la concha, digamos (tener en cuenta que eran épocas en las cuales la depilación de pubis y vagina no era precisamente habitual). Más aún: cuenta Adolphe-Leon Willette que el periódico (al cual me referiré más adelante) del cabaret Chat Noir tenía en un tiempo una tirada de sólo 1.100 ejemplares, que al agotarse rápidamente, tornaba imposible adquirirlo; y que era frecuente el mal entendido que se producía cuando la pregunta dirigida a una vendedora de periódicos: “Madame, ¿avez-vous Le Chat Noir?” (“Señora, ¿tiene usted El Gato Negro?”), era interpretada por la buena mujer como: “Señora, ¿usted tiene la concha negra?”; que la indignada dama respondía con un sonoro bofetón. Pobre, pero honesta, che
En lo personal, me hallo inclinado a inferir que el nombre se adoptó por la conjunción de todo eso. No es dable suponer que tan luego una de las más notabilísimas estrellas del Chat Noir como lo fue la mundialmente famosa Yvette Guilbert, mintiera sobre su origen, y consecuentemente; debe reputarse como cierto lo que contó acerca del viejo, hambriento y desamparado felino que había encontrado Salis en el local (cosa que éste habrá negado, seguramente, por considerarlo un motivo excesivamente… prosaico, digamos). Y asimismo, tuvo que haber existido la intención, tanto de aprovechar la celebridad del cuento de Poe (mire usted si se la iba a perder ese tunante de Salis) y a la vez de homenajear a Baudelaire (autor, dicho sea de paso, en su Les Fleurs du Mal, de los versos de “Le Chat”, implícitamente alusivos a los genitales femeninos); como la de referirse elípticamente, tal como lo dio a entender Willette, a aquella otra significación más… procaz. Y prostibularia.


Perspicaz y habilísimo comercialmente, el astuto Salis invitó a la comunidad literaria que conformaba el club Les Hydropathes, presidido por su amigo, el escritor y periodista Émile Goudeau, a reunirse en su cabaret; y “resolvió” lo exiguo del espacio de su local, recurriendo al ardid de convertir esa notoria desventaja competitiva; en una característica… “selecta”, digamos: en otra de sus ocurrentes patrañas, dispuso que la salita del fondo (a la que se accedía subiendo tres escalones y que no era más que una sombría trastienda) estuviera reservada para los “artistas exclusivos del establecimiento”. Y desde luego, más temprano que tarde, tout Paris pugnaba por acceder a ese “templo”, pues no escapará a su elevado criterio, apreciado lector, que nada hay tan atractivo como lo que está vedado.


Un par de meses después, Salis y Goudeau lanzaron el hebdomadario Le Chat Noir (Organe de intérèts de Montmartre), que se redactaba en el cabaret, se imprimía muy cerca de allí: en el 7 de la rue Bleue y cuyo primer número vio la calle el 14 de enero de 1882. En él, se publicaban poemas e ilustraciones de aquellos “artistas exclusivos del establecimiento” (esa hueste marginal, sufrida, famélica, divagante y a menudo genial, constituida por los “malditos” que mencioné precedentemente), como así también letras y partituras de canciones populares, artículos sobre el quehacer del barrio, etc. Y, por supuesto, se anunciaban y promocionaban, además; los números artísticos y demás atracciones que ofrecía el cabaret.



Aquel primer Chat Noir era un tugurio de baja estofa que tenía, además de la limitación dada por la pequeñez del local; la contra de la pésima calidad de las bebidas que en él se servían (lo cual no era impedimento para que el desvergonzado y locuaz Salis vociferara instando a los parroquianos a disfrutar de ese “verdadero elixir” que era la absenta “preferida por Victor Hugo y Garibaldi” y de los “selectos vinos de la casa”, los cuales, según él, “ya envidiaría la mesa de un príncipe”).
Como vemos, el hombre era un consumado caradura, invariable y peligrosamente fronterizo con la ilegalidad; pero orillándola siempre y cuidando de no caer abiertamente en ella. Si el café, la cerveza, el ajenjo y el vino que vendía eran malísimos, los mozos, en cambio; iban orgullosa e impecablemente ataviados con el uniforme verde de la Académie française oficializada por el mismísimo cardenal Richelieu en tiempos del reinado de Louis XIII. Si la húmeda trastienda era poco más que un cuartucho para los trastos, una baulera; el descarado Salis la jerarquizaba refiriéndose a ella como “el Instituto”, de modo de asimilarla -voluntariosa, forzada y mentirosamente- al Institut de France que agrupaba y regía las Cinco Academias. Si el local que albergaba al Chat Noir era ínfimo en sus mezquinos veinte metros cuadrados; ese “detalle” no le impedía al cachafaz de Salis apostar a la entrada un portero pretenciosamente vestido como guardia suizo y dotado de la potestad de impedir el ingreso de los “infames militares y sacerdotes” e invitar, en cambio; a entrar a poetas, escritores y pintores. Juzgue usted, amigo lector, si no es tragicómico: ¡justamente Salis, que era él mismo un matón y un artista menos que mediocre, y que venía de vender imágenes religiosas; arrogándose la facultad de rechazar o de admitir!  En fin…
Y si es perfectamente cierto que movía a risa la afirmación de Salis en el sentido de que aquel antro suyo reflejaba “la elegancia del estilo Louis XIII” en aquella mélange de gusto más que dudoso y discutible en sus fachada e interior; no era menos cierto que tanto el muy distintivo cartel de estaño, con su plateada luna y su gato negro de fulgurantes ojos (obra de Willette) luciendo en el exterior, como adentro, sus paredes pletóricas de ilustraciones, cuadros y vitrales, también de Willette, deliciosamente exquisitos y un obsequio de indescriptible belleza para regodear la vista y conmover el alma.




Un párrafo aparte merece, sin dudas, esta magistral obra de arte de Willette que destacaba en una pared del Chat Noir: su cuadro titulado “Parce Domine, parce populo tuo” (“Salva Señor, salva tu pueblo”), en el cual se representa a Pierrot encarnando a la juventud parisina, enarbolando la pistola con la cual se suicida y empujado hacia el Sena por una caravana de vicios y pecados, mientras detrás aparecen los molinos de Montmartre y desde el cielo una calavera observa la escena.


Salis la pegó con el Chat Noir, que fue en sus dos versiones: cabaret y periódico, un resonante y exitoso suceso artístico, el cual, desde luego, le trajo aparejada la obtención de un considerable rédito económico.
Un conocido tango de Mario Battistella dice: “¡Pobre rico! / quién te ha visto, / ¡ja, ja, ja! / no sos rico, / pelechaste y nada más”. Si Salis era un megalómano aún a pesar de su condición de seco; su egolatría adquirió proporciones gigantescas en cuanto empezó a pelechar. Hijo de un comerciante en vinos y licores de Châtellerault y nieto de un pastelero llegado a Angoulême desde Suiza en tiempos de la Revolución Francesa, había leído en unos libros la historia de una familia de la nobleza que llevaba el apellido von Salis, y como coincidía con el suyo propio -salvo (detalle no menor) por ese von-; recurrió a la mistificación de atribuirse el descender de esta última. ¡Y le creyeron!
Incluso había hecho pintar, por su amigo y colaborador Antonio de la Gándara, dos hermosos óleos, en uno de los cuales se lo representaba a él caracterizado como gonfalonier (protector de la Iglesia), tal si se tratase de un antepasado suyo (irreal y existente sólo en su delirante berretín de pertenencia a la nobleza); y en el otro, a su esposa vestida como una aristocrática dama del siglo XVII.


A partir del cuantioso y constante ingreso de dinero, ya no le fue posible disimular, con chantadas como esa de “reservada para los artistas exclusivos del establecimiento”, la realidad incontrastable de verse obligado a rechazar clientes por falta de lugar (y aún eso, obviando la consideración de otra dificultad derivada de la exigüidad espacial, la cual, como la anterior; también se traducía en merma del ingreso por consumo de bebidas y comidas: las cocottes y lorettes se veían forzosamente impedidas de utilizar el cabaret como centro de citas y encuentros con sus amantes, porque ¿dónde iban a sentarse a cenar y tomar champagne tanto ellas como sus… festejantes, toda vez que a duras penas cabían allí treinta personas?). 
Encima, esto último no inhibía la concurrencia de maqueraus que tomaban al Chat Noir como escenario para sus disputas, las cuales solían dejar algún muerto como trágico saldo (incluso, un mozo del cabaret murió accidentalmente en una de esas reyertas, y aquel miserable tacaño que era Salis, se negó a ayudar a la viuda del pobre hombre, a la cual dejó librada a su suerte). Y para colmo, eran frecuentes las trifulcas que armaban los parroquianos enzarzados, por opiniones artísticas, sociales o políticas, en acaloradas discusiones que invariablemente terminaban a los capazos cuando no a las trompadas y a los botellazos. Se tornaba imperiosa la necesidad de categorizar al Chat Noir (y de paso; volverlo aún más rentable de lo que ya era).
Por todo ello, Salis se decidió a trasladarlo a una suntuosa mansión de tres plantas ubicada en el 12 de la rue de Victor Massé. La mudanza fue una apoteosis, con todo Montmartre volcado a las calles para contemplar, el 10 de junio de 1885, el paso de la comitiva del cabaret encabezada por Salis y su esposa, Gabrielle, ataviados a la usanza del siglo XVII, y detrás; una fanfarria y un variopinto séquito transportando en triunfo el gran cuadro de Willette antes descripto. La francachela de inauguración (privada, circunscripta a los de la casa) duró hasta bien entrada la mañana siguiente.
Aquella segunda sede del Chat Noir fue de ostentosa belleza y refinadísimo gusto. En el centro de su fachada, a la altura del segundo piso, lucía un enorme gato provisto de un halo y rayos dorados, obra de Alexandre Charpentier; el frente y el portal (donde se apostaba el infaltable garde suisse) estaban iluminados con dos primorosas farolas diseñadas y fabricadas por Eugène Grasset, y por supuesto; de un anclaje de hierro forjado pendía, orgullosamente convocante, el cartel hecho por Willette, con su gato negro y su luna plateada. El interior estaba exquisitamente decorado con obras de Henri Rivière, Caran d’Ache (Emmanuel Poiré), Adolphe Willette, Henry Somm (François Sommier), Jules Chéret, Alexandre Steinlen y otros artistas.


En la planta baja, llamada salle des Gardes, estaba el restaurante y bar, donde los clientes podían cenar y/o beber (y donde las cortesanas y demi-mondaines o "mujeres galantes" y “de vida alegre” podían -ahora sí, porque había espacio- citarse con sus clientes y amantes).


En el primer piso tenían su lugar la declamación de poesía, la música y el baile. Y en el segundo piso estaba la salle de fêtes, que cobijaba a una de las mayores atracciones del Chat Noir, cual lo fue su mundialmente famoso théâtre d'ombres.
El teatro de sombras (antecedente y precursor del cine), consiste en iluminar siluetas por detrás de las mismas, proyectando sus sombras sobre una pantalla. Integrar esa atracción a las demás que ofrecía el cabaret, fue idea de Henri Rivière, quien la propuso a Salis, y éste, con su proverbial olfato para los negocios, la aceptó inmediatamente. Y entusiasmado; se sumó a la iniciativa Henry Somm. Entre 1886 y 1887, Caran d’Anche escribió el guión de L’epopée, referido a las campañas napoleónicas, y se le ocurrió reemplazar por siluetas recortadas en zinc, las de cartón que venían usándose hasta entonces. 
El espectáculo fue un boom que convocaría cada vez más público.





A su vez, la revista Le Chat Noir no sólo gozaba de buena salud, sino que además; su tirada iba en constante aumento. 
Llegó a ser de 20.000 ejemplares (e incluso hay historiadores que la estiman en 30.000). En 1886, Salis otorgó la dirección del semanario a un viejo compinche suyo, que era una de las cabezas visibles del movimiento Les Arts incohérents: el periodista, escritor y humorista Alphonse Allais.
Y aquí debo pedir  a usted, amigo lector, que me disculpe por tener que incurrir en una digresión: Rodolphe Salis tenía un hermano menor, Gabriel, que vivía en Châtellerault y al que las cosas no le iban precisamente bien. Ante eso, en 1889 Rodolphe ofreció a Gabriel que se trasladase a París para ayudarlo en el Chat Noir, lo cual este último aceptó.
Pero entre esos dos, como solía decir mi abuelo, no había un manco pa' acollarar un arisco, de manera que más temprano que tarde surgieron las diferencias y se pelearon (se dijo, sin mayores fundamentos ni precisiones, que por cuestiones de faldas), y a Gabriel no se le ocurrió mejor idea que abrir, en el mismo Montmartre, en el 28 de avenue Trudaine, un cabaret para competir con el Chat Noir. Y para colmo, del mismo estilo, es decir, artístico-literario, copiando la idea de Rodolphe. 
Y encima, con otra lindeza: eligió para su establecimiento el nombre de L'Ane Rouge (El Asno Rojo), que era un apodo que Willette le había puesto a Rodolphe por la tozudez y el color de cabello de éste. Lo que se dice, un verdadero Caín el Gabriel este, mire vea... (aunque convengamos también en que Rodolphe no era precisamente un Abel, ¿no?).
Muchos de los artistas del Chat Noir que habían sido amigos de Rodolphe y que se hallaban disgustados con él por distintos motivos, intervinieron en el diseño y decoración de L'Ane Rouge.


Charpentier, Allais, Steinlen, Willette, Grün y Verlaine, entre otros, colaboraron con Gabriel Salis en el montaje de su cabaret (el cual, dicho sea de paso, resultó un éxito más que regular). 
Las ganancias que obtuvo, acrecentadas con la diferencia que hizo al transferir ventajosamente L'Ane Rouge al cantante Andhré Joyeux (André Lesage, en el documento de identidad), le posibilitaron regresar a Châtellerault en 1898 con la bolsa llena.
Por su parte, Joyeux encargó a Jules-Alexandre Grün el afiche con el cual publicitaría el cabaret que había adquirido recientemente:


El significado es obvio: una festiva y sugerente joven semidesnuda abraza al asno rojo, mientras un agente hace como que no ve, y detrás; Gabriel Salis, montado en otro burro, que lleva al cuello la campana con la que éste solía actuar, se aleja con sus bolsas llenas de dinero.
Al nuevo propietario las cosas no le irían bien, y tendría un trágico destino, suicidándose al año siguiente. Una artista de café concert, Marinette Renard, se hizo cargo de L'Ane Rouge; pero no tuvo mejor suerte en el negocio que su antecesor, y hubo de cerrarlo c. 1901-1902. Trascartón, lo adquirió el chansonnier Leon de Bercy, quien logró mantenerlo en actividad hasta 1905, en que fue cerrado definitivamente.
Perdón por el paréntesis, retomo la ilación: Era tal el éxito del Chat Noir y tan excelsa la calidad del espectáculo que ofrecía, que pronto el mismo comenzó a ser insistentemente reclamado en las provincias. Así, a partir de 1890, su troupe empezó a realizar giras artísticas por toda Francia, modalidad esa que a partir de 1892 se tornó frecuente y habitual. A Salis le iba bien, el dinero le entraba a espuertas y su ego estaba por las nubes.
¿Se acuerda, apreciado lector, que habíamos visto cómo verdugueaban a sus clientes Alexander en Le Ciel y L’Enfer, y Dorville en Le Néant? Bueno, el inventor de eso, quien primero empezó a hacerlo; fue Salis. Pero lo que en Alexander y Dorville estaba restringido a hacer que el público tomara parte en el espectáculo y a lo estrictamente humorístico sin caer jamás en lo agraviante y en el mal gusto; en Salis obedecía a su índole provocadora, que lo conducía frecuentemente a incurrir en el descaro, la desubicación y la insolencia. 
Si algunos clientes subían a la sala de espectáculos más temprano de lo que él consideraba apropiado, los echaba a la planta baja diciéndoles que se dedicaran a comer o beber, pues su presencia allí era “indeseada, inoportuna, desagradable y molesta”. Si en cambio, llegaban cuando ya había empezado el show; se los reprochaba a voz en cuello y con malas maneras los hacía ubicarse en los asientos más apartados. Si un cliente pasaba por delante suyo mientras él hacía su monólogo, lo saludaba a los gritos con un: “¡Felicidades! ¡Al fin saliste de la cárcel!”, y si algún infortunado había concurrido con quien evidentemente era su novia o su esposa, lo recibía con un sonoro: “Veo que vienes con otra mujer, ¿qué hiciste con la puta ordinaria que te acompañaba anoche?”. Una vez, Eduardo de Sajonia-Coburgo-Gotha, príncipe de Gales y futuro rey Eduardo VII del Reino Unido, asistió al Chat Noir, y Salis le dio la bienvenida con un estentóreo: “¡Pero mira quién nos visita: si es el príncipe de Gales meado en los pantalones!”. Aquel inglés putañero encajó la cruel chanza con británica flema, y con estudiada indiferencia se dirigió a su mesa, impertérrito y como si nada hubiera oído. Allí sí, lo de Salis fue… ¡gloria de titanes! Y hasta llegaría, el gran fanfarrón, a afirmar muy suelto de cuerpo: “Dios creó el universo, Napoleón la Legión de Honor; pero a Montmartre… ¡lo he creado yo!”. 
Paralelamente al éxito económico obtenido, su megalomanía se exacerbaba.
Escribió y publicó dos libros: Contes du Chat Noir. L’Hiver (“Cuentos del Chat Noir. El invierno”), editado en 1888; y Contes du Chat Noir. Le Printemps (“Cuentos del Chat Noir. La primavera”), editado en 1891. En la portada del primero, Salis se presenta como “Seigneur de Chanoirville en Vexin” (“Señor de Chanoirville en Vexin”), y en la del segundo, también como tal, pero además; se auto titula “Gouverneur du Châteaux de Naintré en Poitou” (“Gobernador del castillo de Naintré en Poitou”), en los cuales presumía del abolengo de los Salis (delirios de mitómano, como hemos visto). El tercero y el cuarto de los volúmenes de Contes du Chat Noir (L’Été y L’Automne), pese a que figuraban anunciados como “En préparation” tanto en el primero como en el segundo; no llegaron a publicarse. Y en 1892, adquirió en Naintré, La Tour, un château que hacía pasar por la “mansión solariega de mi familia”.
En 1896, Salis proyectó otra tournée, que esta vez, pretendía fuese mundial. Y para publicitar la misma, Alexandre-Théophile Steinlen creó el universalmente conocido afiche, una litografía color que hoy en día sigue reproduciéndose como un ícono en los más variados artículos: bolsos, remeras, billeteras, etc.:


Y ese mismo año, resolvió mudar el cabaret a la que sería su tercera y última ubicación: el 68 del boulevard de Clichy. 

Entra en lo posible que Salis hubiera concebido planes extremadamente ambiciosos, o que lo guiara un desmedido afán por obtener ganancias aún más abultadas que las que venía consiguiendo hasta allí, o que estuviese atravesando problemas financieros (se dijeron muchas cosas: que desesperado, la emprendió a los hachazos contra el mobiliario, que había vendido los derechos de explotación a un magnate del jabón…), no se sabe con certeza; pero lo real y concreto es que contrariando su costumbre de realizar las giras durante los meses de verano; decidió emprender una por el interior de Francia en enero de 1897, en el marco de un invierno crudelísimo.
Esa tournée fue especialmente dificultosa y extenuante, y de resultas del esfuerzo extraordinario que tuvo que hacer; enfermó gravemente y falleció el 20 de marzo en su château de Naintré, a los 46 años de edad. 
Ocho días después, esto es, el 28, Adolphe-Leon Willette en Le Courrier françaiscelebró alborozado la muerte de Salis, con una ilustración feroz a la que agregó un epígrafe que rezaba. "J’ai bu trois bouteilles de vieux bourgogne" ("Bebí tres botellas de viejo borgoña"). Y... digamos que era de rencores perdurables el hombre...
Gabrielle, la esposa de Salis, pese al dolor y a la pena que la embargaban, consiguió que la gira concluyese exitosamente e incluso procuró continuar al frente del Chat Noir después de la muerte de su marido. Pero en aquella época, no era esa tarea para una mujer, máxime, considerando el sector de actividad y el rubro; de manera que al poco tiempo, el cabaret hubo de cerrar sus puertas.
Años después, Jehan Chagot obtuvo la autorización para el uso del nombre del establecimiento, que a partir de eso, volvió a funcionar en aquel mismo sitio.




Pero si bien el menú que ofrecía era excelente, la calidad de las bebidas óptima y el espectáculo sumamente atractivo; faltaba la magia que sólo podía darle aquel genial bocazas que había sido Salis. Es que al fin y al cabo, y por más vueltas que se le den a la cosa; como cantó la tucumana Marta Mendicute: “La magia ya se ha perdido, / quién la pudiera encender…”.
No obstante, el legendario cabaret permaneció en actividad hasta 1933. En el edificio que lo albergaba hay actualmente un hotel boutique que lleva su mismo nombre. Vana pretensión de mantener, en el Montmartre de hoy, aquella “arena que la vida se llevó”, porque sabido y comprobado es que sólo quedan la “pesadumbre de barrios que han cambiado / y amargura del sueño que murió.” (Homero Manzi dixit).
El Chat Noir fue un centro de la bohemia creativa como jamás existió otro. Allí la templada voz de Aristide Bruant desgranaba sus canciones libertarias, en sus mesas una solitaria Suzanne Valadon miraba en el verde espejo de su absenta el rostro del afortunado hombre que elegiría para llevarlo a su cama esa-noche-y-sólo-esa-noche, allí la tisis implacable le daría a Fernand Crésy una breve tregua para permitirle escribir su último poema, allí un Erik Satie transido por un amor trunco extrajo del piano la melodía más bellamente triste que imaginarse pueda, hasta allí llegó una andrógina Sarah Bernhardt vestida de hombre para fundirse en sáfico beso con su Louise Abbéma, allí Guy de Maupassant arrastró su sífilis hasta la mesa más apartada de todas para poner a salvo su irreductible misantropía, allí la hermosa fealdad (séame permitido el oxímoron) de Yvette Guilbert enfundada en su vestido verde y sus largos guantes negros impartió la bendición de su gorjeo más perfectamente afinado, allí el genial puto Paul Verlaine ahogó en vino su pena por el recuerdo imperecedero de su amado y malogrado Arthur Rimbaud, allí Marie Krysinska demostró que podía ser tan exquisita tocando el piano como lo era escribiendo sus poesías, hasta allí llevó su diminuta figura Henri de Toulouse-Lautrec para hundirse en los vahos del ajenjo, allí una ya hacía tiempo retirada Emma Thérésa Valladon consintió en interpretar su última canción, allí Claude Debussy ejecutó en el piano La Démoiselle élue, allí dos fláccidas putas viejas a punto del jubileo hallaron en el lésbico amor que se profesaban el que les habían negado los hombres…
Pero que no nos gane el esplín ni tienda la melancolía su pesado manto sobre nosotros, amigo lector; antes bien, tomémonos un reparador descanso hasta que la luna vuelva a rodar por boulevard de Clichy y su luz nos guíe hasta los cabarets que todavía nos quedan por recorrer. Hasta entonces, pues.

-Juan Carlos Serqueiros-

Continuará
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

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Afiche L'Ane Rouge, litografía color de Jules-Alexandre Grün (1898), Musée Carnavalet, Paris.
Afiche Tournée du Chat Noir, litografía color de Alexandre-Théophile Steinlen (1896), Musée de Montmartre, Paris.
Afiche Vachalcade 1897, litografía color de Jules-Alexandre Grün (1897), Musée Carnavalet, Paris.
Agostina, óleo sobre tela (1866) de Jean-Baptiste Camille Corot, National Gallery of Art, Washington.
Bacchante avec tambourin ou Le repos, óleo sobre tela (1860) de Jean-Baptiste Camille Corot, Corcoran Gallery, Washington.
Cabaret des Quat’z’Arts, ilustración (1899) de Edward Cucuel para el libro Bohemian Paris of To-Day, de William C. Morrow.
Cartel del Chat Noir, obra en chapa de estaño de Adolphe Willette, Musée Carnavalet, Paris.
Fotografías de Agostina Segatori, créditos: Cristina Contilli.
Fotografías de época (de Eùgene Atget algunas; anónimas las demás), tarjetas postales y souvenirs de los cabarets.
Carta del 23-25.07.1887 de Vincent a Theo, Van Gogh Museum, Amsterdam.
In het café: Agostina Segatori in Le tambourin, óleo sobre tela (1887-1888) de Vincent van Gogh, Van Gogh Museum, Amsterdam.
L’Italienne, óleo sobre tela (1887) de Vincent van Gogh, Musée d’Orsay, Paris.
La Vierge au Chat, estudio preparatorio para vitral de Adolphe-Leon Willette (1881), Musée d’Orsay, Paris.
La Vierge Verte, vitral de Adolphe-Leon Willette (1884), Museo de Arte Zimmerli de la Universidad Rutgers, Nueva Jersey.
Le Cabaret du Chat Noir, óleo sobre tela de M. Baldas (sin datar), Museo de Montmartre, París.
Lecture interrompue, óleo sobre tela (1870) de Jean-Baptiste Camille Corot.
Le Mur at the Cabaret des Quat'z'Arts 1894-1905, Zimmerli Art Museum at Rutgers University.
Melanotipo de Vincent van Gogh y amigos en París (1887), crédito: Serge Plantureux.
Parce Domine parce populo tuo, óleo sobre tela de Adolphe-Leon Willette (1882), Musée de Montmartre, Paris.
Portadas del semanario Le Chat Noir, Bibliothèque nationale de France.
Portadas del semanario Les Quat’z’Arts, Bibliothèque nationale de France.
Portrait de Gabrielle Salis, Antonio de la Gándara, óleo sobre tela (1884), colección privada.
Portrait de Rodolphe Salis, Antonio de la Gándara, óleo sobre tela (1884), colección privada.
Tarjeta comercial de Theo van Gogh (c. 1884-1890), Van Gogh Museum, Amsterdam.

CABARETS DE MONTMARTRE: ABUELOS DE LOS BARES TEMÁTICOS. PRIMERA PARTE







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

A Gabriela, mi esposa, con amor. Y gracias por las traducciones del inglés al criollo.

… que en el barrio posta del viejo Montmartre… (Enrique Cadícamo)

Para hallar a los antecesores de lo que hoy conocemos como bares temáticos -como ese que instaló en Etcheverry la Chanchita Rivera y que es mencionado por el Indio Solari en la canción "Tomasito podés oírme? Tomasito podés verme?"-, deberemos buscarlos en aquella Francia de la Belle Époque, y más precisamente, en el parisino barrio rojo de Pigalle, el bastión de la cultura de vanguardia y la bohemia por esos tiempos. Y allí los encontraremos, al pie de la Butte, sobre el boulevard de Clichy. Veamos, si no:
En los números 53 y 55 se alzaban dos cabarets contiguos, separados tan sólo por una pared: Le Ciel y L'Enfer, respectivamente, los cuales abrieron sus puertas ("celestial" una; "demoníaca" la otra) en 1895 o 96 (según algunos; otros afirman que en 1892). Abrían todos los días a las 20,30 hs. y cerraban a las 2 de la madrugada.


En el primero de ellos, Le Ciel, después de trasponer la entrada -pintada de blanco y azul celeste para figurar el cielo-; los clientes ingresaban a una atmósfera que emulaba al Paraíso tal como lo supone el imaginario popular, con nubes, arpas y ángeles.
No había mesas individuales, sino que todos se sentaban ante una sola, larguísima, que se extendía de un extremo a otro de la sala principal y que estaba cubierta por un mantel de inmaculada blancura. Con música sacra de fondo, el maestro de ceremonias que les daba la bienvenida, aparecía caracterizado como San Pedro, portando una enorme llave; y los mozos atendían a la concurrencia disfrazados de querubines, con alas, pelucas rubias y túnicas blancas. San Pedro soltaba una parrafada instando a los clientes al goce del banquete edénico, y mientras éstos comían y bebían, un Reverendo comenzaba a sermonearlos, cuando en eso, irrumpía en escena otro personaje: Onésime, quien tocaba una campana de madera y exhibía al Becerro de Oro que se transformaba en el dios Porcus ante el cual debían postrarse todos para adorarlo. Luego de escuchar a un coro de serafines interpretando salmos (que no eran precisamente muy católicos que digamos), y de asistir a la desvergonzada “confesión” al Reverendo por parte de una damisela (que por cierto, no se mostraba arrepentida en absoluto); eran invitados a pasar a otra sala, en la cual disfrutaban de una coreografía a cargo de vedettes que estaban "vestidas" con mallas ceñidísimas al cuerpo, provocando en el público la sensación de estar viéndolas desnudas. Y mediante un ingenioso efecto de luces y sombras, se creaba en público la impresión de que aquellas angelicales figuras… ¡volaban!
El espectáculo finalizaba al momento de aparecer un personaje encarnando el rol del dios Cronos y esgrimiendo una guadaña, que entre genuflexiones y con una grave voz cavernosa, agradecía a los clientes su visita al cabaret y los despedía augurándoles una larga vida.







Al cabaret L’Enfer, los clientes ingresaban por la boca de un Leviatán representado en el frente del local, que estaba pintado de negro y rojo. La recepción corría a cargo de un personaje llamado, sugestivamente, Mephisto. Este maestro de ceremonias les daba la “bienvenida” a las visitas con un desconcertante: “¡Ah, veo que siguen llegando almas que arderán en el infierno! ¡Pasad, condenados, pasad!”. 
Los conducía hasta las mesas a través de la sala principal, decorada con figuras espantables en relieve, pasando por ante un enorme caldero en el cual se “cocinaba en el averno” alguno de los seis músicos que ejecutaban melodías de la ópera Fausto, de Gounod. Una vez instalados ante sus mesas -todas pintadas de rojo-, los clientes eran atendidos por mozos disfrazados de diablos, que no evidenciaban la menor amabilidad ni mucho menos signos de cortesía, y que sin permitirse esbozar sonrisa alguna siquiera; tomaban los pedidos de bebidas y trascartón, a los gritos, los ordenaban al bar: “¡Marche un vaso de pecado rebosante de azufre!”. Seguidamente, los mozos llevaban a las mesas los tragos, cafés o lo que fuera que se les haya solicitado, y sin prolegómenos de ninguna clase, le presentaban la cuenta al parroquiano y en tono conminatorio le exigían la inmediata cancelación de la misma. Mientras tanto, Mephisto andaba de recorrida por entre las mesas y ante cada una de ellas se detenía a verduguear al cliente y a notificarle los castigos y suplicios que le aguardaban. Así, por ejemplo, si se trataba de una pareja, se dirigía primero a la dama: “¡Ah, maldita bruja! ¿A cuántos hombres habrás condenado al tormento por la eternidad con el hechizo de esa boca tentadora que tienes?”. Y volviéndose a su acompañante, le espetaba: “¡Y tú, necio, pagarás la idiotez de haber sucumbido a las zalamerías de esa desvergonzada! ¡Sufrirás las horribles torturas que un tonto se merece!”. Y si se trataba de un hombre solo, se dirigía a él con fingido tono amable: “Agradezco el honor de su visita, señor. Usted quería evitarme, pero yo hubiera echado de menos su estimadísima presencia. Aquí, con todos estos pecadores, estará usted en perfecta compañía y pagará eternamente por sus faltas y crímenes”.
El show terminaba abruptamente cuando Mephisto, so pretexto de ofrecerles un nuevo espectáculo, conducía a los clientes a otra sala, la cual tenía una puerta que daba a la calle, y los empujaba hacia ella con un: “¡Ea, al horno con todos vosotros, miserables pecadores!”. Y así había transcurrido otra noche en L’Enfer.





Al gran público se le había hecho creer que entre esos dos cabarets existía una marcada rivalidad, una feroz y despiadada competencia. En realidad, no había nada de cierto en esa especie que circulaba popular e insistentemente. Se trataba simplemente de un ardid publicitario -un recurso marketinero, diríamos hoy-; porque la verdad era que ambos establecimientos tenían un solo y único propietario: Antonin Alexander, un ex profesor de literatura devenido en empresario del espectáculo (cuidado: no confundirlo con su coetáneo Le Bruyant Alexandre, pseudónimo por el que cual se conocía al cantante y también propietario de cabarets, Alexandre Ernest Célestin Leclerc). Más aún: era el propio Antonin Alexander quien hacía de San Pedro en Le Ciel y de Mephisto en L’Enfer. Y lejos de disputarse la clientela entre los dos locales; lo más frecuente era que muchos de los parroquianos que concurrían a uno de ellos, recalaran después en el otro.
Permanecieron hasta la década de 1950, cuando la piqueta fatal del progreso (Víctor Soliño dixit) los derribó. En su lugar, se yergue, prepotente y orgulloso, un supermercado de la poderosa cadena Monoprix. Ya ve usted, mi querido lector, a dónde nos conduce la llamada economía de escala.
Sobre la vereda opuesta y ligeramente en diagonal a Le Ciel y L’Enfer, más precisamente en el número 34 del boulevard de Clichy, se situaba el Cabaret du Néant (originalmente establecido en 1892, en Bruselas, Bélgica, con el nombre Cabaret de la Mort, y a los pocos meses trasladado a París y rebautizado como Le Néant por su fundador y propietario, el ilusionista francés Antonin Dorville), cuya temática giraba en torno a nuestra vieja amiga la Parca, y que ofrecía a quienes lo visitaran, sus tenebrosas "Veladas macabras". 
Coincidiendo con el significado literal de su nombre, el frente del local no decía nada (o decía mucho, según la lente con la cual se lo mire): pintado de negro, con las ventanas rectangulares convenientemente oscurecidas hasta cegarlas, una puerta de acceso asimismo negra, y en el dintel, un cartel en letras blancas que rezaba simplemente “Cabaret du Néant”. Nada más. Ni había para qué.
Luego de atravesar un estrecho pasillo en tinieblas, los clientes accedían al ámbito llamado, sugestivamente, Salle d’Intoxication, donde el mismísimo Dorville, ataviado con riguroso frac negro, les daba la bienvenida: “Viajeros, habéis entrado al reino de la muerte; que cada uno de vosotros elija su ataúd” (invitación esa la cual, en efecto, se atenía estrictamente a las circunstancias, pues las “mesas” ante las cuales iban a sentarse… ¡eran féretros!). La luz mortecina provenía de las velas de una araña que pendía del techo, la cual estaba construida con los huesos y la calavera de un esqueleto, y de los cirios colocados sobre las mesas-ataúdes; y la lobreguez del ambiente se extremaba con la “decoración” de las paredes: imágenes de decapitados, horcas, guillotinas, osamentas, escenas con campos de batallas sembrados de cadáveres, carteles con frases extraídas del Hamlet de Shakespeare y con el augurio de la casa para los parroquianos: “Repose en paix”, y hasta un enorme cuadro -el cual puede apreciar usted, estimado lector, en una de las imágenes que están más abajo- en el que aparecía un automóvil de época (postrimerías del siglo XIX o a la sumo principios del XX) conducido por un demonio atropellando ex profeso a los transeúntes.
Los mozos estaban vestidos como empleados de una casa de pompas fúnebres y tomaban los pedidos de los clientes preguntando: “¿Con qué veneno desea usted suicidarse, señor (o señora o señorita)?”.
Seguidamente y ya munidos los parroquianos del tósigo que cada uno de ellos hubiera elegido; entraba nuevamente en escena Dorville (que había cubierto su fúnebre atuendo negro con una especie de hábito similar al de un capuchino) y les soltaba un largo espiche relativo a la muerte, y sobre todo; a la muerte en sus formas más espantosas, que todos debían soportarle paciente y estoicamente. Luego, un personaje vestido como clérigo, les daba una vela a cada uno, y los guiaba hasta la Salle de Désintégration, cuya primera escala era la Chambre mortuaire, en la que un sujeto que hacía de banquero y una damisela vestida de blanco interpretaban el pasaje del primero al más allá. Mientras, un órgano desgranaba la lúgubre pero bellísima Marche funèbre de la Sonata para piano n° 2, de Chopin. 
Por último, se aconsejaba a los clientes que hicieran testamento y se los instaba a prepararse a bien morir, tras lo cual se los hacía descender a un tenebroso y helado sótano. Dorville, “amablemente”, los movía a desistir de quejarse por la gélida temperatura: “¿Tenéis frío? Pensad que más intenso será el de la tumba”. 
Estaba por llegarse al punto culminante de la noche en Le Néant: la visita a la Caveau des Trépassés, donde se colocaba a un hombre -audaz voluntario elegido de entre el público- en un ataúd, se lo amortajaba, y mediante un ingenioso sistema de cristales, espejos y luces… ¡se lo convertía en un esqueleto que iba desintegrándose poco a poco hasta quedar sólo la mortaja! Después, más trucos catóptricos, y entonces los clientes se hallaban en la Caveau des Spectres tristes, donde fugazmente se veía a un fantasma jugando con un conejo blanco que, paradojalmente, derrochaba vida. Y de pronto, las luces se hacían intensas, todo resplandecía y los tétricos muros de la cripta se habían tornado blanquísimas paredes. Pero esa luminosa blancura no era del todo inmaculada; una flecha roja, de la que parecía manar sangre, indicaba a los clientes la salida.
Había concluido la función en Le Néant y era llegada, para algunos, la hora de satisfacer la libido, la urgencia del sexo, de culminar la noche en la amena y sensual compañía de alguna hermosa, pizpireta y desprejuiciada grisette… de Montmartre, claro. Y tal vez, emerger de entre el embrujo de los vapores de absenta al dirigir ambos sus pasos en busca de la reconfortante tibieza de la leche recién ordeñada y la torta crujiente del Moulin de la Galette, mientras Febo anunciaba el milagro del nuevo día en la aurora gloriosa y radiante de la Butte.








El Cabaret du Néant logró sortear la tragedia de la Gran Guerra, pero cerró sus puertas para siempre en la década de 1930.
Y es este el momento, mi querido y paciente lector, de decirle que existía, entre Le Ciel, L’Enfer y Le Néant, un denominador común cuyo nombre, si es usted aficionado al séptimo arte, habrá de sonarle, seguramente: Georges Méliès, pionero, junto a los Lumière, de la cinematografía. A él se debían los espectáculos de ilusionismo que esos tres cabarets artísticos ofrecían al público. Así que le invito a que alcemos nuestras copas y brindemos por las almas de Alexander, Dorville, Méliès y sus colaboradores, que contribuyeron a hacer un poco más felices las noches y menos amarretas las vidas de tantos peregrinos de la bohemia.
Gracias por su amable atención y le propongo que nos reencontremos en algunos días más, para abordar lo que resta de esta historia que versa sobre abuelos de los pubs temáticos. Hasta entonces.

-Juan Carlos Serqueiros-

Continuará
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

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Barrón Abad, Sofía. Paraísos artificiales. La imagen drogada en la pintura europea del entresiglos XIX-XX. Tesis doctoral para la Universidad de Valencia. Facultad de Geografía e Historia, Valencia, 2015.
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                              b) Vincent van Gogh. Librairie Ollendorff, París, 1923.
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Exposition Le Chat Noir. Comunicado de Prensa del Musée de Montmartre, París, 2013.
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Serqueiros, Juan Carlos. a) Madame Ivonne.
                                         b) Sarah Brown, la Cleopatra del escándalo. Primera parte. 
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Whiting, Steven Moore. Satie the Bohemian: From Cabaret to Concert Hall. Oxford Press University, 1999.

IMÁGENES

Afiche Au Tambourin, litografía color de Jules Chéret (1885), Bibliothèque nationale de France.
Afiche Cabaret des Quat’z’Arts, litografía color de Louis Abel-Truchet (1894), collection Le Vieux Montmartre, Paris.
Afiche L'Ane Rouge, litografía color de Jules-Alexandre Grün (1898), Musée Carnavalet, Paris.
Afiche Tournée du Chat Noir, litografía color de Alexandre-Théophile Steinlen (1896), Musée de Montmartre, Paris.
Afiche Vachalcade 1897, litografía color de Jules-Alexandre Grün (1897), Musée Carnavalet, Paris.
Agostina, óleo sobre tela (1866) de Jean-Baptiste Camille Corot, National Gallery of Art, Washington.
Bacchante avec tambourin ou Le repos, óleo sobre tela (1860) de Jean-Baptiste Camille Corot, Corcoran Gallery, Washington.
Cabaret des Quat’z’Arts, ilustración (1899) de Edward Cucuel para el libro Bohemian Paris of To-Day, de William C. Morrow.
Cartel del Chat Noir, obra en chapa de estaño de Adolphe Willette, Musée Carnavalet, Paris.
Fotografías de Agostina Segatori, créditos: Cristina Contilli.
Fotografías de época (de Eùgene Atget algunas; anónimas las demás), tarjetas postales y souvenirs de los cabarets.
Carta del 23-25.07.1887 de Vincent a Theo, Van Gogh Museum, Amsterdam.
In het café: Agostina Segatori in Le tambourin, óleo sobre tela (1887-1888) de Vincent van Gogh, Van Gogh Museum, Amsterdam.
L’Italienne, óleo sobre tela (1887) de Vincent van Gogh, Musée d’Orsay, Paris.
La Vierge au Chat, estudio preparatorio para vitral de Adolphe-Leon Willette (1881), Musée d’Orsay, Paris.
La Vierge Verte, vitral de Adolphe-Leon Willette (1884), Museo de Arte Zimmerli de la Universidad Rutgers, Nueva Jersey.
Le Cabaret du Chat Noir, óleo sobre tela de M. Baldas (sin datar), Museo de Montmartre, París.
Lecture interrompue, óleo sobre tela (1870) de Jean-Baptiste Camille Corot.
Le Mur at the Cabaret des Quat'z'Arts 1894-1905, Zimmerli Art Museum at Rutgers University.
Melanotipo de Vincent van Gogh y amigos en París (1887), crédito: Serge Plantureux.
Parce Domine parce populo tuo, óleo sobre tela de Adolphe-Leon Willette (1882), Musée de Montmartre, Paris.
Portadas del semanario Le Chat Noir, Bibliothèque nationale de France.
Portadas del semanario Les Quat’z’Arts, Bibliothèque nationale de France.
Portrait de Gabrielle Salis, Antonio de la Gándara, óleo sobre tela (1884), colección privada.
Portrait de Rodolphe Salis, Antonio de la Gándara, óleo sobre tela (1884), colección privada.
Tarjeta comercial de Theo van Gogh (c. 1884-1890), Van Gogh Museum, Amsterdam.