domingo, 21 de agosto de 2016

LA PARTICULARES







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros


Los cigarrillos Particulares eran originalmente elaborados por la tabacalera Manufactura de Tabacos Particular Virginio F. Grego, fundada el 31 de julio de 1922 y que funcionaba en un local ubicado en el número 2902 de la calle Provincias Unidas (la actual Juan Bautista Alberdi). La pequeña empresa fabricaba las marcas Articulares, As de los Ases, Diferentes, Mirlo Blanco, Mosca Blanca, Samaritana y Tres Muchachas; además de la que mayor popularidad cosecharía: Particulares.  
El industrial y filántropo chivilcoyano Virginio Francisco Grego fue un emprendedor de ideas muy avanzadas. Proyectó elaborar, en su pequeña industria independiente (de allí lo de Particular en la razón social de la empresa), un cigarrillo que despertara en quienes lo fumaran una sensación de pertenencia a un círculo. Les puso el nombre "Particulares", porque quienes los fumaban eran hombres "particulares", que se distinguían de los demás, a punto tal; que el diseño del logo, de la marquilla y del formato del paquete, fueron objeto de minuciosos estudios y análisis.
Obtuvo un gran éxito, y más temprano que tarde, sus cigarrillos, que al principio se fabricaban por encargo y se obtenían por compra directa en su pequeña fábrica; se popularizaron y empezaron a venderse masivamente. El local en que funcionaba en los comienzos, pronto quedó demasiado chico, y la empresa hubo de trasladar su actividad sucesivamente a plantas situadas en Cachimayo 98, Catamarca 272, Uspallata 2172; hasta su ubicación definitiva en Dr. Luis Beláustegui 2701.


Los Particulares se hacían en tres variedades de tabaco negro, todas a un mismo precio de venta al público, en paquetes de 10 cigarrillos: los Ultra Finos marquilla fondo blanco con letras coloradas, y los marquilla fondo blanco con letras verdes (siendo distintos los tipos de tabaco utilizados en uno y otro caso); y los Extra Livianos, marquilla fondo blanco con letras negras. Y también se producían los Hebras Rubias.





Posteriormente, la marquilla de letras verdes quedó para la versión Livianos.


En 1927, don Virginio Francisco Grego decidió solventar económicamente una iniciativa del profesor Arturo Mañé, orientada a la creación de una Escuela para Adultas, en lo que es hoy el Instituto que lleva su nombre y funciona en la avenida Directorio 2220 de la ciudad de Buenos Aires. 
En las décadas de los 30 y 40, la Manufactura de Tabacos Particular Virginio F. Grego (que se convertió en sociedad anónima a partir de enero de 1940), elaboraba también, entre otras muchas y además de Particulares; las popularísimas marquillas Gavilán (aquella de la famosa propaganda radial en los partidos de fútbol: "Fume cigarrillos Gavilán, buenos de punta a punta") y La Tecla.




Al empezar a producirse cigarrillos con filtro, el paquete con letras verdes pasó a llamarse Particulares 30, y tiempo después salió el paquete marrón y rojo, el de Particulares 33.



La empresa popularmente llamada "la Particulares", fue una de las primeras de nuestro país en disponer la creación de un moderno consultorio médico para su personal, de un club con biblioteca y sala de reuniones para el mismo, y de una guardería para sus hijos.









En 1969, la compañía Particular, que había enfrentado tenazmente a los trusts extranjeros (lo cual se traslucía incluso en sus publicidades, tal como puede usted, estimado lector, apreciar en algunas de las imágenes de arriba); no pudo continuar resistiendo los intentos de absorción por parte de las poderosas tabacaleras foráneas, y fue vendida a la multinacional de capitales alemanes Reemtsma.


Y ya en 1979, se fusionó con la Massalin & Celasco (que había sido previamente absorbida por la Philip Morris International), conformándose de esa manera la actual Massalin Particulares S. A.

-Juan Carlos Serqueiros-

viernes, 19 de agosto de 2016

HISTORIA DE PARQUE DE LOS PATRICIOS. COMBATE DE LOS CORRALES




Escribe: Juan Carlos Serqueiros

La infinidad de muertos y heridos de que ha quedado sembrado el campo de batalla, prueba el valor del soldado y del ciudadano argentino. Ante estos testimonios no se puede decir que hubieron cobardes. (Diario La Prensa, 22 de junio de 1880)

La sucesión presidencial de 1880 estuvo signada por una de las tantas guerras civiles en que nos hemos trabado los argentinos en nuestra corta historia de dos siglos. El resultado de los colegios electorales que consagraron a Julio A. Roca y Francisco Madero como presidente y vice de la República, respectivamente; no fue aceptado por las provincias de Buenos Aires y Corrientes -aliadas política, militar y económicamente-, gobernadas por Carlos Tejedor la una y por Felipe Cabral la otra, las cuales se rebelaron contra el gobierno nacional del presidente Nicolás Avellaneda.


Estalló, pues, la guerra, que comenzó efectivamente el 17 de junio con un choque en el paraje de Olivera, cerca de Luján, prosiguió con las acciones de Barracas al Sud -actual Avellaneda- (domingo 20 de junio), luchándose por el puente de Barracas (como se llamaba popularmente al puente Prilidiano Pueyrredón), y culminó con combates prácticamente simultáneos en todo el frente: Puente Alsina -el antiguo Paso de Burgos, en tiempos del virreinato, las invasiones inglesas y hasta fines de la década de 1850-, los Corrales, la Convalecencia -Barracas- y el mercado Constitución -la actual plaza Constitución, en el barrio de ese nombre- (lunes 21 de junio).
La única posibilidad de triunfo que tenían Buenos Aires y Corrientes, radicaba en que el ejército de la primera lograse resistir el ataque de las tropas que el gobierno nacional concentraba en la Chacarita de los Colegiales (actual barrio de Chacarita), para llevar después la guerra más allá de la provincia, o por lo menos, de la ciudad; y en que el ejército de la segunda invadiese Entre Ríos y Santa Fe (desguarnecidas, pues los regimientos allí asentados habían sido dirigidos a Rosario para desde allí pasar a la Chacarita) para derrocar a sus gobiernos y establecer otros que fueran afines a la postura sustentada por Tejedor y Cabral.Pero el gobernador de Buenos Aires se limitó a una guerra “defensiva” (inentendible, cuando era él mismo quien había desatado el conflicto), para lo cual hizo cavar trincheras y alzar barricadas para proteger el centro de la ciudad, en un triángulo cuya base se extendía entre las calles Suipacha y Cochabamba y cuyo vértice se situaba en la Ayacucho, y emplazar baterías para contestar el fuego de la escuadra nacional. Para colmo, su aliado, el gobernador de Corrientes, se había mantenido inexplicablemente a la espera, sin atinar a nada.El escenario principal de la guerra estaría, pues, en los arrabales de Buenos Aires, en torno a los cuales su gobierno dispuso lo que llamó línea Sud de la Defensa. Así las cosas, si el ejército nacional conseguía entrar a la ciudad por el puente Alsina y/o por el de Barracas, rebasando dicha línea, ocuparía la periferia, es decir, las orillas; controlaría las quintas, las huertas, los tambos y el matadero, e indefectiblemente terminaría por empujar al ejército de Buenos Aires hasta la línea interior de trincheras, completando el sitio con el bloqueo del puerto a cargo de la escuadra, de modo de obligar a los rebeldes a rendirse por la quiebra del comercio y la escasez de los alimentos.
En estos planos, confeccionados en 1888 por Carlos Beyer, ingeniero geógrafo de la editorial Angel Estrada y Cía., puede usted apreciar, estimado lector, el diagrama ilustrativo de aquel conflicto bélico.



Pero no me propongo, acotado como me hallo a la brevedad de un artículo, narrar los pormenores de aquella lucha; sino simplemente referirme de manera sucinta a una acción en particular: la de los Corrales. Principiaré por citar que si desea usted interiorizarse acerca de dicho suceso, podrá hallar muchas crónicas y relatos tanto en la virtualidad de la web como en libros de diversos historiadores (incluso alguno muy ilustre y de enormes y merecidos prestigio y trascendencia, como José María Rosa), consignado como “batalla de los Corrales Viejos”, lo cual es erróneo. Veamos.
En 1860 se resolvió el traslado del matadero del Sud, que estaba ubicado en Barracas, en la Convalecencia o el Alto (antigua plaza de Los Inválidos y actualmente parque España), para llevarlo más al oeste. Entre 1866 y 1867 se habían construido ya los corrales para el ganado, en el sitio que a partir de entonces se conocería como la Meseta de los Corrales (el actual barrio de Parque de los Patricios); pero diversos motivos (litigios sobre los terrenos, una epidemia de fiebre amarilla y cuestiones presupuestarias) llevaron a que el traslado del matadero se efectivizara recién el 12 de noviembre de 1872. Y veinticuatro años después, esto es, en 1896, se dictó una ordenanza en la cual se disponía migrar el matadero a la zona de la estación Liniers del Ferrocarril del Oeste (actual barrio de Mataderos), comenzándose en 1898 la construcción de los nuevos corrales, obra ésta que se concluyó en 1901, produciéndose por fin la mudanza al año siguiente. Consecuentemente, recién a partir de 1902 el sitio donde estaba el matadero empezó a ser llamado popularmente los Corrales ViejosCon lo precedentemente enunciado estoy, pues, demostrando que mal podía haberse llamado en 1880 batalla de los Corrales “Viejos” a la que se libró ese año, toda vez que el nombre recién se aplicó a la zona que es hoy el barrio de Parque de los Patricios ¡veintidós años después de acaecido aquel conflicto bélico!
Así, ya puede usted afirmar en adelante, mi querido lector, que la lucha librada en 1880 no se llamó de los Corrales “Viejos” como le venían contando; sino de la Meseta de los Corrales, en algunos partes militares, o simplemente de los Corrales, en otros.


Se ha tejido todo un mito alrededor de aquel suceso, que en rigor de verdad, más que batalla propiamente dicha fue, junto a los de puente Alsina, la Convalecencia y Constitución; otro de los combates que en el marco de una gran batalla que podríamos denominar de Buenos Aires, se trabaron aquel 21 de junio de 1880 (dicho sea de paso, hay historiadores que equivocan la fecha y consignan que se produjo el 22) en las orillas de la ciudad.
En apretada síntesis, las acciones comenzaron a las 4 de la madrugada en el puente Alsina, cuando tropas del ejército nacional comandadas por el coronel Eduardo Racedo y que habían salido de la Chacarita de los Colegiales y atravesado San José de Flores, atacaron dicha posición, que era defendida por tropas del ejército de Buenos Aires al mando del coronel José Inocencio Arias. Al romper el alba, el puente quedaba en poder de los nacionales y Arias recibía la orden de replegarse hasta las trincheras interiores. En su retroceso, llegó a una casa “de altos” ubicada en “la esquina de la calle de la Arena con la que servía de límite a la ciudad”, y se detuvo en ella para observar el movimiento de las tropas que venían persiguiéndolo.
¿Dónde estaba esa casa “de altos” (que probablemente haya sido una quinta con mirador, o quizá alguna fonda en la que pernoctaban troperos y arrieros) en la cual se constituyó Arias aquel día? Está claro que la calle que “servía de límite a la ciudad” era el antiguo Camino de las Tropas (actual avenida Sáenz) por el cual se conducían las reses hasta el matadero de los Corrales. Pero ubicar el lugar exacto se complica, porque la otra calle, esa con la cual formaba esquina, ¿se trataba de Arena (la actual avenida Almafuerte) o era la de la Arena (actual avenida Chiclana), situada poco más al sur? La primera se llamaba así por la naturaleza arenosa del terreno, y la segunda recibía ese nombre por la arena con que se la cubría de intento, pues en ella se realizaban carreras cuadreras y cinchadas de carros. Pudo haber sido cualquiera de las dos. Particularmente, supongo que la casa debía hallarse en la intersección de las actuales Sáenz y Chiclana, porque desde allí Arias tendría una visión prácticamente en línea recta de lo que sucedía en los Corrales, al este; y a la vez, estar más hacia el norte, más cercano al punto al cual se dirigía (las trincheras interiores) y asimismo, más alejado de las tropas que lo perseguían; pero para establecerlo con certeza, habría que bucear en el Catastro, a fin de comprobar si en su antecedente más inmediato, el Registro Gráfico de 1890, existen datos de aquella propiedad (después de todo, no debieron de ser muchas las casas “de altos” en una zona que estaba por entonces muy escasamente poblada). Aunque quizá no valga la pena el esfuerzo: no es razonable albergar muchas expectativas de encontrar información, y en definitiva, el asunto es baladí; me hacía la pregunta solamente por curiosidad de historiador, pero la situación exacta de la casa aquella no modifica en absoluto los hechos ni la cronología de los mismos.
A todo esto, a las 9 de la mañana la columna del ejército nacional al mando del coronel Nicolás Levalle, en un avance arrollador, entraba a la ciudad por el puente de Barracas con los objetivos de cortar la retirada de Arias y converger con las tropas de Racedo y con otras que venían al mando del coronel Octavio Olascoaga, del coronel Manuel Campos y del mismísimo ministro Carlos Pellegrini; para desalojar a las que defendían los puntos estratégicos de la Línea Sud de la Defensa, empujándolas hasta las trincheras interiores. Pero las milicias bonaerenses del coronel Hilario Nicandro Lagos, llegadas desde plaza Once, ya habían ocupado la Meseta de los Corrales, y desde esa altura barrían, desde las 7 de la mañana con su eficaz artillería, a los nacionales que pugnaban por tomarla.
La resistencia que opuso Lagos posibilitó que Arias pudiese llegar después a las trincheras interiores y evitó que todo su ejército quedara prisionero del de la Nación (así y todo, de los 12.000 hombres que lo componían, sólo llegarían 4.000; pues el resto fue muerto en puente Alsina -entre 1.200 y 1.500-, otros 3.000 eran de caballería -inútil en un combate como aquel, por lo cual fueron enviados a reforzar la defensa de los Corrales y de la ciudad antes del enfrentamiento- y el resto se dispersó o desertó).
La Meseta de los Corrales defendida por Lagos parecía inexpugnable, pero… parecía, nomás; porque el triunfo correspondió a las tropas nacionales, que terminaron por coparla y arrojar a las provinciales hacia la línea interior de trincheras. En el parte de batalla del coronel Joaquín Viejobueno a Pellegrini se consigna que Racedo y Olascoaga situaron su artillería en “la casa del señor Peña (posición ventajosísima)” (sic) y que desde allí salieron los batallones que finalmente obtendrían la victoria frente a un enemigo que “fue vencido y desalojado de sus posiciones, abandonándolas en completa derrota” (sic). 
¿Sería aquella “casa del señor Peña” la del político y financista Juan Bautista Peña, quien fuera presidente de la comisión municipal, fallecido en 1869? Es probable. 
La esquina de Caseros y Monteagudo donde se situaba la comisaría, fue otro de los puntos de referencia de aquel feroz combate.


El conflicto fue magistralmente representado en los dibujos del artista Carlos Clérice, por entonces corresponsal en Buenos Aires del hebdomadario francés Le Monde Illustré, y aparecieron en la edición del 24 de octubre de 1880 de dicho periódico:


La lucha fue terrible y la mortandad espantosa. Baste con citar, a modo de ejemplo, que la comisión municipal de Buenos Aires se vio obligada a autorizar nuevamente sepulturas en el antiguo cementerio del Sud (actual plaza Florentino Ameghino), en el cual se habían prohibido las inhumaciones hacían ya nueve años.



Ya muy largamente pasado el mediodía, Lagos recibió por fin la orden de replegarse a las trincheras interiores. Racedo quedaba dueño de la posición. Cesó la metralla y los cañones enmudecieron. Eran las 2 de la tarde. El combate de los Corrales había finalizado y un telón luctuoso se cerraba sobre una escena de horror y muerte.
Entre las ruinas y el humo quedaban, alfombrando aquel suelo anegado en sangre de valientes, cientos de cadáveres cual testigos mudos de un heroísmo tan argentino, tan grande y enaltecedor, como inútil, y que fue, más que prodigado; dilapidado miserablemente en aquella inicua guerra fratricida.
Un año más tarde, el periódico El Mosquito en su edición del 19 de junio de 1881, traía el recuerdo de esos aciagos días en una ilustración en la cual aparece representada la República apostrofando a Tejedor.


Vicente Fidel López (partidario de Buenos Aires, claro) relataba a su hijo Lucio Vicente los últimos sucesos en carta del 23 de junio de 1880, en la que estipulaba en “1.200 las bajas de cada parte” (englobando todos los combates). El mismo día en que López escribía eso, Buenos Aires negociaba la capitulación. 
Y el 30, renunciaba a la gobernación quien había sido el principal culpable de haber desatado aquella tragedia: Carlos Tejedor.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Archivo General de la Nación, Sección Roca.
Archivo General de la Nación, Fondo Los López.
Bernat, María Eva y Riquelme, Cynthia en Arqueología Histórica Argentina. Actas del Primer Congreso Nacional de Arqueología Histórica, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 2002.
Camogli, Pablo, Batallas entre hermanos, Aguilar, Buenos Aires, 2009.
Diario La Nación, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Diario La Prensa, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Diario La Tribuna, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Fantuzzi, Marcelo J., Fuerzas militares en la guerra civil de 1880, Legión Italiana Voluntarios de la Boca, Buenos Aires, 2010.
Luna, Félix, Soy Roca, Sudamericana, Buenos Aires, 2012.
Municipalidad de Buenos Aires, Memoria Municipal de 1880, Buenos Aires, 1881.
Periódico Le Monde Illustré, edición N° 1230, 24 de octubre de 1880, París, Francia.
Piñeiro, Alberto Gabriel, Las calles de Buenos Aires, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2003.
Rosa, José María, Historia Argentina, Tomo 8, Editorial Oriente S. A., Buenos Aires, 1974.
Ruiz Moreno, Isidoro J., Campañas Militares Argentinas, Tomo 5, Editorial Claridad S. A., Buenos Aires, 2012.
Sábato, Hilda, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Siglo Veintiuno Editores Argentina S. A., Buenos Aires, 2008.
Semanario El Mosquito, Buenos Aires, varias ediciones de los meses de abril, mayo, junio y julio de 1880; y la del 19 de junio de 1881.
Semanario La Cotorra, Buenos Aires, varias ediciones de los meses de abril, mayo, junio y julio de 1880.

sábado, 16 de julio de 2016

LA FOTO "TRUCHADA" DEL ZORRO







































FOTOGRAFÍA DE JULIO A. ROCA SUPUESTAMENTE DEDICADA DE SU PUÑO Y LETRA A SEVERO CHUMBITA

Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El historiador Hugo Chumbita recoge y hace suya una versión que afirma que tras la detención -en octubre de 1871 (y justo en martes 13)-, juicio y condena del coronel chachista-varelista Severo Chumbita (antepasado suyo) y posterior indulto por parte del presidente Nicolás Avellaneda en 1877; Julio A. Roca le habría mandado a través de un emisario, esta foto suya con dedicatoria, y una invitación para que "bajara a Buenos Aires a los fines de conferirle un grado militar y resarcirlo de los desmanes que sufrió en su hacienda" (sic). 
También sostiene dicho historiador que el montonero rechazó altivamente el ofrecimiento contestando: "Si él quiere verme, a la misma distancia estamos" (sic). 
A partir de que Chumbita publicó eso -en la revista Todo es historia (sí, la fundada por Félix Luna, y dicho sea de paso; precisamente un antepasado y homónimo de éste, había sido el fiscal que pidió la pena de muerte para Severo), en su edición de octubre de 2012-, otros historiadores lo reprodujeron, y encima; alguno agregó suposiciones de su propia cosecha, como por ejemplo, la de consignar que la foto es "de 1870".
Por mi parte afirmo que: 1) la foto no es "de 1870" (ni tampoco de los tiempos en que el Zorro luchó contra los montoneros, aclaro, por las dudas); sino que está tomada casi diez años después, cuando Roca era ministro de Guerra del presidente Avellaneda (1878-1879), y 2) que la letra de la dedicatoria no es la suya (y más aún; ni siquiera es parecida).
¿Significa eso que la afirmación de Hugo Chumbita de que Roca, después de haberlo combatido, quiso favorecer a Severo luego de haber sido éste indultado es un completo delirio (tal como lo es ese disparate suyo de "San Martín hijo de Diego de Alvear y Rosa Guarú")? 
Y... no, no necesariamente; porque cabe dentro de lo posible que el Zorro le haya tendido un puente al riojano (después de todo, no hay que olvidar que Roca hizo indultar por el presidente Evaristo Uriburu a Ignacio Monjes, quien había atentado contra su vida, y no solamente eso; sino que además, hasta le consiguió trabajo).
Pero una cosa es admitirlo como posibilidad (posibilidad, dije; no probabilidad), y otra muy distinta aseverarlo tajantemente y sin asomo de duda como hace Chumbita, sin tener prueba alguna que respalde su afirmación.
En fin, seguí participando, Chumbita; capaz que alguna vez, uno de esos tantos tiros que tirás sin ton ni son, te sale al arco y zas ¡gol!
Ah, casi me olvido de esta ironía del destino: Roca asumió como presidente de la República el 12 de octubre de 1880, y ese mismo día, Severo Chumbita moría en Miraflores, La Rioja.

-Juan Carlos Serqueiros-

domingo, 3 de julio de 2016

LA GUERRA CIVIL DE 1880




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¿Cuál será el desenlace de este drama? Creo firmemente que la guerra. ¡Caiga la responsabilidad y la condenación de la historia sobre quienes la tengan! (Julio A. Roca en carta a Dardo Rocha del 28 de abril de 1880)

La sucesión presidencial de 1880 estuvo signada por una de las tantas guerras civiles en las que nos hemos trabado los argentinos en nuestra corta historia de dos siglos. El domingo 11 de abril, en las elecciones primarias presidenciales, había triunfado en todas las provincias, excepto Buenos Aires y Corrientes, la candidatura del general Julio A. Roca con 161 electores (el 69,40% de los votos) por sobre la del doctor Carlos Tejedor -a la sazón, gobernador de Buenos Aires- con 71 (30,60%). 
Hay historiadores que dan por ciertos guarismos levemente distintos: 155 a 70, pero la cuestión no tiene mayor relevancia, pues no modifica los números “gruesos” de la elección; lo real y concreto es que voto más, voto menos, Roca consiguió en cifras redondas el 70% (la totalidad de los electores de Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, Mendoza, San Juan, San Luis, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Catamarca y La Rioja, y todos los de Jujuy menos uno), contra el 30% que logró su oponente (todos los electores de Buenos Aires y Corrientes, más uno de Jujuy).
Pero ocurrió que Buenos Aires y Corrientes, aliadas política, militar y económicamente, no reconocieron el veredicto de los comicios y se alzaron en armas contra el gobierno nacional.


Entonces el presidente Nicolás Avellaneda, ante el hecho de haberse producido el 1 de junio el casus belli que marcó el inicio de la lucha interna (durante un desembarco de armas importadas por el gobierno de Buenos Aires, las tropas provinciales se enfrentaron con las nacionales que buscaban impedirlo); ordenó, a instancias de su ministro de Guerra, Carlos Pellegrini, concentrar las tropas nacionales en la Chacarita de los Colegiales (hoy barrio de Chacarita), excepto las de Entre Ríos, que debían acantonarse en el límite de esta provincia con la de Corrientes, con miras a combatir a las fuerzas de esta última. 


Paralelamente, dispuso también el traslado de la sede del poder ejecutivo (en la práctica, sólo el gabinete de ministros menos el de Guerra, porque él despachaba y pernoctaba en la Chacarita junto a Pellegrini; y su vicepresidente, Mariano Acosta -identificado con los rebeldes- eligió quedarse en Buenos Aires) al pueblo de Belgrano (por entonces cabecera del partido del mismo nombre, y hoy barrio porteño), a ese efecto declarado capital provisoria de la Nación (en un decreto cojitranco de legitimidad, dicho sea de paso; por más que no estuvieran las cosas en junio de 1880 como para ser excesivamente puntilloso en la observancia de las prescripciones constitucionales). 
Asimismo, se fueron a Belgrano los senadores y diputados de la Nación (sólo parte de estos últimos; porque el resto prefirió quedarse en Buenos Aires, suscitándose así la coexistencia de dos cámaras “funcionando” a la vez, lo que ocasionó no pocas dificultades y conflictos). También quedó en Buenos Aires la Corte Suprema, con el cometido público de procurar el avenimiento y la paz (y el más o menos secreto de pescar en río revuelto, convirtiendo en candidato de transacción a alguno de sus miembros, como por ejemplo, Gorostiaga).
Tejedor, por su parte, movilizó las milicias de Buenos Aires, y ante lo que reputó como “ausencia de las autoridades nacionales”, ocupó la Casa Rosada, el Correo y la Aduana para “custodiarlos”, según declaró, “olvidando” que la “ausencia” del gobierno nacional la había forzado él mismo con su rebelión, lo cual lo colocaba como gobernador en una posición tanto o más dudosa en cuanto a la legalidad de las vías procedimentales que adoptaba, que la del presidente de la República.
Avellaneda y Tejedor, principistas y hombres de leyes el uno y el otro, se afanaban buscando vericuetos  y resquicios por los cuales introducir a como diese lugar, aún con fórceps y aventando escrúpulos de conciencias remordidas al saberse ambos flojitos de papeles, algún recurso abogadil de consumado avechucho que les permitiese sortear los frenos de la constitución; pero disimulando la violación de hecho que de ella hacían. Tarea, por cierto, más ímproba todavía que los trabajos de Hércules.
En aprontes y partidas estaban, sin atacarse abiertamente uno y otro bando, hasta que el 13 de junio los colegios electorales reunidos en todas y cada una de las capitales de las catorce provincias consagraron, en las proporciones que consigné al principio, el triunfo para presidente y vice de la fórmula Julio A. Roca-Francisco Madero. 
Los electores de Buenos Aires (que habían votado por Carlos Tejedor-Saturnino Laspiur), ni bien cerrado el acto, se dirigieron a la casa del primero a reiterarle verbalmente la adhesión que habían evidenciado al elegirlo unánimemente; y éste, que era el arquetipo del centralismo a ultranza y que con el mismo tacto de un elefante en un bazar ya había ofendido antes al gobierno nacional llamándolo “huésped de Buenos Aires”; les agradeció con frases de soberbia inaudita, del más crudo localismo y del más expresivo e insultante de los desprecios hacia el interior del país: “La provincia más poderosa me ha acordado sus votos por vuestro órgano. Otros podrán abrumarnos por el número; yo no cambio sus votos por los míos”.
Tales palabras eran de hecho un escupitajo al rostro del gobierno nacional y una clarinada de guerra a la que Avellaneda, inteligentemente, respondió cuatro días más tarde con un ardid de leguleyo: como constitucionalmente no podía intervenir la provincia de Buenos Aires al impedírselo la circunstancia que apunté antes de no tener quórum suficiente en la cámara de diputados para hacerla votar (la intervención, quiero decir) por el Congreso; apeló a designar al coronel José María Bustillo “comisionado nacional encargado de la administración de la campaña de la provincia de Buenos Aires”, es decir, a todos los efectos, un interventor; pero con otro título.
Era la guerra abierta, que comenzó ese mismo día 17, con un choque en el paraje de Olivera, cerca de Luján, prosiguió con las acciones de Barracas al Sud -actual Avellaneda- por el control del puente Pueyrredón -llamado de Barracas en los partes- (20 de junio), y culminó con combates prácticamente simultáneos en todo el frente: Puente Alsina, los Corrales, la Convalecencia -la actual plaza España, en Barracas- y mercado Constitución -la actual plaza Constitución, en el barrio del mismo nombre- (21 de junio), tras lo cual se convino una tregua hasta el 24, iniciándose el 25 las tratativas de paz entre los contendientes: Bartolomé Mitre, que el 22 había sido designado por Tejedor jefe de la Defensa, por Buenos Aires; y el presidente Avellaneda (a través de sus ministros, por entender que pactar el primer magistrado de la República con un jefe rebelde, implicaba mengua del decoro de su investidura) por la Nación, negociaciones esas que desembocaron en la renuncia de Tejedor el día 30; la asunción como gobernador del vice, José María Moreno (sobrino del secretario de la Junta de Mayo y amigo íntimo de Avellaneda); el desarme del ejército provincial y el acatamiento de la provincia a las autoridades de la Nación. Todo eso significaba, pues, la victoria de ésta y la capitulación (la generosidad de Avellaneda lo movió a no llamarla como lo que en realidad era: la rendición) de Buenos Aires.


No es exacto lo que sostiene José María Rosa -y otros historiadores (la mayoría) también- en lo referente a que la suerte de las armas haya quedado indecisa y no hubiera un triunfador claro en aquel conflicto, porque más allá de los rimbombantes partes de los jefes militares de las fuerzas porteñas que abundaban en menciones exaltando el arrojo y el valor de las tropas provinciales (que en efecto, los habían manifestado con creces); lo real y concreto era que Buenos Aires quedó sitiada por el ejército nacional (en el cual, dicho sea de paso, los prodigios de heroísmo no habían sido menores que los evidenciados en las filas de su oponente). Asimismo, estimo como aventuradas y aún temerarias las inferencias de Rosa en el sentido de que Buenos Aires tenía superioridad militar y podía ganar la guerra de proponérselo, que Roca no se atrevería a hacer “una confederación de trece ranchos como Urquiza en 1853 ante la imposibilidad de entrar en Buenos Aires” y que Tejedor y Mitre habían capitulado porque no les gustaba “esa guerra de rifleros y gauchos contra tropas de línea” y temieron que “la milicia armada, una vez victoriosa, escapase a su control”. Creo posible que ese extraordinario historiador y gran maestro que fue don Pepe Rosa, se haya dejado llevar en esta cuestión por un excesivo localismo porteño y por la simpatía que como historiador popular debe de haberle despertado la adhesión indudablemente masiva que había tenido la rebelión en Buenos Aires; porque lo cierto es que la superioridad militar que le adjudica a ésta, en realidad no era tal: si excelentes y valerosos coroneles tenía Buenos Aires; no los tenía en menor grado la Nación (Levalle, Racedo, Bosch, Olascoaga y Campos, por ejemplo y entre otros muchos), que además; hasta se había dado el lujo de poner a un civil (Pellegrini) en el ministerio del ramo, e inclusive, de que el mejor -y por lejos- de los generales que tenía (Roca), no interviniese en la guerra. Y si bien es cierto que en el ejército provincial había muchos gauchos; no lo es menos que el nacional estaba asimismo integrado en buena proporción no sólo por gauchos (“mis chinos” como los llamaba el Zorro), sino también -como por otra parte, lo reconoce (quizá inadvertidamente) el propio Rosa- por “indios prisioneros de la conquista del desierto” (sic). Y si en efecto, como consigna Rosa, estaba claro que la escuadra de la nación no era precisamente un ejemplo de eficacia y que “todos se burlaban de sus artilleros que le erraban a una ciudad” (sic), no puede dejar de reconocerse que la nación podía usarla, si no para bombardear Buenos Aires; sí para bloquear el puerto y terminar rindiendo a la ciudad por la quiebra del comercio, la escasez, la miseria y hasta el hambre; pues cercada por agua y por tierra ¿cómo iban a entrar la carne y demás alimentos, y las mercancías de consumo familiar? Y no hay que olvidar que el matadero del Sud estaba ocupado por el ejército nacional a partir de la batalla de los Corrales, con lo cual ¿cómo iban a faenarse las reses? Resulta más que ilustrativa la caricatura de La Cotorra en su edición del 6 de junio, en la cual se representa a Roca y Tejedor trabados en duelo criollo, mientras Hermes, el dios del comercio en la mitología griega (el Mercurio de los romanos), les implora por la paz:


En cuanto a lo de que Roca no iba a resignarse a tolerar una eventual secesión de Buenos Aires y gobernar sobre los “trece ranchos”, es cierto; pero también lo es que las cosas habían cambiado no poco en el país con respecto a la etapa del caudillismo. No podía considerarse “bárbaros” a los militares y políticos de las provincias, quienes se habían formado en los claustros de los colegios de Monserrat y Concepción del Uruguay y en las universidades de Córdoba y de la propia Buenos Aires, cuando no el exterior, ni tampoco a los militares y políticos porteños que estaban de parte de la nación; por más que Tejedor vociferara en sus discursos o publicara en los diarios encendidas frases llamando a la civilización de Buenos Aires a resistir la barbarie provinciana, con las que demagógicamente halagaba a las masas populares porteñas para exacerbar su localismo. 
A menos que en serio se creyese que Avellaneda, Roca, Pellegrini, Viso, Juárez Celman, Pacheco, Romero, Iriondo, Plaza, Levalle, Donovan, Racedo, Bosch (quien, por ejemplo, logró disolver la legislatura de Buenos Aires sin disparar un solo tiro ni derramar una gota de sangre), etc., fuesen “bárbaros”, lo cual era un completo delirio, como bien lo sabían en sus fueros íntimos aún los más exaltados centralistas. 
Por otra parte, Roca debió pagar un precio altísimo para recibirse de la presidencia de la República en Buenos Aires: acceder a que Avellaneda ejecutase su propósito de erigirla en capital federal, resignando él su idea de establecerla en Rosario.
No, Tejedor y Mitre eran oligarcas, cierto, qué duda cabe; pero no se rindió -y luego renunció a su cargo- el primero, ni “entregó a los suyos” el segundo porque “no les gustaba” esa guerra con masiva adhesión popular y tufillo plebeyo como entiende Rosa; sino que todo el drama se originó en que ese verdadero “Catón infecundo, majestuoso, pobre de inteligencia, espíritu mediocre, fatuo y orgulloso” (como acertadamente lo había apodado y definido Roca) que era Tejedor, en su infinita soberbia había calibrado mal a Avellaneda. 
Como todo aquel que clasifica a las personas guiándose por las exterioridades, creyó que la exigua talla y el físico enfermizo y esmirriado (Tejedor era alto, y pagado de sí mismo, y tendía siempre a despreciar a los petisos y a tenerlos en menos, por eso no pudo resistirse a mencionar a Roca como “chico de estatura pero gigante en ambición”, como si en política la ambición fuera un pecado inconfesable y como si no la tuviera él mismo; además de no saberla servir, encima) de Avellaneda, sumados a su espíritu inclinado al diálogo y a la moderación y la repulsión hacia la violencia que lo caracterizaban, implicaran necesariamente debilidad de carácter; entonces supuso que bastaba con una demostración del poderío de Buenos Aires para doblegarlo y aún quebrar la escasa voluntad que erróneamente le atribuía. Y se equivocó de medio a medio: aún en sus vacilaciones y dispuesto siempre a renunciar; Avellaneda le demostró que se puede tener firmeza de convicciones sin caer en la prepotencia, que la generosidad no significa debilidad y que siempre la inteligencia termina por primar frente a la fuerza. En cuanto a Mitre, algo más astuto que el bruto y fanfarrón Tejedor; entendió que 1880 no era 1852 y que no era el caso de provocar otra secesión de Buenos Aires, la cual sería resistida aún por los más crudos de entre los porteñistas. 
Por eso, el siempre irreverente periódico dominical El Mosquito publicaba, el 4 de julio, una caricatura muy sagaz y expresiva, en la cual aparece, entre Mitre y Moreno, Tejedor de rodillas frente a Avellaneda, con este epígrafe por demás elocuente: “Una lección dura: El Dr. Tejedor ha querido evitar que haya más derrame de sangre argentina. Ha llegado para Dr. Nicolás el momento de probar que si es pequeño de estatura puede ser grande de patriotismo dejando de lado rencores y venganzas”:


El 20 de setiembre el Congreso sancionó la ley que declaraba capital federal a Buenos Aires, y el 9 de octubre aprobó el resultado emergente de la reunión de los colegios electorales que habían consagrado a Roca presidente de la República. Consecuentemente, tres días más tarde, el Zorro asumía, en Buenos Aires, la primera magistratura de la Nación.
La guerra civil desatada por el empecinamiento, la soberbia y la imbecilidad de Tejedor, costó la movilización de 90.000 hombres entre ambos ejércitos, un número de muertos que nunca pudo establecerse con exactitud, pero que con certeza superó los 3.000, y 110 millones de pesos gastados sólo por Buenos Aires (y que por supuesto, pasaron a engrosar la deuda nacional). Ah, y ya nunca sería Rosario capital de la República.
En 1994, ciento catorce años después de todo aquello, a instancias de un patéticamente ridículo y mamarrachesco politicastro con veleidades de tiranuelo, ignorante, venal y corrupto -encima, del interior del país (Anillaco, La Rioja), como para aumentar la vergüenza por la iniquidad-, se agravaba aquel tremendo error de 1880, declarándose a Buenos Aires “ciudad autónoma” y convirtiéndose al país de macrocefálico en bimacrocefálico.
Un período de nada menos que siete décadas, desde 1810 hasta 1880, nos insumió a los argentinos poder al fin arribar a la creación de un Estado nacional normado por una constitución, simbolizado en una bandera y una canción patria, regido por un gobierno central que detente el monopolio de la fuerza y ejerza su poder sobre todo el territorio de un país cuya soberanía esté formalmente aceptada por los demás estados del mundo.
Y a ciento treinta y seis años de aquello, aún continuamos empeñados en el difícil y a menudo doloroso proceso de consolidación de una nacionalidad identificada por una cultura propia y distintiva, en la pertenencia a la cual se reconozcan todos los habitantes de un país, país este cuya soberanía sea no ya sólo formalmente aceptada; sino también real y efectivamente respetada por los demás pueblos de la tierra.
¿Lograremos los argentinos llegar a ese estadio? No desmayemos en el esfuerzo, porque después de todo, como escribió aquel poeta argentino que nunca obtuvo el Nobel: “Siempre el coraje es mejor, / la esperanza nunca es vana”.
Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Archivo General de la Nación, Sección Roca.
Caldas Villar, Jorge, Nueva Historia Argentina, Tomo 3, Editorial Juan Carlos Granda, Buenos Aires, 1968.
D’Amico, Carlos, Siete años en el gobierno de la provincia de Buenos Aires, Imprenta de Jacobo Peuser, Buenos Aires, 1895, digitalizado por la Universidad de Michigan, EE.UU.
Diario La Nación, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Diario La Prensa, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Diario La Tribuna, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Fantuzzi, Marcelo J., Fuerzas militares en la guerra civil de 1880, Sitio web Legión Italiana-Voluntarios de la Boca, Buenos Aires, 2010
Galíndez, Bartolomé, Historia política argentina. La revolución del 80, Imprenta y Casa Editora Coni, Buenos Aires, 1945.
Luna, Félix, Soy Roca, Sudamericana, Buenos Aires, 2012.
Rosa, José María, Historia Argentina, Tomo 8, Editorial Oriente S. A., Buenos Aires, 1974.
Sábato, Hilda, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Siglo Veintiuno Editores Argentina S. A., Buenos Aires, 2008.
Semanario El Mosquito, Buenos Aires, varias ediciones de los meses de abril, mayo, junio y julio de 1880.
Semanario La Cotorra, Buenos Aires, varias ediciones de los meses de abril, mayo, junio y julio de 1880.

lunes, 2 de mayo de 2016

INTIMACIÓN DE ANDRESITO A ISASI Y TOMA DE CANDELARIA, 11 Y 12 DE SETIEMBRE DE 1815







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Dos meses después de celebrado en la villa de Arroyo de la China (Concepción del Uruguay) el Congreso de Oriente, el general José Artigas oficiaba en cartas fechadas el 27 y el 31 de agosto, a su hijo adoptivo y Comandante General de Misiones, Andrés Guacurarí (quien ya firmaba Andrés Artigas), la orden de avanzar hasta Candelaria y, previa intimación de desalojo a las fuerzas paraguayas que la ocupaban, recuperar esa plaza, aún por las armas, si dicho requerimiento fuese desoído.
Hasta allí, Artigas había puesto freno a las ansias de Andresito, quien se salía de la vaina por avanzar militarmente sobre Candelaria; prefiriendo recurrir a una guerra de propaganda, antes que dirimir la cuestión en una batalla. En ese orden de ideas, el 15 de junio le escribía desde Paysandú:
Igualmente quedo informado de la inacción de los paraguayos y de sus asechanzas sobre nosotros desde Candelaria. Por ahora no conviene empuñar nuestras armas, sin que ellos rompan los diques que hasta hoy los han contenido. Conténtese únicamente con hacerle guerra de papeles como hasta aquí. Escriba usted siempre a los amigos de aquel pueblo para ver si forman la revolución según usted les insinuó, o si hacen la representación que usted les dijo, a fin de que tenga yo el más poderoso motivo para auxiliar sus esfuerzos. Del mismo modo, haga usted siempre presente a los pueblos de Misiones, del otro lado, la suerte que les amenaza. Diríjales usted continuamente sus exhortos llamándolos a la unión de sus hermanos, para ver si rompen las barreras en que los contiene el despotismo. Para avanzarse a más, aun no es tiempo, entretanto que no veamos en la frontera de Portugal mayores movimientos. A pesar de sus grandes deseos, no estamos en proporción de salir de nuestro territorio. (sic).
Pero para agosto y ya constituida de hecho la Liga Federal o Protectorado de los Pueblos Libres, Artigas se había desengañado con respecto a la eventual ayuda que podría esperar del Paraguay del doctor Francia. En consecuencia, el 27 de ese mes escribía a Andresito:
… debo decir á V. q.e teniendo ya mi orn. p.a avansarse sobre Candelaria, nada debe detenerle desp.s q.e V. mismo conoce lo favorable delas circunst.as. Los Paraguayos deben contentarse con mantenerse dentro de su Prov.a y repasar el Parana… Por lo mismo, q.e se avanse su Partida hasta Candelaria, y desp.s de posecionarse de ese Pueblo, dejará en él solam.te 25 homb.s de su gente de Guarn.on, y los demas, q.e se retiren al Pueblo mas inmediato, observando siempre los movim.os delos Paraguayos, q.e seg.n sus vichead.es - se hallan en Tacuarem.o  si ellos se atreben a salir de su Prov.a y repasan á esta Banda del Parana sabremos contrarrestarlos. El Paraguay debe contenerse en sus limites si no quiere experimentar los desastres dela guerra. Acaso él se haya movido receloso de nosotros: p.o yo me guardaria de introducirme á prov.a estraña, y por lo mismo ella no debe exederse á subyugar esos infelices con notable detrim.o de sus dros. é intereses. (sic)
Es decir, Artigas ordenaba a Andresito recuperar el departamento de Candelaria, pero al mismo tiempo le aconsejaba no avanzar más allá, internándose en la “prov.a estraña” del Paraguay.
El conflicto de jurisdicción sobre los pueblos misioneros al este del Paraná venía arrastrándose desde el siglo XVIII, sin que la corona española pudiera solucionarlo real y efectivamente; más allá de la letra fría de las Reales Ordenanzas.
En 1803 el rey Carlos IV decidió separar los Treinta Pueblos de las Misiones Guaraníes de las Intendencias de Buenos Aires y Asunción, poniendo de gobernador a Bernardo de Velasco “para que tenga el mando de los treinta pueblos Guaranis y Tapes con tal independencia de los gobiernos del Paraguay y Buenos Aires, bajo los cuales se hallan divididos en el día por ser tan importante la creación de un Gobierno en aquel paraje”. Pero en 1805, el mismo monarca nombraba (se dijo que por sugerencia de Félix de Azara) a Velasco gobernador intendente del Paraguay, con retención del gobierno de Misiones, para terminar con los abusos del gobierno asunceno (que desempeñaba Lázaro de Rivera) contra los guaraníes; todo con el resultado (habitual en la España borbónica, por otra parte; pues sabido es que Borbón y desgracia son sinónimos) que presupone la “solución” de desvestir un santo para vestir otro.En 1809, el virrey Cisneros designó gobernador de Misiones a Tomás de Rocamora, con plena conformidad de Velasco, quien sólo se limitó a protestar por fórmula en principio, para después, en carta del 10 de enero de 1810; allanarse a la medida virreinal y aún encomiarla.La Revolución de Mayo puso al desnudo aquello que la corona española había procurado disimular bajo el velo de una organización virreinal que se evidenciaba en la realidad tangible cada vez más como harto ineficiente. Tomás de Rocamora adhirió a la Junta de Buenos Aires; pero Velasco, en el Paraguay, proclamó la lealtad de esa provincia al Consejo de Regencia, lo cual motivó que la Junta contestara de conformidad, el 16 de setiembre, al pedido de Rocamora de separar las Misiones de la jurisdicción de Asunción, disponiendo el mismo. Tras la derrota militar (pero triunfo ideológico) del general Manuel Belgrano en la expedición al Paraguay dispuesta por la Junta de Buenos Aires, se inició en Asunción el proceso revolucionario, y consecuentemente, el 12 de octubre de 1811 se firmó entre los comisionados de Buenos Aires y Asunción, la Convención de Amistad, Auxilio y Comercio, en cuyo artículo 4° se estipulaba que el departamento de Candelaria quedaría en custodia del Paraguay hasta tanto se reuniera el Congreso General que estableciera los límites definitivos. Estaba clarísimo que dicha ocupación tenía el carácter de interina, pero frente a la actitud abierta, franca, generosa, fraternal y americanista de Belgrano; el Paraguay, a inspiración del doctor Francia, siguiendo los lineamientos de una política sinuosa, continuaba pertinazmente empeñado en ella; porque nada era más ajeno al pensamiento e intenciones de Francia, que esa “federación” con Buenos Aires con la que tan hipócritamente cacareaba en el convenio.
Esa era la situación que al momento del que tratamos se mantenía, incluso exacerbada por los roces acaecidos entre el Dictador paraguayo y Artigas.


El 11 de setiembre de 1815 Andresito, desde su campamento en San Carlos, intimaba en estos términos al comandante de las fuerzas paraguayas en Candelaria, José María Isasi:
El derecho: ese ídolo y objeto de los hombres libres por quien se ven en papados en su propia sangre, me ha obligado, solicitando ellos ntra proteccion amolestar a vmd el que se benga anosotros ó deje ese departamento al goze de sus derechos, repasando vmd el paraná con toda su guarnición sin el armamento q.e obtienen esos terrenos para su defensa, esto lo hago como verdadero americano, y hermanos que somos ebitar todo derramamiento de sangre entre nosotros: por que los pueblos conociendo sus derechos elevan sus armas (interlineado: quejas) al protector de la liberalidad, y nosotros no hacemos mas que proteger la inociencia pues se hallan inactos para defenza: El departamento de Candelaria nadies arreconocido por frontera de la Republica, y mucho menos despues q.e sus abitantes desengañados buscan n.tro amparo; el otro lado del paraná es la frontera de la prov.a Republicana, desde donde debemos conservar una berdadera armonia y quietud entre provincias hermanas: Espero a la mayor brebedad respuesta de esto porque mis Tpas. se aproxciman aposecionarse de esos therritorios. Dios gue. (interlineado: a vmd) ms. as. (sic)
Como puede apreciarse claramente, la firma es, en efecto, ológrafa de Andresito, sin dudas; pero el cuerpo de la carta no está escrito con la hermosa caligrafía del Padre fray José Leonardo Acevedo, su amigo, compañero inseparable, consejero espiritual y secretario.


Es que Andresito se encontraba en esos días, postrado por una enfermedad por entonces terrible y  a menudo mortal: había contraído la viruela. Por lo tanto, envió sus tropas desde San Carlos a Candelaria (distantes 7 u 8 leguas entre sí), comandadas por el fraile Acevedo -quien frecuentemente dejaba de lado el hábito para vestir la casaca militar y la biblia para empuñar la lanza-, secundado por el capitán Manuel Miño. En el ínterin, Andresito escribió la intimación a Isasi y la mandó a Acevedo por medio de un chasque para que alcanzara a éste antes de su arribo a Candelaria.
Me hallo inclinado a inferir que, además de la firma ológrafa; la carta es asimismo de puño y letra del propio Andresito, por los groseros errores y lapsus sintácticos (en modo alguno frecuentes en él) que la misma evidencia, causados, seguramente, por la fiebre que lo estragaba y la enfermedad que minaba su organismo, tan habituado, por otra parte, a las estrecheces y privaciones.Ausentes su secretario y su oficial principal, ¿a quién más entonces podría Andresito haber dictado la carta, en el marco de su campamento volante? Tengo para mí que la escribió él mismo y la despachó con premura para que alcanzase a Acevedo (tal como lo da a entender en sus propia palabras, como veremos a continuación). Sería conveniente hacer comparar por un perito grafólogo, la letra de la intimación a Isasi con la de algunas pocas esquelas acerca de las cuales hay certeza absoluta de que fueron escritas por él, y que se conservan en el Archivo General de la Provincia de Corrientes; de modo de confirmar si mi suposición es correcta.
Llegada que fue la tropa artiguista a Candelaria, Acevedo solicitó parlamentar con el comandante paraguayo Isasi, al cual le exhibió la intimación, y como éste intentara ganar tiempo con pretextos y excusas; ordenó el ataque. El parte de la batalla que dos días después dirigió Andresito a Artigas, es harto elocuente:
Mi General haviendo llegado el día 10 del q.e rige al Pueblo de S.n Carlos, determiné mandar al Pu.o de Candelaria Doscientos y cincuenta hombres entre Infant.a yCavalleria al mando del Cap.n D.n Man.l de Miño; assoceado con miCompañero el P.e Fr. José Asevedo, para q.e este le dirigiese en todo, y lo que el dispusiere se hiciera: con el mismo Escrivi un oficio al S.or Comand.te d.n José de Isasi, q.e era el que se hallaba con el comando de este Departam.to, por haver mudado al S.or de Gonzales: que me desocupase el punto deCand.a, y que de ese modo habíamos de conservar una verdadera armonía entre hermanos repasando al otro lado del Parana; por que nadies há conocido linea divisoria el Departam.to deCandelaria y maxime quando ellos clamavan por proteccion al Gen.l Protector delos Pueblos Libres, esto lo hiso miComp.o el P.e, por haver quedado yó enfermo en el Pueblo de S.n Carlos, mandandole el oficio dos Leguas antes de llegar al Pueblo caminando el día 11, toda la Noche con la gente: el día 12, q.e fué las respuesta delCom.te deCand.a en que me decía que deseava hablar con migo, y como él P.e hiba con todas mis facultades le respondio; poniendo suCampam.to frente áCandelaria diciendole q.e lo hiciera mui en hora buena, y q.e formara sus Tropas y a su cabesa levantara su Bandera, y que batiendo Marcha saliese aun estado medio lo que se hiso, y despues de haver tratado los dos Capítulos que se siguen el primero q.e repasaría el Parana con todo su Armam:to: segundo que entrarían mis tropas al Pu.o y estar sujeto el, y su Gente alas ordenes del P.e y del Cap.n Miño, poniendo nras Guardias en todos los pasos, hasta tanto que biniese el S.or de Yegros, quien trataría con nosotros p.e era mayor felicidad le respondio el P.e que trataría con sus oficiales para determinar lo convin.te;  pues todos estavan expuestos á perder la vida regreso y hiso tocar orden y juntos todos los oficiales le propuso los dos Capítulos q.e tengo expresados, y salio de ellos que repasase el Parana loque inmediatam.te redoblo los Tambores, y salio al frente donde Marchó levantando su Bandera con dos Tambores un Clarin, y un Pito con los q.e marchó hasta el Sitio medio donde le recivio el Ayudante de ordenes con laCarta que incluyo á V.S. y regresando a suCampam.to hiso presente alos oficiales y determinó que se atacará distribuiendo él la g.te para el seguro de nra Victoria duró tres horas el fuego, y dos horas después el Parlam.to para la rendicion de Armas trató el P.e por que le pedían los Soldados para q.e repasasen el Parana: dixo que estava bueno p.r evitar mas ramen de sangre dexándole dos Oficiales para dar cuenta á V.S. de lo operado rindiendo todo el Armam.to, y todo Peltrecho de Guerra lo q.e quedó en nro poder y es dos Cañones, uno de á quatro reforzado á seis de Bronce, otro de á dos Ciento y quatro fuciles, y los demas Lanzas, q.e por todo el numero degente enemiga segun confesion del Comand.te rendido fueron trescientos.Incluyo á V.S. el num.o de gente muerta, y herida tanto de la mía, como de la enemiga, y solo deseo después de esto me haga el favor en contexto de esta incluia V.S. una Exortacion á, mis oficiales para mayor comprometim.to y que conoscan sus deveres.Yó espero que en termino de cinco días quieran imbestigarme yó he de hacer una verdadera defenza maxime quando veo á mi lado Fieras deboradoras en Defenza de su Patria.Yó remitiré á V.S. Yerva para laGente que tiene a su lado, no olvidandose de mandarme Polvora, por que fué poca la que tomé, y por estos destinos no se encuentra: no prometo á V.S. cosa de Pueblo sino lo que he tomado en rendicion despues de fuego.Es quanto tengo que exponer á V.S. sobre lo operado.Dios gue. á V.S. m.s a.s Cuartel enCand.a á 14 deSeptiembre de 1815.Andrés ArtigasP. D. Voi a juntar sobre Quinientos y mas hombres los q.e tendré ámi lado p.a la Defenza de estos Pueblos, y también remitiré á V.S. en primera ocasion los oficiales prisioneros para q.e se serciore de ellos segun lo expresado. (sic) (negritas y subrayados míos)
Nota mía: lo de mencionar Isasi a Acevedo eso de “el señor de Yegros”, no alude a Fulgencio Yegros, combatiente contra la expedición de Belgrano, antiguo comandante de las Misiones y precursor de la autonomía paraguaya, quien por esa época estaba retirado de la vida pública, vivía en su estancia “Santa Bárbara” en Quyquyhó y en 1820 sería acusado de encabezar una conspiración contra el Dictador Francia y fusilado el 17 de julio de 1821; sino a alguno de sus hermanos: Antonio Tomás, José Antonio Esteban o José Agustín. Infiero que tal vez Isasi, al comprobar que sus añagazas dilatorias no conmovían a Acevedo; haya apelado a la mención del apellido Yegros, esperando que la misma resultara grata a oídos artiguistas, ya que a Fulgencio se lo tenía por amigo del Protector, y siendo presidente de la Junta Gubernativa del Paraguay había enviado auxilios a la Banda Oriental.
Es de hacer notar que Andresito le pedía a Artigas una “exortación (por exhortación) a mis oficiales” (que este último, efectivamente, le enviaría días después, el 23 de setiembre), lo cual nos indica que no había entre los grupos guaraníes una perfecta inteligencia y una absoluta comunidad de ideas, intenciones y procederes. También es una pena que no se haya conservado la relación que, según el parte, remitió Andresito a Artigas en lo referente a las bajas de uno y otro bando, lo cual nos impide conocer cuántas vidas costó ese “ramen” (como escribió por derramamiento) de sangre en ese episodio de la guerra civil fratricida que se desarrollaba simultáneamente a la lucha por la independencia. Diré, sí, que tras la toma de Candelaria, en la que estableció su cuartel general; en una acción fulminante Andresito recuperó Loreto, Santa Ana, San Ignacio Miní y Corpus.
Las tropelías de los paraguayos en las Misiones se reiteraron en 1817, en que aprovechando que Andresito se hallaba empeñado en la guerra contra los lusobrasileros, saquearon y destruyeron todos esos pueblos; continuando, durante la dictadura francista, con la fortificación y concentración de tropas en la Trinchera de San José (la actual Posadas). Muerto el doctor Francia, Carlos Antonio López, enfurecido porque Rosas se negaba a reconocer la independencia paraguaya, había celebrado, a fines de 1844, un tratado de comercio con la provincia de Corrientes (prolegómeno de la guerra que declaró a Rosas a fines de 1845) y enviado un ejército de 4.000 hombres a las órdenes de su hijo (a quien había nombrado general a los 18 años) a "auxiliar" a José María Paz, quien era a la sazón, el jefe del ejército de Operaciones (y quien calificó a la columna paraguaya de "masa informe con la que no se puede contar por el momento; sin instrucción, sin arreglo, sin disciplina e ignorando hasta los primeros rudimentos de la guerra"). Derrotada por Rosas a través de Urquiza la intentona paraguaya, Francisco Solano López escapó a su país con sus fuerzas. Por su parte, Carlos Antonio López buscó adquirir armas al imperio del Brasil, y a mediados de 1849 volvió a las andadas contra la Confederación Argentina y puso a Franz Wilhelm Edgar Wisner von Morgenstern, un mercenario austro-húngaro, al frente de un ejército de 6.000 hombres. Su plan se trataba, a la par de hostilizar a Rosas; de mantener abierta la antigua línea comercial entre Itapúa (la actual Encarnación) y San Borja (la actual São Borja), en las Misiones. Se sucedieron entonces los actos de depredación, incendios y saqueos cometidos por los paraguayos en el puerto de Hormiguero y en Santo Tomé, y la ocupación de Tranquera de Loreto y Trinchera de San José. Finalmente, los latrocinios llevados a cabo por los propios paraguayos, fueron los que esterilizaron el comercio que se proponía activar López.
Recién en la guerra de la Triple Alianza los argentinos recuperamos una porción (porque al resto lo perdimos irremisiblemente) de ese inmenso territorio que se llamó los Treinta Pueblos Guaranis y Tapes: la que conforman la actual provincia de Misiones y una parte de la de Corrientes.
Deberíamos ser capaces ya, a dos siglos de emerger como nación, de bucear en nuestro pasado no para erigirnos en tribunal que juzgue a las figuras que lo protagonizaron y quedar empantanados -como lo estamos- en los pretéritos odios; sino para comprenderlo cabalmente de modo de poder al fin sintetizar nuestra historia, explicarnos este presente y llevar a cabo las acciones que nos conduzcan a los grandes destinos que avizoraron nuestros fundadores.
Y así como debemos al general Martín Miguel de Güemes la conservación para nuestro suelo patrio de Jujuy y Salta; debemos a Andresito la mil veces feliz posesión de Misiones. ¡Gloria eterna a nuestros próceres!

-Juan Carlos Serqueiros-

Imagen de portada: Lucas Braulio Areco, “Andrés Guacurarí. Comandante General de Armas de Misiones”, 1945
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS
 
Archivo General de la Nación, Montevideo, Uruguay. Fondo ex Archivo y Museo Histórico Nacional. 1815. Caja 11.
Lavalle, Jorge Luis. Andresito y la Melchora. La historia de un amor en guerra. Creativa, Posadas, 2007.
Mitre, Bartolomé. Historia de Belgrano y la Independencia Argentina. Félix Lajouane Ed., Buenos Aires, 1887.
Ramos, Antonio. La Independencia del Paraguay y el Imperio del Brasil. Conselho Federal de Cultura e Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, Río de Janeiro, 1976.
Ribeiro, Ana. El Caudillo y el Dictador. Editorial Planeta, Montevideo, 2004.
Rosa, José María. Historia Argentina. Editorial Oriente, Buenos Aires, 1965.
Sala de Touron, Lucía; Salom, Ana y Sala, Niurka. José Gervasio Artigas. Obra selecta. Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2000.
Trelles, Manuel Ricardo. Cuestión de límites entre la República Argentina y el Paraguay. Imprenta del Comercio del Plata, Buenos Aires, 1867.